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Jane Austen cumple 250 años


Jane Austen nació un 16 de diciembre de 1775 en la aldea de Steventon, concretamente en la rectoría de la que su padre era titular. Esa rectoría fue su hogar durante los primeros veinticinco años de su vida. Estaba situada en el condado de Hampshire, en el sudoeste de Inglaterra, una zona de campiña con salida al mar. El campo y el mar fueron, por tanto, sus dos paisajes favoritos. Los padres de Jane Austen fueron George y Cassandra, él, un clérigo anglicano que huérfano y con muy malas condiciones de partida había logrado, con el apoyo de un tío, y con su esfuerzo y talento, formarse en Oxford. La familia de la madre era de mejor pedigrí y algunos antepasados habían servido fielmente a la corona desde los tiempos de la reina Isabel. Cassandra Leigh, que tal era su nombre de soltera, poseía inteligencia y un gran sentido práctico para la vida. La pareja había contraído matrimonio en la ciudad de Bath en 1764. Cuando nació la niña Jane ya tenían otros seis hijos: James, George, Edward, Henry, Francis y Cassandra, la otra niña de la familia. Más tarde nacería un hijo más, Charles. 

En casa de Jane Austen, en la rectoría de Steventon, había muchos niños y también muchos libros. Todo ello contribuyó a su educación. Ella siempre mantuvo una gran preocupación por su familia y por sus hermanos en concreto y, además, tuvo la suerte, la inmensa suerte, de que aprendió en los libros cosas que no se pueden aprender de otro modo. Los colegios, que solían funcionar como internados entonces, le aportaron muy poco y nunca le gustaron. Le parecía que enseñaban cosas inútiles y no dedicaban el tiempo a lo verdaderamente formativo. Las chicas de su clase social, la gentry, aprendían a tocar el piano, un poco de francés, a bailar los bailes de sociedad, economía doméstica y quizá algo de dibujo. Pero en la biblioteca de su padre estaban los clásicos, estaba Shakespeare, estaban los sermones, las cartas, los discursos, de grandes teóricos, y también había mucha poesía y teatro. Su padre leía mucho, su madre era una gran escritora de cartas, su hermano mayor escribía con soltura sermones y otras piezas, de modo que la vida intelectual de su familia apoyó siempre el gran talento que ella poseyó desde niña: el de convertir en historias las palabras. 

Cuando Jane Austen tenía trece o catorce años empezó a guardar las cosas que escribía, y así tenemos hoy conservados una colección de textos sueltos que se llama Juvenilia y que ella había organizado ya entonces en tres volúmenes. Contienen escritos humorísticos, textos sobre asuntos domésticos, novelas inacabadas, narraciones bastante peculiares en tono irónico y hasta una historia de Inglaterra. Con su estilo peculiar, ya avanzaba aquí la gran escritora que llegaría a ser porque Jane Austen es, también, lo que conocemos como una niña prodigio. Su precocidad al escribir se acompañaba de su manera propia de observar la realidad, de darse cuenta de las cosas y de sacar partido a las situaciones de la vida en vecindad o en familia. Tuvo que tener un carácter verdaderamente temible en este sentido. 

Entre 1795 y 1800 escribió los borradores completos de cuatro de sus novelas, tres de ellas largas y un cuarta corta. Se trata de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio y La abadía de Northanger. La novela corta es Lady Susan. Su padre, que confiaba en el talento de su hija, intentó que publicaran Orgullo y prejuicio pero no lo logró. Otro editor le pagó diez libras por los derechos de La abadía de Northanger y tampoco publicó nunca la obra. Jane Austen tuvo mala suerte con los editores. Cuando un escritor de hoy se desanima ante las editoriales porque no publican sus obras debería recordar el caso de Jane Austen y la tardanza en poder publicar. Casi veinte años tuvieron que pasar para que dos de las novelas citadas vieran la luz. Y dos de ellas fueron póstumas. 

