Calle Alfarería


 Mi amiga María y yo solíamos pasear por la calle Alfarería al salir de clases en el instituto. Cuando teníamos un buen horario siempre nos daba tiempo por la mañana para hacer alguna excursión urbana. Ibamos al centro a comprar corsetería coqueta, o a andar cerca del Río, o a pasear por Triana. La calle Alfarería nos pillaba muy cerca y pasearse por allí era muy agradable. No hace tanto tiempo de esto, quizá unos seis o siete años. Los cinco años perdidos desde la pandemia me hacen olvidar las fechas. Si te fijas es poco tiempo pero suficiente para que aquella cambiado todo. El fenómeno del turismo de masas aún no estaba en su apogeo y se veían algunos vecinos que salían a comprar el pan, alguna tienda de objetos raros, bares muy pequeños e íntimos, y un silencio al cruzarla que no era vacío sino reconfortante. Eso ocurría entonces. Los vecinos, los pocos vecinos que quedan ahora, le dicen al periodista que solo se oyen traqueteos de maletas y gente que va y viene. La Triana que hemos conocido está terminando de desaparecer. Hubo un primer cambio urbanístico y ahora llega el cambio definitivo, el del modo de vida. El del hola, adiós, cómo estás y cómo te encuentras. El de las pequeñas tiendas de barrio. El de los bares de toda la vida. El del silencio sobre todo. Triana necesita silencio. Y eso parece olvidarse por parte de todos. 

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