De entre todos los ritos de la infancia quizá el que mejor recuerdo y el que más me gustaba consistía en ir a la imprenta (así llamábamos a la librería-papelería que nos surtía a la familia y que se llamaba Cervantes, así, por todo lo alto) para comprar lo que llamábamos con todo esplendor "los avíos del colegio". Aunque los Reyes Magos siempre tenían un recuerdo al respecto, eran los primeros días de septiembre, los que contemplaban el rosario de visitas a la imprenta, con las listas de los libros en la mano y con los útiles apuntados en una esquina de la lista. Éramos, como decía siempre mi madre, una familia de muchos hijos y con todos en el colegio. Colegio, instituto, universidad, de muchas formas podía llamarse a los lugares donde estudiábamos en cada ocasión pero el rito indelegable de la compra de lápices, bolígrafos, plumas para los exquisitos, cuadernos de hojas lisas, cuadriculadas o rayadas, libros de texto, libros de lectura obligatoria, carpetas azules, carpetas de anillas, mochilas, mapas mudos, cuadernos de dibujo, amén de toda clase de material de escritura especializado. Para los pequeños había que proveer también de papel de seda, papel de charol, tijeras de punta redonda, gomas y sacapuntas, cartulinas, y para los mayores estaban los diccionarios, muchos diccionarios, de latín, de griego, de francés, de inglés y el de la lengua. Volvíamos de nuestra excursión cargados de bolsas y después empezaba el reparto en las correspondientes mochilas y el trabajo de ponerle los nombres a todas las cosas y las quejas sonrientes de mi madre porque todo subía de precio cada año. Cuando las listas se completaban cada uno de nosotros tenía sus tesoros prestos para el trabajo escolar de cada año. Y no hay sensación mejor que esa espera anual en la que había siempre alguna decepción, alguna sorpresa y, sobre todo, una íntima felicidad de saber que íbamos a aprender cosas, muchas cosas, las cosas que la escuela, el instituto o la universidad, reservaba para todos nosotros.
Illustration by Lily Qian. Magazine The Nation. ********** Estoy sentada en mi butaca azul celeste, mi butaca favorita ahora, desde la que puedo ver sin molestarme la plaza, los naranjos, los bancos y los soportales. Poca gente cruza por aquí, de vez en cuando una señora que arrastra un carro de la compra, o los empleados del ayuntamiento que insisten en venir a podar los setos, o algunos niños que corren en sus triciclos o detrás de las pelotas. Hay un silencio cómodo, un otoño sin hojas sueltas, un tiempo moderado y extraño en estas latitudes. El calor se agazapa y volverá un rato en cualquier momento, pero ahora parece que ha decidido anclar su velero en otro río. De este modo, en silencio, espero que el canal de Youtube que tengo abierto en mi ordenador portátil se decida a comenzar la emisión y que la gente de la academia sueca lance ya el nombre del ganador del Nobel de Literatura. Ningún año me he preocupado tanto de este asunto, así que esta vez me parece de justici...
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