Cuando yo era chica, a La Gran Vía había que acudir de incógnito. Los padres no nos dejaban a las niñas. Solo los chavales tenían permiso para estar de pie en cualquier esquina y tomarse una cañita. Yo, desde luego, me escapaba, como hacía con tantas prohibiciones, pero más de una vez estuve a punto de que mi padre me pillara pasando por allí con el coche. Recuerdo la esquina redondeada de la barra y nosotros, los amigos del momento, charlando distraídamente. Eso era felicidad y no lo sabíamos. Alguien debería advertir a los jóvenes y repetirles el carpe diem. Carpe diem a todas horas. Nosotros no lo sabíamos y no aprendimos a ser felices. Sin embargo, en esos días de verano, de vacaciones, en los que dejábamos atrás los libros, el trabajo y la universidad, entonces nos sentíamos los reyes del mundo. Siempre había algún affair amoroso con un chico y muchas veces ese mismo chico no te hacía ningún caso. Sufríamos muchísimo, llorábamos por las noches, escribíamos un diario, hablábamos largas horas con las amigas y las confidencias nunca cesaban, todos los detalles eran importantes y todo había que contarlo. Ese tiempo impagable de la amistad de juventud no tiene repetición nunca más. A partir de la madurez empiezas a guardarte las cosas y ya nunca más vas a depositar en nadie tu confianza. Eres una ser solitario aunque no quieras reconocerlo. Pero a veces vuelves los ojos a los tiempos de La Gran Vía, y ves pasar de soslayo a tu padre en el coche, te escondes como puedes y no te sientes mal, porque la rebeldía es cosa de ese tiempo y tú tienes que conquistar el mundo, tienes que ganarlo entero, tienes que ser una heroína implacable.
Illustration by Lily Qian. Magazine The Nation. ********** Estoy sentada en mi butaca azul celeste, mi butaca favorita ahora, desde la que puedo ver sin molestarme la plaza, los naranjos, los bancos y los soportales. Poca gente cruza por aquí, de vez en cuando una señora que arrastra un carro de la compra, o los empleados del ayuntamiento que insisten en venir a podar los setos, o algunos niños que corren en sus triciclos o detrás de las pelotas. Hay un silencio cómodo, un otoño sin hojas sueltas, un tiempo moderado y extraño en estas latitudes. El calor se agazapa y volverá un rato en cualquier momento, pero ahora parece que ha decidido anclar su velero en otro río. De este modo, en silencio, espero que el canal de Youtube que tengo abierto en mi ordenador portátil se decida a comenzar la emisión y que la gente de la academia sueca lance ya el nombre del ganador del Nobel de Literatura. Ningún año me he preocupado tanto de este asunto, así que esta vez me parece de justici...
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