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Entradas

Calle Alfarería

 Mi amiga María y yo solíamos pasear por la calle Alfarería al salir de clases en el instituto. Cuando teníamos un buen horario siempre nos daba tiempo por la mañana para hacer alguna excursión urbana. Ibamos al centro a comprar corsetería coqueta, o a andar cerca del Río, o a pasear por Triana. La calle Alfarería nos pillaba muy cerca y pasearse por allí era muy agradable. No hace tanto tiempo de esto, quizá unos seis o siete años. Los cinco años perdidos desde la pandemia me hacen olvidar las fechas. Si te fijas es poco tiempo pero suficiente para que aquella cambiado todo. El fenómeno del turismo de masas aún no estaba en su apogeo y se veían algunos vecinos que salían a comprar el pan, alguna tienda de objetos raros, bares muy pequeños e íntimos, y un silencio al cruzarla que no era vacío sino reconfortante. Eso ocurría entonces. Los vecinos, los pocos vecinos que quedan ahora, le dicen al periodista que solo se oyen traqueteos de maletas y gente que va y viene. La Triana que h...

"Barbie" o el feminismo rosa

  En Barbieland viven las Barbies y los Ken. Ellas disfrutando de una posición de dominio y ellos en plan blandengue, una especie de complementos a la altura de los zapatos, las cintas del pelo o los sombreros. Una de esas Barbies no está nada contenta con la situación, ella aspira a más, aunque no sabe a qué, quizá siente que ese mundo en el que todo está hecho a su medida no le gusta porque es más interesante tener que luchar para conseguir las cosas. O algo así. De modo que decide ir al mundo real, donde las Barbies son, ya lo sabemos, unas bonitas muñecas con las que las niñas juegan y les cambian la ropita. Como la muñeca Barbie, la chica Barbie tiene a su disposición a un Ken. Y ese Ken también tiene ansias de correr aventuras, por eso salta a la realidad con ella. Ahí está el argumento inicial de la película. Un apunte: el mundo de Barbie es aquel en el que todo está hecho a la medida de ellas y el mundo real es un infierno para las mujeres y un paraíso para los hombres. La ...

"Kathleen" de Christopher Morley

Conocía a Christopher Morley por la lectura de dos de sus libros, que andan reseñados en este blog: La librería ambulante , de 1917 y La librería encantada , de 1919. Libros encantadores, tiernos y que giran en torno a la literatura desde dentro, como si fuera un libro dentro de otro. Roger Mifflin, el librero, y la señorita Helen McGill, son los protagonistas de esta historia, un clásico de la literatura norteamericana que vio la luz por vez primera en 1917. Personajes tiernos, entrañables, dotados de ingenio y de una ligereza que no es simpleza sino aguda observación y un sentido práctico de la vida que los lleva a encontrar en los libros todo aquello que la cotidianeidad a veces oculta. Hondas reflexiones, ironía, gracia muy especial, movimientos pendulares de razonamientos que te hacen reír sin más, espectaculares diálogos y el poso hondo de la literatura en su relación con lo mejor de los hombres. Todo esto aparece en "La librería ambulante" y en la obra de su au...

Rosa y azul

Los niños, azul y las niñas, rosa. Si no hay niños, una niña, rosa y otra en azul. Me tocó ser la niña rosa muchos años, hasta que me di cuenta que me sentaba mejor el azul. Cambié al azul y, durante otros años, fui de azul, de todos los azules. Entonces me cansé del azul y volví al rosa, increíblemente usado en todos sus tonos. Ese ir y venir demuestra que las cabezas frívolas pasan por muchas etapas y las profundas también. Hay que aguantarse con las dos. De resultas de tanto experimento me apasiona el azul y me apasiona el rosa. Esos colores que tienen nombres raros y que se ponen de moda, esas figuras lánguidas todas vestidas de institutrices y de amas de llaves de Rebecca son muy cansinas. Nunca me gustaron, ni cuando la elegancia era ir de oscuro, cosa absurda e inventada. Hasta mi abuela dejó el luto y se ponía unos vestidos blancos y negros muy pulcros y con unas florecitas pequeñas que eran un mar de simpatía. Y mi vecina Isabel se vestía como la reina madre, con sus batas de ...

