De entre todos los ritos de la infancia quizá el que mejor recuerdo y el que más me gustaba consistía en ir a la imprenta (así llamábamos a la librería-papelería que nos surtía a la familia y que se llamaba Cervantes, así, por todo lo alto) para comprar lo que llamábamos con todo esplendor "los avíos del colegio". Aunque los Reyes Magos siempre tenían un recuerdo al respecto, eran los primeros días de septiembre, los que contemplaban el rosario de visitas a la imprenta, con las listas de los libros en la mano y con los útiles apuntados en una esquina de la lista. Éramos, como decía siempre mi madre, una familia de muchos hijos y con todos en el colegio. Colegio, instituto, universidad, de muchas formas podía llamarse a los lugares donde estudiábamos en cada ocasión pero el rito indelegable de la compra de lápices, bolígrafos, plumas para los exquisitos, cuadernos de hojas lisas, cuadriculadas o rayadas, libros de texto, libros de lectura obligatoria, carpetas azules, carpetas de anillas, mochilas, mapas mudos, cuadernos de dibujo, amén de toda clase de material de escritura especializado. Para los pequeños había que proveer también de papel de seda, papel de charol, tijeras de punta redonda, gomas y sacapuntas, cartulinas, y para los mayores estaban los diccionarios, muchos diccionarios, de latín, de griego, de francés, de inglés y el de la lengua. Volvíamos de nuestra excursión cargados de bolsas y después empezaba el reparto en las correspondientes mochilas y el trabajo de ponerle los nombres a todas las cosas y las quejas sonrientes de mi madre porque todo subía de precio cada año. Cuando las listas se completaban cada uno de nosotros tenía sus tesoros prestos para el trabajo escolar de cada año. Y no hay sensación mejor que esa espera anual en la que había siempre alguna decepción, alguna sorpresa y, sobre todo, una íntima felicidad de saber que íbamos a aprender cosas, muchas cosas, las cosas que la escuela, el instituto o la universidad, reservaba para todos nosotros.
Somos felices ¿verdad? ¿Por qué no íbamos a serlo? (Diálogo entre Edward y Grace) Edward y Grace son Bill Nighy y Annette Bening y llevan muchos años casados aunque eso no es necesariamente bueno. Tienen un hijo de treinta años que ya no vive en casa y al que echan de menos. Edward está cansado de la esgrima matrimonial y Grace está cansada de no tener con quien discutir, ni casi con quien hablar. Hasta aquí, nada nuevo. Los matrimonios de muchos años suelen (o pueden) tener esa sensación de que han perdido el tiempo, de que no ha merecido la pena ese viaje y de que necesitan otra cosa. Aunque no saben de qué cosa se trata. Grace está cansada de la pasividad de Edward y por eso es poco amable, pero tira de la cuerda a ver si él reacciona. Ella es hiriente también con su hijo. Quizá la insatisfacción nos convierta en eso, personas hirientes, gente que hace daño al que tiene al lado. Para ella es un triunfo vivir con una pareja, mantener un matrimonio, pero Edward...no sabemos lo que p...
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