Era muy joven y muy entusiasta de la amistad. Tenía amigos de todas las edades y, a veces, los anteponía a la familia. Quería que fueran felices, compartía lecturas, hacia regalos, creía en ellos. Un amigo de la época, al que he dejado de ver aunque no de querer hace años, me dijo un día que me equivocaba. Que amigos se contaban con los dedos de una mano y que pensar de otra forma llevaba directa al precipicio de la decepción. No le creí entonces pero ahora sé que tiene razón. Hablamos con demasiada ligereza de la amistad y pensamos que todos ven la cosa como nosotros. Todos los regalos que he hecho, la escucha a tantos problemas, la preocupación por las vidas de los otros, la entrega ... todo eso está en la papelera, en la basura y ahí seguirá. Puede ser que haya algunos amigos de verdad, o que esa verdad sea una simpleza y no algo grandioso. En todo caso, como en tantas cosas, me equivoqué también en esto. Y ya no hay marcha atrás. Las horas que no pasé con mis padres por estar ...
El blog de Caty León