Zapatos de tacón

 Llevaba un bolso nuevo cada día, cambiaba de zapatos y de perfume. La peluquería era un sitio acogedor en el que las muchachas se jugaban los sueños en la complicidad y el aire de la tarde siempre daba paso a una cita, a un encuentro, a un paseo, a una función de teatro. Las mañanas de otoño eran perfectas y se movían con gracia las gabardinas y las chaquetas y todo era oloroso y firme, como si se escribiera en una novela de esas que están ambientadas en Nueva York, donde todo el mundo vibra de belleza. Así tantos años que parecía no iban a acabarse nunca, que no iban a cambiar nunca los coqueteos, los rouges y los perfumes, Chanel número 5, Gucci o Giorgio Beverly Hills, según el plan, según el momento. Era delicioso, pensaba. El aire fresco del amanecer plagado de mirados, el contoneo de los zapatos de tacón, de las botas o de las sandalias, llegado el momento, el color dorado después de la liturgia del mar, el sonido de la risa, esa risa, la risa, las risas aladas. Quiero despe...

Ese fulgor efímero del verano que calla...

El frescor de tus labios seguro oasis en una isla desierta... Por ejemplo, algo así escribiría si la cosa fuera de un poema amoroso. Amoroso significa aquí dramático, porque el amor es un drama que a veces se escribe en comedia, otras en tragedia y algunas en chanza. Una aventura medieval sin yelmo ni coraza, un estupendo recorrido en barco sobre las aguas bravas del Mississippi. Lo contaría Mark Twain con su deje sureño y su fastidio ante las novelas de mujeres que hablan de hombres interesantes. Amoroso significa también que el corazón anda apabullado, en busca de un secreto que descifrar. Muchas veces el amor es solo una cortina de humo, una manera de olvidar los problemas. Se esconden detrás del sentimiento porque son ellos los que nos abruman. Incluso el desamor, que es el amor en negativo, es un espléndido sistema para que la vida diaria no nos sacuda. Si estoy desvencijada por el miedo puedo pensar en él y sentir su desprecio y entonces ese miedo se conjura y se c...

La palabra imposible

( Lee Miller. Fotografía) Una frase bailaba todo el tiempo en la cabeza: Cuando te veo, te echo tanto de menos...Y así era. Podía soportar la ausencia si no lo tenía cerca. Pero, en esas raras veces, extraordinarias, únicas, en las que lo veía, entonces no podía dejar de añorarlo desde el primer instante. Por eso, apenas lo miraba. Sabía que esa mirada sería su perdición. Sabía que, si guardaba en su retina la forma de sus manos, el hueco de su risa, la llama de sus ojos, la catástrofe sería irremediable. Por eso, apenas detenía en él su mirada. Por eso reía continuamente, de una forma nerviosa, irreverente y tibia. Como ella misma era. Extraña para muchos. Distinta. Conservando un hilo de inocencia que nadie percibía. Ni él siquiera.  Un pensamiento estaba en su cabeza y de ahí no se movía: Podría decirte tantas cosas. Y he de callarme tanto. Estaba segura de que las palabras nunca hallarían el camino de salida. Estaba segura de que ninguna circunstancia har...

