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Ignorancia de mar



¿Se puede vivir junto al mar sin saberlo?

Se puede. 

La calle estaba cerca del mar pero nadie era consciente de eso. El mar la rodeaba como si fuera una cinta de regalo, impidiendo que la tierra se moviera y que las aguas traspasaran esa frontera invisible. Era un mar y, a la vez, un océano, que llegaba lejísimos, hasta América, un océano verdoso y no un mar azul. Su perfil era el de enormes barcos, grúas, astilleros, edificaciones militares, fuertes de la guerra napoleónica, esteros y caminos estrechos que llevaban a las casas salineras. Todo el exterior de ese envoltorio era agua y sal. Los montículos blancos parecían nieve, pero una nieve muy dura, mucho más de lo habitual. Este era el perfil de la ciudad y permanecía ajeno a la calle. La calle era, en sí misma, un barrio y un pueblo al mismo tiempo. Traspasar sus límites era internarse en otros mundos. Vivir allí generaba un idioma común, un código único, una mirada propia. 

La calle comenzaba en la esquina de Capitanía. Allí cerca estaba el viejo castillo, semiabandonado, la farmacia, el ambulatorio y la venta. Ese final era un cruce de caminos, el sitio por el que se accedía al resto de la ciudad. Tenía un aire pueblerino, con manchones libres de edificación y algunos pisos desconcertantes, especulativos, de un horrible color verde. Ahí comenzaba la calle más o menos, salvando algunas esquinas que daban a otras similares. En su inicio estaba la plazoleta, que desde siempre estuvo secuestrada a los vecinos, convertida en antesala del mercado de mayoristas, un lugar lleno de ruidos y de suelos pegajosos. A nadie se le ocurriría pasear por allí porque era la zona que ocupaban los camiones de los transportistas de pescado o de verduras, que arrastraban con una fuerza enorme sus cajillos agujereados llevando los productos. Terminaba la plazoleta y ahí estaba la calle, larga, sinuosa, cruzada por otras arterias tan curiosas como ella misma. La calle y sus casas irregulares, distintas, alternando las casas bajas y humildes, con otras de mayor empaque, con algún patio de vecinos, tiendas de ultramarinos, guichis y otros establecimientos, como una tintorería que lo llenaba todo de líquidos azules y de gases oscuros. Esa era la calle, que terminaba en la carretera que iba a la estación del ferrocarril y, antes de eso, en la esquina de la calle del cine, la zona más frecuentada de todas, un cine de verano enorme, moderno y que era lugar de paseo para las parejas y para los niños. Algunos aprendían a leer viendo las letras de los cartelones que anunciaban las películas. Todos los habitantes de la calle terminaron, por eso mismo, siendo aficionados al cine. 

Pero ¿el mar?

En realidad no estaba muy lejos. Solo que no tenía el aire romántico de los atardeceres, ni la magia de las playas, ni el dorado del sol sobre la arena. Era una extensión de agua en la que los barcos se reparaban, salían y entraban con enorme brío; una zona de trabajo más que de recreo, una forma de vida. La mayoría de los hombres de la calle tenían algo que ver con aquello que les proporcionaba el sustento. Marineros, marinos, peones, electricistas, comerciantes, conductores, todos vivían del mar de algún modo, aunque no fue un mar de turistas, ni playas, de días al sol, ni paseos románticos. No había ningún romanticismo en el olor del salitre, ni en el aire turbio del levante cuando azotaba la marisma, ni siquiera en las velas desplegadas de los barcos que arribaban para ser reparados. Era un mar comestible, un mar que proporcionaba marisqueo a quienes se lanzaban con sus botas de goma a recoger sus frutos para venderlos luego. Un mar de militares, que vivían acantonados en su propia ciudad, alejados del pueblo y de la masa. Un mar de trabajadores, que iban al dique en bicicleta, con los pantalones sujetos con un artilugio de metal y una canastilla para el costo del día. Un mar impenetrable. 

(Pintura: Edward Hopper)

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