La vida de Jane Austen cambió cuando en 1801, tras la jubilación de su padre, se fue a vivir a la ciudad de Bath, teniendo que abandonar su adorada campiña y su casa de toda la vida, lo que le produjo tristeza y desamparo. También se vendieron los libros y hasta el pianoforte en el que solía practicar. Allí anduvieron de alquiler hasta que el padre murió en 1805 y entonces empezaron a vagabundear de una casa a otra, con parientes y amigos hasta que el tercer hermano, Edward, les ofreció una casita de campo en la misma zona de Hampshire donde se asentaron definitivamente Jane, su hermana Cassandra, su madre y su amiga Martha. Este fue el último hogar que conoció y a ella le encantaba. Hoy es su casa museo. 

En 1811 se publicó por Thomas Egerton, un impresor de temas militares amigo de su hermano Henry, Sentido y sensibilidad. Austen no firmó la novela, sino que aparecía como escrita por “una dama”. La novela se publicó a comisión, de modo que ella tuvo que hacer frente a unos gastos para los que recibió la ayuda de Henry, pues habría sido imposible abordarlos sola. Hubo algunas ganancias y el editor publicó en 1813 la segunda novela Orgullo y prejuicio, que no tuvo lanzamiento especial, ni marketing ni nada por el estilo pero que se ha convertido, por su calidad, en una de las novelas más leídas de la historia de la literatura mundial. 

Parecía que todo estaba ya en marcha, que no sería una escritora con libros guardados en el cajón, sino que sus obras llegarían a los lectores, más lectores de los que conocían de primera mano y en directo sus novelas, pues tenía la costumbre de leerla a su familia y a algunos amigos. No nos creamos que este auditorio improvisado le daba siempre la razón, todo lo contrario, cada cual tenía sus preferencias. Estos años de Chawton fueron los más felices y productivos de su vida. No solo publicó sino que escribió con gran energía y rapidez otras tres novelas, Mansfield Park, Emma y Persuasión. Mansfield Park se publicó en 1814 y Emma en 1815 con dos editores distintos. Cambió a Egerton por el prestigioso editor de Lord Byron, el señor Murray. Aunque no parece que él confiara demasiado en ella tampoco. En 1817, cuando tenía en su haber, además, dos novelas inacabadas, Los Watson y Sanditon, la escritora enfermó y murió, en el mes de julio, en la ciudad de Winchester, capital del condado, adonde había acudido para consultar a un doctor. Allí está enterrada, en su catedral, después de una ceremonia fúnebre sencilla y a la que acudieron algunos de sus hermanos y su sobrino mayor. Después de su muerte, sus hermanos Henry y Cassandra publicaron La abadía de Northanger y Persuasión, desvelando también, en una nota biográfica, el misterio de la autoría. Había nacido al mundo Jane Austen, la escritora. 

Jane Austen no es una escritora gótica, ni romántica, ni victoriana. Esto último es fácilmente recusable: murió veinte años antes de que subiera al trono la reina Victoria. Es, en estricto, una isla literaria, una escritora que desarrolló un estilo propio, que tiene dos grandes puntales a la hora de escribir, la Imaginación y la Verdad. Se la ha criticado también por permanecer supuestamente al margen del mundo y la sociedad en la que vivía, un mundo cambiante y difícil, en el que su país estaba en guerra, primero con los franceses, luego con otros países y pueblos. Esto resulta ridículo y demuestra que no se la ha leído con atención. Jane Austen conocía muy bien los conflictos bélicos que azotaban al Reino Unido, tanto a raíz de la Revolución Francesa y del Imperio Napoleónico, como los problemas coloniales en la India y en las Indias Occidentales. Lo conocía directamente. Sus hermanos Francis y Charles estuvieron en la Armada desde los doce años. Francis Austen participó en grandes campañas bélicas y estuvo en el bloqueo de Cádiz, por ejemplo, además de otros destinos. Lo mismo sucedió con el pequeño Charles, que, por otra parte, murió en Birmania y estuvo toda su vida embarcado. Pero, no queda ahí la cosa. El prometido de Cassandra, Tom Fowle, se embarcó de capellán en un buque de guerra que luchaba contra los franceses y murió allí a causa de unas fiebres. Cassandra fue viuda sin casarse. De modo que Jane Austen, durante toda su vida, estuvo familiarizada con los avatares de la guerra, con los ascensos, destinos y puestos de la Royal Navy, y con el problema que todo ello ocasionaba: la muerte en batalla o a causa de las malas condiciones, de jóvenes casaderos, que dejaban atrás una gran cantidad de viudas jóvenes o huérfanos. La escasez de hombres en edad de casarse era un grave problema de la época porque estaba en peligro el reemplazo generacional. También conocieron bien las milicias territoriales, las que no zarpaban pero defendían los enclaves terrestres, porque el hermano Henry estuvo en ellas durante una temporada. En sus novelas aparecen tanto estas milicias, los apuestos casacas rojas de Orgullo y prejuicio, como los marinos, caso de William Price en Mansfield Park, y, sobre todo, el capitán Frederick Wentworth, protagonista de Persuasión, en el que se encarnan todas las virtudes militares y que supone un reconocimiento de la autora a estos hombres que habían mantenido durante más de un siglo el papel del Reino Unido entre las naciones del mundo. 