De repente, todos los veranos

  Llega un momento en que el verano se convierte en nostalgia. Una suma de ausencias y un enorme revoltijo de recuerdos. La vida se escribe de verano a verano y, en ciertos momentos, el verano es el gran invento de la memoria. Así lo viste cuando las azoteas ocupaban todo tu tiempo, mensajes indescifrables a pie de agua, a pie de viento, aires que llevaban ecos de gente a la que amabas, futuro, posibilidades, quejas, sueños. Las mañanas de playa tienen ese inenarrable sabor atlántico de la baja y la alta marea, nimbada de canciones de moda, de chicos a los que amas y que suelen tener los ojos verdes. En la caseta de rayas blancas y azules hay tiempo para buscar en un rincón la botella de cerveza para lavarse el pelo entre las olas. El agua del mar lanza un sortilegio de esperanza siempre. Es la bonanza del pensamiento y de la vida, tiene sentido simplemente porque soltamos nuestras risas imparables. La risa es el alimento que todos queremos conservar siempre. Hay noches de discotec...

Ninguna mirada

(Jesús Helguera. Fotografía para almanaques) De ordinario sobrevuelas mis ojos. Nunca observas en ellos si hay alegría o desdicha. Miras hacia lo alto, recalas en lo lejos, pero nunca hay, amor, espacio para verme. No sé si esto es porque soy invisible o porque tú, en una rara muestra de desidia, desengaño o desgana, no tienes forma de mirar lo esencial, de ver la vida. Es así, sin embargo. Y, a veces, frente a frente, notarás que desvío la mirada, notarás que me voy, que dejo el espacio común en el que estamos y huyo hacia otras soledades, otros tiempos, otras cicatrices. Notarás que no quiero mirarte, ni verte entero, amor, porque si así lo hiciera moriría en el intento. 

Louise Dahl-Wolfe, primera mirada

En el apartado "Mis fotógrafas" escribo hoy de Louise Dahl-Wolfe. Como suele ocurrirme, a veces surge una fotografía que me impresiona y entonces me pregunto quién la hizo. Así he llegado a conocer, de una manera autodidacta, a muchos fotógrafos y fotógrafas, tantos que nunca creí que la fuerza de la fotografía en el siglo XX fuera tanta. En este caso, las imágenes de Louise tienen un encanto especialísimo y por eso ahora indago sobre ella. Fue una revolucionaria de la fotografía de moda, a la que sacó de los estudios y llevó al aire libre, al modo aventura, recorriendo así países y lugares alejados de la comodidad tradicional. Louise había nacido en San Francisco, California, en 1895 y después de estudiar pintura y diseño se dedicó a la fotografía. En su carrera tuvo mucha importancia el apoyo de su marido, también artista, Meyer Wolfe, al que había conocido, precisamente, viajando por África tras la muerte de sus padres. Louisa estuvo veinte años , desde 1936 hasta 1...

Tráeme ese ramo de lilas

  Serpentea el olor de las lilas por toda la casa. Las contraventanas son de madera y se abren al sol. Es el inicio de una primavera que traerá suerte porque el amor se ha ganado a pulso su sitio en estos días. En la Provenza todo se prepara para recibir el aire suave de los campos de lavanda y el eco tibio de las lilas. Tráeme ese ramo de lilas, que voy a decorar la mesa. De esa forma, los amigos tendrán una bienvenida acorde con los sueños. Tantas horas pensando en que, por fin, ese encuentro será posible, en que no habrá inconvenientes ni falsas esperanzas... La casa es de piedra entera y tiene muchos años. Detrás hay una enorme extensión verde, una especie de jardín salvaje, donde crecen especies de todo tipo, incluso algunas exóticas, porque Marie tiene buena mano para las plantas. Hay arriates como si esto fuera el sur, y al fin, quizá lo es. La nostalgia del otro paraíso se observa a cada paso. Hay tiestos de cerámica, hay hornacinas en las que brilla un azulejo antiguo. En ...

