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El hermano Brontë: una vida perdida

Las hermanas Brontë decidieron publicar con seudónimo. El primer intento de salir a la luz fue a través de sus poemas. Charlotte recopiló algunos suyos, otros de Anne y un número mayor de Emily , en este caso con la conciencia clara de que eran los mejores de todos. El volumen, "Poems" quedó guardado en la editorial hasta que el éxito de sus primeras novelas los puso de actualidad. No incluyó ningún poema de su hermano, Branwell , confirmando así la extraña y ambivalente relación que mantenían con él. Ambos, Charlotte y Branwell , habían compartido escritura al crear conjuntamente el mundo de Angria , de igual forma que Emily y Anne lo hicieron con Gondal . Pero lo cierto es que, una vez superada la adolescencia, Charlotte se separó literariamente de su hermano y Angria desapareció. Lo mismo ocurrió con sus novelas. Con el seudónimo Currer Bell , Charlotte ofreció a su editor "Jane Eyre", además de las "Cumbres Borrascosas" de su hermana Emi...

"Expiación" de Elizabeth von Arnim

  Expiación. Elizabeth von Arnim Editado por Trota Libros, 2023 Traducción de Raquel G. Rojas Publicación original: 1929 El escritor británico Ian McEwan tiene publicado desde 2001 un libro con el mismo título que también fue llevado al cine. Un novelón potente y lleno de fuerza, con personajes inolvidables. La adaptación cinematográfica fue muy notable y ha pasado a la historia del vestuario el traje verde de Keira Knightley. De Elizabeth von Arnim he escrito ya en este blog.    Elizabeth von Arnim era, en realidad, Mary Annette Beauchamp y nació en Sidney (Australia) en 1866. Era pariente de la también escritora Katherine Mansfield. Tuvo una educación inglesa y se casó a los 24 años con el barón von Arnim, un tipo adusto, colérico y poco amable, de quien tomó su apellido y con quien se fue a vivir a la región de Pomerania, en Alemania. Su vida conyugal no fue nada agradable ni, en general, sus relaciones amorosas. Así que se vengó de la forma más elegante posible, a t...

Los tejados de Roma

 Tenía los manteles amarillos de una tela parecida al hilo, pero más lavable, más práctica. Siempre estaba lleno, había que reservar o, al menos, dejarle una nota al camarero de confianza para que te guardara una mesa en una esquina de la terraza que no esté muy al paso. En la Osteria da Fortunata hay pasta fresca y podías elegir sabores, colores y hasta decorado. Una jornada intensa de museos y academias en Roma siempre merece un rato de buena comida y buen postre. En el ático de Giovanni las plantas parecían revivir a pesar del calor y todos nos agolpábamos en la zona buena, la esquina del sofá de exterior, el sitio desde el que veías los tejados de la Ciudad Eterna y eras capaz de distinguir, por el olor, qué estaban cocinando los anfitriones. 

La mirada insistente de May Sarton

Así suceden las cosas: una editora de una pequeña editorial descubre a una escritora que le gusta y que no ha sido traducida al español. La editorial se embarca en una primera traducción. Y funciona. El boca a boca de las redes ayuda a esa difusión y el nombre de la autora comienza a ser conocido en la élite de lectores avanzados, sobre todo mujeres, que están atentos a las novedades y que consume literatura no comercial.  De este modo, May Sarton llega a nuestras estanterías y a nuestras vidas de lectores en las que el libro y todo lo que trae consigo es un elemento fundamental. Comenzamos a leerla y estamos pendientes a las novedades que se van publicando. Y así descubrimos algo que todo autor posee y que es el punto de arranque de cualquier obra literaria: el estilo. Dado que lo que se está publicando es todo memorialístico, podemos afirmar que su manera de mirar el mundo y de trasladarlo a la escritura tiene sus especiales características. Yo no lo llamaría autoficción, sino, ...

39 páginas

  Algunas críticas sobre el libro de Annie Ernaux "El hombre joven" se referían a que solo tiene 39 páginas. ¿Cómo es posible que una escritora como ella no haya sido capaz de escribir más de este asunto? se preguntaban esos lectores, o lectoras, no lo sé. Lo que el libro cuenta, en ese tono que fluctúa entre lo autobiográfico y lo imaginado, aunque con pinta de ser más fidedigno que el BOE, es la aventura que vivió la propia Annie con un hombre treinta años más joven que ella, cuando ya era una escritora famosa y él un estudiante enamorado de su escritura. Los escépticos pueden decir al respecto que si no hubiera sido tan famosa y tan escritora no habría tenido nada de nada con el susodicho joven, que, además, podía ser incluso guapo y atractivo, aunque ser joven era aquí el mayor plus, lo máximo. Una mujer mayor no puede aspirar, parece decirnos la historia, a que un joven se interese de algún modo por ella si no tiene algún añadido de interés, una trayectoria, un nombre, u...

La lista de lectura

 La lista de libros pendientes de leer, y reseñar en su caso, ha crecido. Ahora la primavera ya tiene sus palabras. Hay una relectura, la Nada de Carmen Laforet. Todo lo demás es de nueva lectura. Algunos son libros bastante exóticos, otros son clásicos ineludibles, hay un poco de todo, también ensayo. Se trata de componer un puzzle exquisito, lleno de resonancias. No hay poesía de momento, pero llegará. 

