Hay un diálogo entre la naturaleza y el individuo. De vez en cuando se hace áspero, otras veces es amable y siempre tiene interés. El cielo se mueve entre el blanco y el azul, las pérgolas florecen y los árboles dudan. La duda está en ese quehacer flamante de las hojas caducas. Cuando me acerco para hacer estas fotos el viento ha comenzado a dar señales de vida. Se asoma aunque no está seguro. Hemos pasado el ecuador del día y la hora del café está próxima. Tiempo de lasitud y de charlas. Y las flores de las pérgolas comienzan a lanzarse al suelo suavemente, al mismo compás del aire que las mueve. La naturaleza siempre me emociona.
Illustration by Lily Qian. Magazine The Nation. ********** Estoy sentada en mi butaca azul celeste, mi butaca favorita ahora, desde la que puedo ver sin molestarme la plaza, los naranjos, los bancos y los soportales. Poca gente cruza por aquí, de vez en cuando una señora que arrastra un carro de la compra, o los empleados del ayuntamiento que insisten en venir a podar los setos, o algunos niños que corren en sus triciclos o detrás de las pelotas. Hay un silencio cómodo, un otoño sin hojas sueltas, un tiempo moderado y extraño en estas latitudes. El calor se agazapa y volverá un rato en cualquier momento, pero ahora parece que ha decidido anclar su velero en otro río. De este modo, en silencio, espero que el canal de Youtube que tengo abierto en mi ordenador portátil se decida a comenzar la emisión y que la gente de la academia sueca lance ya el nombre del ganador del Nobel de Literatura. Ningún año me he preocupado tanto de este asunto, así que esta vez me parece de justici...
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