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Crucé el río, llegué al mar, me asomé al océano

 


Cuando el aire suena a primavera recuerdo la odisea, el gran hallazgo, un barco que salía del espigón y que cruzaba el océano casi costeando. Llevaba una carga de gente variopinta, turistas, visitantes nostálgicos, familias, parejas de enamorados, hombres solos y taciturnos, mujeres tristes, pandillas de jóvenes ruidosos. El barco te recogía y entonces te sentabas en unos bancos que lo llenaban de lado a lado, como se ve en los que jalonan las bahías en Estados Unidos, todas esas películas con gente que va a trabajar a través del agua. Aquí los barcos tienen poco uso y parece mentira porque estamos llenos de lagos, de ríos, de mares y de océanos, pero creemos que el barco es un exotismo pasado de moda y por eso solo los usamos como este, en plan turistas desocupados, no como trabajadores sensatos. 

El barco, el vaporcito, salía del Puerto de Santa María y se encaminaba con bastante garbo hasta su destino, enfrente de la playa, al otro lado, Cádiz, el puerto de los barcos grandes, el abierto al Atlántico y a las tierras de América. Un paseo para los nativos. Hacía el trayecto varias veces al día y nosotros lo aprovechábamos para visitar la capital sin tener que coger ni coche ni tren, simplemente dejándonos caer allí, junto a la barandilla, mirando el agua que forma remolinos y cambia de color. Cuando sales y llegas tiene un verde intenso que te impide ver el fondo, pero, en alta mar (todo lo altamar que puede ser un recorrido tan corto) ya es azul, azul marino casi, azul verdoso, azul celeste en algunos puntos. El mar cambia de color igual que lo hace el cielo, sin razones y sin dar explicación alguna. 


Apenas podías reconocer a los que iban allí. Todos camuflados, con disfraces de carnaval veraniego. Todos con sombreros y gafas de sol, atuendos ligeros, combinaciones imposibles, cazadoras muy finas para el relente de la vuelta, zapatillas de deportes o chanclas, incluso una bolsa colgada al hombro en la que van el monedero, el móvil, la crema para el sol, algunos pañuelos y una agenda y un boli. La mayoría carga también con chucherías, alguna cosa comprada al azar, porque da la impresión de que entrar en el mar es meterse en una aventura sin regreso y todos tememos que haya un momento en que pasemos hambre, frío o sol. Supervivientes. Pipas, chocolates, frutos secos, caramelos sin azúcar, chicles...Luego resulta que nada de esto es cierto, que nada va a hacernos falta, porque el barco tarda muy poco en llegar y nunca parece probable que un accidente ni problema similar nos obligue a alimentarnos de patatas fritas o regaliz negro. 


Algunas veces arribábamos a Cádiz y la recorríamos prácticamente entera, desde el puerto hasta la plaza de Candelaria y de ahí a San Juan de Dios, a la central lechera y luego a Sopranis, a comer algo. Volvíamos por nuestros pasos para llegar a Rosario y a José del Toro en busca de recuerdos de juventud, y después a la calle Ancha, a la plaza de San Antonio y a la tetería de Alicia en la calle Zaragoza. En la plaza Mina estaba una de nuestras librerías y algún libro volvía siempre de vuelta en el vapor. Había tanto donde escoger que resultaba difícil no cargarse demasiado y andar con la bolsa a rastras por toda la ciudad. Si el tiempo lo propiciaba y las horas eran buenas comíamos marisco (gambas y gambones a la plancha, con su chorrito al chuparlo, con su sabor salino entero) en la Cruz Blanca o tomábamos un jamón delicioso en el sitio de al lado, que tenía cosas de Ubrique y de Benaoján, embutidos estirados en papel de estraza, chicharrones de Chiclana y cosas así. En los dos bares la cerveza salía fresquísima del barril y era beberla y reírnos, eso nunca fallaba. Una risa por nada, sin motivo, una risa en sí misma, incandescente, la risa de los buenos augurios, de los días completos, de las manos entrelazadas, la risa, nuestra risa. Los pasteles morunos de la tetería de Alicia sabían a gloria a modo de postre o de merienda. Tienen un sabor aceitado y las especias se hacen notar todo el tiempo, como si alguien las hubiera lanzado en avión sobre la bandeja de cerámica con motivos verdosos y amarillos. Todavía hay por aquí, en la casa, una tetera con los vasitos verdes de cristal que ella nos regaló, antes de dejarlo todo y marcharse a Asturias, a ese sitio donde el sol sale poco y el mar es más transparente y más frío. 


Una de las veces enfilamos el camino hacia el parque Genovés, pasando por todas esas calles de nombre americano, dejando atrás la plaza de España y la Diputación, el monumento a las Cortes y la Estación Marítima, el sitio donde tomábamos el aperitivo años atrás. En el parque, las plantas parecían saludar el calor sin ninguna precaución y estaban esas fuentes interiores de azulejos, en pequeñas placitas escondidas, verdaderamente hermosas y coquetas, que nos encantaban a los dos y a las que sacábamos fotos continuamente. Ah, sí, las fotos, hacíamos fotos, aunque no demasiadas, porque mirábamos a través de las gafas de sol y no del objetivo. Llegábamos al Parador y a la calle duque de Nájera, a la antigua escuela de Magisterio, al Colegio Mayor, y luego a Enfermería o a Peritos Navales, y de ahí, esplendoroso, al Balneario de la Palma, tantos bailes y fiestas, tantos años, y bajábamos a la playa, a la Caleta, y allí siempre caía un baño de esos que no se olvidan nunca. Y el paté de cabracho al pasar por El Faro. 


A la vuelta tomábamos café en la calle Ancha o en la plaza de las Flores, ahora sin olor a pescado, sentados con las piernas estiradas y la cara vuelta al poniente, esperando que cayera la noche, y luego, de regreso, andábamos deprisa, deprisa, deprisa, con ganas de coger el barco y ver la puesta de sol en la bahía y acercarnos luego, sin agobios, a nuestra casa frente al mar, a su terraza, para asomarnos a reír de nuevo, a colocar la mesa y a cubrirla con el mantel de flores y encima la cerveza, y encima las tapitas, un poco de jamón, algo de queso y un chorizo que picaba, pero no demasiado. Y las aceitunas con sabor a Jaén, ese verdor intenso de los mares de olivos. En las noches, verano, allá, nosotros, el tiempo que se iba, eso era ser feliz y lo sabíamos. 


Maravillosas fotos de Marcus Cederberg acompañan esta entrada. 

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