Las lecturas de primavera: Lispector, White y Tyler

  De modo que llevaba unos días diciendo que no tenía nada que leer, nada nuevo se entiende, y me pasé por la página web de La Puerta de Tannauser, una librería chula, chula, extremeña para más señas, y a la que compro online siempre que puedo. Y encontré estas tres monadas, que están ya en la parrilla de salida de las lecturas primaverales. A ver qué tal. 

¡Adoro Madrid!

  Adoro Madrid, como se adora a los lugares donde siempre fuiste feliz. Todas las fotos son de Alicia. 

¿Qué fue de aquel sombrero?

 /Foto Gema Guerrero/ Todos los momentos felices merecerían conservarse. La tristeza tiene más tirón, genera más literatura, es más cinematográfica. Pero la alegría lleva consigo una etiqueta que debería ser imborrable. Que a esos momentos felices la memoria no los triture, que el paso de los años no los convierta en añicos. No es solamente la buena compañía, la risa cómplice, es el olor del campo en primavera, la risa de Gemma convertida en fotógrafo, el trotecillo de Beltrán que se enreda en los pies, el olor del guiso en la cocina del chamba, las voces amigables que recorren el porche, el aire azul, azul, de un día de esperados encuentros... Todo traza una efímera alianza en ocasiones para que el recuerdo se convierta en certeza. Sí, éramos nosotras, lo vivimos, estábamos allí. Fuimos felices. 

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes...

Aventura en Saint Tropez

  Verano. Los cuatro tenemos la misma sensación de libertad desde que hemos llegado. Al mediodía y después de comer las calles del centro están vacías. La gente huye del calor y se va a las playas, pero somos insobornables en eso y las recorremos como si tuviéramos la firme voluntad de grabarlas en nuestra retina para siempre. Y lo logramos. Las ventanas aparecen cerradas, el suelo es irregular y los negocios tienen las puertas demasiado pequeñas. En algunos rincones aparece la visión del mar en la lejanía y entonces entra en nuestras vidas el azul, esa sinfonía de colores cambiantes que convierten el pueblo y su costa en un cuento de hadas.  Pero hay verde. Donde menos te lo esperas aparece un cafetín con las mesas enmanteladas y un aire perdido como si nadie quisiera recibir visitas, a pesar de que el negocio es ese. Cerca de la playa, los establecimientos están saturados de turistas, pero en el interior, todo es silencio, holgura y platos verdaderamente curiosos. Hay branda...

El milagro de los días lentos

  En la playa había toda clase de artefactos marinos. Y con algunos de ellos hacíamos una especie de artilugio para atarlo a las chanclas de goma. Sonaba al caminar y daba la impresión de que llevábamos tacones. Todas queríamos llevar tacones cuanto antes. En los días lentos del verano una de las distracciones era entrar a escondidas en los dormitorios de los padres. Aparecían oscuros, con las ventanas corridas y una sensación de frescor que llamaba la atención. En las cómodas había algunos cajones que nos interesaban y sobre ellas los cacharros de la belleza, la crema, el lápiz de labios, el cepillo del pelo, un espejo, un bote de colonia. Ese territorio prohibido había que explorarlo en los momentos más inesperados, para que las madres no nos sorprendieran y el juego no se acabara antes de tiempo. Y luego venían las confidencias, porque había madres de todas clases incluso las que tenían en la mesita de noche los versos de Gustavo Adolfo Bécquer.  (Pintura: Joaquín Sorolla)

Besos de película

  /Jean François Millet, pintura/ El cortijo se llamaba La Laguna Seca. Tenía una esplendorosa entrada con columnas y dos enormes palmeras. Un pavo real se paseaba y abría su cola ante el asombro de los visitantes. A un lado, los quesos, el requesón, la zona de lavar la ropa, el aula que el maestro rural usaba para dar las clases a los niños. De otro, el toril, los artilugios de esquilar a las ovejas, las cuadras. En medio el gigantesco patio, con baldosas de barro cocido siempre polvorientas. Y al fondo, una doble subida de escalera exterior de piedra que conducía a la zona de vivienda. A la izquierda, las dependencias del marqués. A la derecha, las del administrador. Y todavía más al fondo, como si quisiera pasar inadvertida, una habitación forrada de tela metálica en la que estaban las colmenas. Y en un recodo, el cuarto de los quesos, rodeados de cuerda y estambre para que se secaran. Todo el cortijo era un enorme mundo que funcionaba por sí mismo, rodeado de campo y vinagrillo...

¡Qué verde era mi valle! (1941, John Ford)

  Para mi madre En un intercambio de mensajes con mi amigo Ángel Vela sale a colación esta película. Entonces me expresa su admiración por la misma y yo le confío que no la he visto aunque mi madre la ponderaba como su película favorita. Suena raro esto, ya lo sé. Y el mismo Ángel Vela dice, con toda razón, que no se entiende que no la haya visto. De modo que aprovecho un rato antes de cenar, bueno, en realidad es más que un rato, y la busco en las redes. Aparece en YouTube muy aceptablemente y es importante esa calidad porque la película tiene una fotografía magnífica, donde los blancos son blancos, que es algo fundamental en el uso del blanco y negro.  Empiezo por el principio. El niño, ya un hombre mayor, recuerda a su padre y, al mismo tiempo, su vida de la infancia, su tierra, su valle. Estamos en Gales, en las zonas mineras que tan poco gustaban a D. H. Lawrence, hijo de minero y de maestra, que abominaba de esa oscuridad de las minas. Los mineros de Ford están orgulloso...