La tristeza de las mujeres
/Fotografía: Saul Leiter/
Las mujeres de mi calle eran mujeres tristes. Me di cuenta de ello cuando era muy pequeña. No tengo claro qué síntomas me desvelaron esta cuestión, pero estoy segura de que no me equivocaba. Tampoco le dediqué entonces tiempo a pensar sobre lo que sucedía, lo que les sucedía, pero, cuando el tiempo ha ido pasando, he encontrado algunas fórmulas que podrían explicar cómo se vivía allí y el motivo, o los motivos, por los que yo encontraba esa tristeza a flor de piel, ni siquiera escondida sino evidente. Quizá lo he entendido de mayor cuando yo también soy una mujer triste, con motivos que no logro descifrar y que no quiero conocer. Prefiero volver la mirada atrás y observarlas a ellas, situadas en ese microespacio que ocupaba solo una calle, no una calle entera, sino una parte de la calle, la parte en la que yo vivía y jugaba con las otras niñas. Las mujeres están allí, se llevan todo el día haciendo faenas, no se detienen nunca. No las veo sentadas, ni las veo acomodadas en la terraza de un bar, ni tampoco yendo al cine, ni recibiendo regalos, ni abrazando a sus maridos, ni besando a sus hijos. No. Las mujeres de mi calle ofrecen una imagen diferente a las mujeres de las revistas, que estrenan vestidos, no engordan por mucho que coman y viajan. Las mujeres de mi calle no iban nunca de viaje, no conocían más mundo que el de la calle y los alrededores, subían en autobús por obligación, y solo se encontraban entre ellas cuando se veían en la plaza de abastos o en la puerta del colegio si iban a recoger a los hijos pequeños. No las recuerdo a todas ahora mismo, algunas me pasan desapercibidas a simple vista, pero si me fijo, si hago el esfuerzo de situarme allí, en medio de la calle, observando parada frente a las casas qué hacen y quiénes son, entonces ellas toman vida, como si estuvieran rodando una película. Hay muchas mujeres y todas se parecen en que están tristes. Tal vez no son tristes, pero así aparecen en mi memoria. La tristeza es una situación momentánea y disimulada por risas que no vienen a cuento. Yo las veo tan tristes como triste debió ser su vida. Cuando hablamos de esos años, poco porque a nadie parece interesarles, no nos damos cuenta de lo que llegaron a significar, del insignificante papel que teníamos las niñas, de lo poco que entendíamos la vida que llevábamos y de la dificultad de ponernos en lugar de nuestras madres. Eran herméticas, guardaban las penas en lugar seguro, no se sentían amadas ni admiradas por ellos, los hombres, y dejaban en nosotras un anhelo de otra clase de vida que, la mayoría, no ha podido vivir. Las había guapas, altas, con bonita piel y bonito cabello. También feas, excéntricas, calladas, aburridas y desganadas. Otras eran activas, listas y sabían hacer cosas como coser, cocinar, curar heridas o administrar bien el jornal del marido. No todas tenían las mismas posibilidades económicas, ni mucho menos, las había mejor situadas, mejor tratadas en sus propias casas, porque los hijos las respetaban mucho y las hijas las ayudaban en las faenas, pero lo distintivo de cada una no era la relación con los hijos sino con los maridos. Los maridos marcaban la pauta de cómo de triste vivía una mujer. Es cierto que fueron tiempos difíciles y no había mucho dinero, ni tampoco muchas posibilidades de divertirse y, sobre todo, se cargaban de hijos casi al momento de casarse. Todas tenían muchos hijos casi sin excepción. Y las excepciones no nos gustaban, tampoco se veían felices las mujeres de un solo hijo o de ninguno. Era otra tristeza, pero existía. De modo que todo aquello era un poco un callejón sin salida y ninguna de nosotras quería vivir algo parecido, ni quería llenarse de hijos, ni quería tener dificultades para llegar a fin de mes y, sobre todo, ansiamos los abrazos, los besos de película, los momentos de intimidad, el brazo por el hombro, la mano en la cintura, el caminar abrazados, el besarse en el cine, el hacerte un regalo, el traerte unas flores. Todas nosotras queríamos huir de la tristeza de nuestras madres.





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