Sin embargo, hay otra aportación de Jane Austen que no debe pasar desapercibida y es la referente al papel de las mujeres en la sociedad de su época, algo que ella muestra en sus novelas, pone de manifiesto con valentía y logra que conozcamos mucho mejor que si leemos un libro de historia. 

Las mujeres que pertenecían a esa clase media territorial tenían un papel de segunda categoría en las familias. Debían hacer un buen matrimonio para asegurarse la subsistencia y ello por dos motivos: las herencias estaban vinculadas a las ramas masculinas y, si no se casaban, tendrían que depender entonces de padres o hermanos. Siempre la dependencia de un varón y siempre la falta de recursos económicos. De ahí la importancia que da Jane Austen a sus ganancias como escritora, a pesar de que fueron mínimas. Las mujeres no podían trabajar, como sí hacían las de la clase baja, y tampoco elegir marido, salvo si tenían una buena dote. Las rentas, las tierras, las posesiones, lo decidían todo. Las mujeres pobres, de escasa dote, que no conseguían casarse decentemente, se convertían, desde los veinticinco años, en solteronas, objeto de burla entre los sobrinos y amistades, siempre en una posición subalterna. Si hay alguien que puede afirmar que Jane Austen no muestra con detalle todo este estado de casos, que dé un paso al frente. 

Lo que sucede es que su denuncia no es agria, ni triste, ni desagradable. Lo hace utilizando recursos literarios que son la marca de la casa: la ironía, la sátira, el humor. Así nos muestra lo que sucede sin obligarnos a tomar partido, sin intentar catequizarnos, sin influir sobre nosotros. Nos deja libertad, ese bien preciado que las mujeres de su tiempo no tenían. 

El talento literario salvó a Jane Austen del anonimato y la puso en camino de una vida distinta, que la muerte no dejó completar. Como ella, otras mujeres que escriben han intentado, a lo largo de la historia, cumplir su vocación, llevar a cabo sus objetivos, con las solas armas de sus talentos y habilidades. Sin embargo, ha sido un camino muy difícil y prueba de ello es el enorme número de escritoras que han permanecido ocultas, escondidas, sin traducir, sin publicar, olvidadas, hasta que alguna editorial valiente, casi siempre editoriales independientes, ha acometido la labor de devolverla a la luz o de sacarla a la intemperie. Para esas mujeres el talento no fue suficiente. Y, sin embargo, todas tienen en común con Jane Austen la vocación pertinaz y la voluntad de permanecer fieles a ellas mismas. Todas son grandes lectoras previamente, porque la lectura es la condición indispensable para la escritura, y la mayoría de ellas han cultivado su talento a espaldas de la fama. Jane Austen tenía talento natural y una vocación clara, pero también una madre que leía poesía y escribía cartas, y un padre que leía filosofía y tenía una buena biblioteca, y un auditorio que amaba las historias que escribía. Todos estos ingredientes en el guiso hacen posible su milagro. 





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