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Aventura en Saint Tropez

 


Verano. Los cuatro tenemos la misma sensación de libertad desde que hemos llegado. Al mediodía y después de comer las calles del centro están vacías. La gente huye del calor y se va a las playas, pero somos insobornables en eso y las recorremos como si tuviéramos la firme voluntad de grabarlas en nuestra retina para siempre. Y lo logramos. Las ventanas aparecen cerradas, el suelo es irregular y los negocios tienen las puertas demasiado pequeñas. En algunos rincones aparece la visión del mar en la lejanía y entonces entra en nuestras vidas el azul, esa sinfonía de colores cambiantes que convierten el pueblo y su costa en un cuento de hadas. 

Pero hay verde. Donde menos te lo esperas aparece un cafetín con las mesas enmanteladas y un aire perdido como si nadie quisiera recibir visitas, a pesar de que el negocio es ese. Cerca de la playa, los establecimientos están saturados de turistas, pero en el interior, todo es silencio, holgura y platos verdaderamente curiosos. Hay brandada de Nimes, hecha con su bacalao desmigado; hay una especie de zarzuela de mariscos, con unas gambas pequeñitas de sabor muy fuerte; hay rouille de pulpo y patatas, el plato que todo el mundo quiere probar por aquí; y está la fougasse, dulce o salada, de las dos formas vamos a probarlas. El camarero, que vista enteramente de verde, deja un plato de panecillos calientes y, al lado, un pequeño cuenco con foie. Más tarde, cuando esté la comida casi terminada, volverá a traernos una bandeja a juego con el cuenco, blanca con cenefa rosada, y contendrá unos cuántos tipos de queso. Nos gustan todos. Comemos muy despacio. No tenemos ninguna prisa. Las horas del mediodía se hacen aquí largas y esperamos que el sol deje de molestarnos para llegar, ahora sí, tranquilamente junto al mar, primero a pasear por la orilla y luego a tomarnos un batido o un zumo en alguno de los pequeños locales playeros. 


Ninguno de nosotros bebe alcohol y el vaso enorme delante de nosotros solo es una pose. Pero nos gusta aparentar que somos gente bohemia, que tenemos todo el tiempo del mundo y que vamos a subirnos, en cualquier momento, a uno de esos barcos que están anclados muy cerca. Un día la historia se hará realidad. Cuando conozcamos a René iremos de excursión por ese mar azul y transparente. La cosa tendrá tintes románticos para una de nosotras y seguro que adivináis para quién porque, realmente, no podía ser otra. René es parisino y el barco es de su cuñado. Él podría pasar por uno de esos jóvenes de camisa blanca y pantalón chino que vemos en las películas y que hechizan a las americanas. Sin embargo, no es un desenvuelto gigoló sino un arqueólogo que pronto nos enseñará sus últimos hallazgos y sus proyectos. La arqueología me enamora y René también. Ninguno de los dos hace falta que dure mucho tiempo. Solo el suficiente para que luzca Saint Tropez y las sandalias rojas que ese verano me hicieron compañía sin cansarse. 

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