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Recorriendo la ciudad...

Por cuestiones que no vienen a cuento, hoy, día de diario, víspera de un puente, recorro la ciudad de un lado a otro y observo lo que pasa en ella. Uso la mirada de quién acaba de aterrizar en el aeropuerto procedente de otro país, o, también, de alguien que vuelve de un largo viaje. La mirada del que ve las cosas por primera vez. Aunque no es cierto, y no sé si el cerebro se dejará engañar por esta intención literaria. Como ocurre con todas aquellas personas que nos dedicamos a escribirlo todo, a escribir siempre, a no dejar de escribir, vivo la mañana y la voy relatando al mismo tiempo, así que ahora ya no podré distinguir lo que viví y lo que pensé mientras lo hacía. Las palabras se han colocado en el lugar exacto de las vivencias. Es así. 

El autobús lleva muy poco gente. Nadie se saluda, nadie se habla, todos están ocupados en hablar con alguien que no está a su lado, a través del móvil. Algunos esperan serios que llegue su parada. Pero no hay ningún movimiento para acercarse al vecino, ni siquiera saludan al conductor, que me mira extrañado cuando le digo "buenos días". Al cruzar ese punto de la ciudad en el que se encuentran el metro, el tranvía, la estación del tren y miles de autobuses, el movimiento es tan extraordinario que da la sensación de haber entrado en un paraíso hiperrealista. Los que esperan los autobuses o el tranvía, en esas paradas de metacrilato, parecen posar para un inexistente fotógrafo. Las bicicletas cruzan el espacio verde que se les ha reservado y lo hacen de forma orgullosa, ese es su sitio y lo saben. Los ciclistas se sienten libres, se sienten seguros. Los hay de todas las edades y su caminar a través de los carriles bici es muy rítmico, muy organizado, como si fueran muñecos que se accionaran a distancia en un gran juego de mesa. Luego están los autobuses, alineados a uno de los lados, lentos pero sin parar, en una orgía permanente de subidas y bajadas de gente diversa. El tranvía aparece en sus tonos plateados y recoge a una peña poco apresurada, más bien expectante y sin prisa. Algunos estudiantes llegan a los alrededores de la estación del tren con sus trolleys de colores, tirando de ellos con fuerza y una imperceptible sonrisa de vacaciones en la cara. 

La mañana ha amanecido fría, pero, en cuanto recorres algunos metros te apercibes de la fuerza del sol, que ha salido esplendoroso y que te acompaña en todo el recorrido. El sol, mucho más potente que el viento, la lluvia y el frío, te da en la cara y hace que sientas el calor de la vida, que se asoma en cuanto pones los pies en la calle. Junto a la facultad de Derecho algunas chicas están sentadas sin hacer nada, sin hablar, en una especie de saliente de la pared. Ninguna hace otra cosa que recibir el sol que cae de plano a esta hora de la mañana en un día de otoño en el que se anticipa ya el tiempo por venir, las vacaciones de Navidad y todos los ritos de esos días, ritos que, dependiendo de cómo los vives, significan algo o no significan nada. Significan algo bueno o te hacen más daño que los días normales.

Comentarios

Martín de la Torre ha dicho que…
Resulta muy ameno leerte. Yo algunas veces observo a los personajes de esta nuestra rutina diaria. Los observo en sus quehaceres más rutinarios y me digo sin temor a equivocarme que estoy presenciado unas secuencias de sus vida de las que ellos no albergarán recuerdo alguno dentro de unas horas o un día a lo sumo, porque no sabemos lo que hacemos, no tenemos tiempo para pensar. Somos cárnica maquinaria en tropel, vivimos arrollados por nuestras circunstancias, por nuestros miedos y preocupaciones, por el sistema que nos hemos montado. Nuestra realidad debe funcionar como un reloj, pero los latidos por minuto son variables y las respiraciones, como la edad, nos van dejando sin aliento. Parece que lleváramos unas esposas por reloj, que nos unen la muñeca a un extraño maletín con instrumentos financieros para un cirujano economista que, sin conocerlo, dice ser nuestro amigo más competente.
Parece mentira que los caracoles sean de este mundo, y los arco iris, y ciertas nubes extraordinarias y tantas cosas increíbles empañadas por los inhumanos polígonos industriales medio abandonados que rodean Sevilla.
Un saludo.

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