Una calle que mira al sur

  (Pintura: Paul Cornoyer) Hermosa y larga, mi calle miraba al sur y se escondía de los malos vientos. Del calor del levante en el verano y del brumoso poniente en cualquier fecha. Así escribía su historia día a día, poco a poco, como si la vida no fuera otra cosa que las puntadas en un mantel de hilo. Puntada tras puntada, muy despacio, haciendo que el reloj no tuviera sitio para el aburrimiento. Las azoteas templadas del mediodía, las noches junto al cine de verano, las tardes de charla en las casapuertas, las mañanas junto a la taza de café en la cocina... La calle tenía un curioso resplandor que la convertía en escenario de cuentos. Los disfraces y las fiestas, la hora del cante, las miradas ruidosas, la gente que iba y venía, pisando sus piedras, sus aceras, logrando así el milagro de una convivencia más antillana que otra cosa. Todos los mares se apostaban a su alrededor para lograr el milagro de la risa y había quien no podía comprender cómo la escasez se convertía en chiste...

Dejé pasar el autobús

 /Richard Estes/ Anoche soñé contigo. Era un sueño extraño, quizá como todos los sueños. Éramos muy jóvenes o tal vez no. Tal vez tenía el aire indeciso de lo onírico. Una cosa rara sin duda. Estabas allí y me esperabas. Exactamente igual que entonces, que aquellos días. No sé si fueron breves, si fueron muchos días, pero existieron, eso sí lo sé. Y me cuesta recordar los detalles, me cuesta sentirme como entonces, pero hay un ramalazo, una especie de espiral risueña que me hace recordarte como eras entonces. Leyendo lo que no debías y anotando cosas en mi libro de francés. Qué curioso todo. En ese sueño estaba nuestro Manderley, que tenía formas diversas: la biblioteca, el patio, el aula, el pasillo, el parque Genovés, la calle, una cabina de teléfono, tu casa, la casa de mi tía, el autobús que conducía a Alicante, el carnaval, el barco para ir a Mallorca, el castillo, la gran discoteca, el hotel, la piscina, los ojos azules, el vestido malva, el jersey amarillo, la minifalda, la ...

Un verano de cuento: Edna O'Brien

Las obras más conocidas de Edna O'Brien (Tuamgraney, Clare, Irlanda, 1930) son las que forman su Trilogía de las chicas de campo. Sin embargo, O'Brien es una cuentista muy notable. Y son sus cuentos, siempre protagonizados por mujeres, los que representan una visión muy cercana de la vida y de la naturaleza, de las relaciones humanas y los sentimientos.  Ella no se hace ilusiones con respecto a la gente. Sabe que, en un momento dado, habrá traiciones y desengaños. Los sintió ella misma. Gente que no acepta tu talento y que quiere cercenarlo. Personas que intentan imponerte sus ideas. Entornos claustrofóbicos, momentos desasosegantes. Hasta la propia naturaleza es, en sí misma, una enemiga de las emociones. Y el pasado es una losa y el futuro una incógnita, una dudosa reminiscencia de algo que no  ha llegado pero que se anuncia.  Los cuentos  tienen mucho de sí misma, de modo que, si lees también sus Memorias, verás en ellos desarrollados algunos argumentos...

Duelo

Pintura de Odilon Redon No sé cuánto duran los duelos. El mío va para doce años. No pensé que fuera a durar tanto. Activo, quiero decir, como los volcanes que arrojan lava lenta y corrosiva sin parar. Creo que lo empecé durante su enfermedad, dos años enteros en los que me iba despidiendo internamente de las cosas que, estaba segura, iban a desaparecer con su muerte. Sí, debió ser así. La vida cotidiana y sus ritos tienen un ritmo que se iba cortando poco a poco. Todas esas despedidas parciales anticipan el duelo y yo derramé tantas lágrimas que me había quedado sin ellas cuando murió. No pude llorar entonces y, asumiendo que debía hacerme cargo de todo y que nadie haría ese trabajo por mí, puesto que él ya no estaba, me sumergí en papeles, decisiones, oficinas bancarias, sucursales de hacienda, más papeles, portátiles y llamadas de teléfono. Pero esa, entonces, ya no era yo. El último yo desapareció el día en que una mala noticia avisó de lo que podía suceder y entendí que sucedería a...