¿Se puede vivir junto al mar sin saberlo? Se puede. La calle estaba cerca del mar pero nadie era consciente de eso. El mar la rodeaba como si fuera una cinta de regalo, impidiendo que la tierra se moviera y que las aguas traspasaran esa frontera invisible. Era un mar y, a la vez, un océano, que llegaba lejísimos, hasta América, un océano verdoso y no un mar azul. Su perfil era el de enormes barcos, grúas, astilleros, edificaciones militares, fuertes de la guerra napoleónica, esteros y caminos estrechos que llevaban a las casas salineras. Todo el exterior de ese envoltorio era agua y sal. Los montículos blancos parecían nieve, pero una nieve muy dura, mucho más de lo habitual. Este era el perfil de la ciudad y permanecía ajeno a la calle. La calle era, en sí misma, un barrio y un pueblo al mismo tiempo. Traspasar sus límites era internarse en otros mundos. Vivir allí generaba un idioma común, un código único, una mirada propia. La calle comenzaba en la esquina de Capitanía. A...
El blog de Caty León