Alameda de Apodaca de Cádiz. La fuente que susurra, los árboles centenarios, el mar al fondo, el latido de la juventud que sale de las facultades y se sienta a charlar en sus bancos de piedra, la barandilla, el horizonte. Pasé horas aquí con mis amores de entonces, con los amigos, con la gente que me hacía reír sin descanso.
La playa de Camposoto me recuerda los días primeros de nuestro amor para siempre. Los días en que yo la paseaba y te recordaba, porque estabas lejos pero teníamos la promesa de que pronto estaríamos juntos sin medida. Así fue hasta que te fuiste. Pero esas horas son tan imborrables como el susurro de este mar tan querido.
Quizá fuera aquí, en este paseo marítimo de Valdelagrana, donde pasamos los días más felices. Los tres, la familia que fuimos, paseábamos y tomábamos el sol y la brisa, acunábamos los días y las tardes, comprábamos churros y volvíamos a nuestra casa de allí, perdida a estas alturas porque la vida no dejó que se quedara con nosotros, para disfrutar de lo que significa una familia que se quiere hasta el fondo. Una vez vi un eclipse. Pero esa fue otra historia.
La Barrosa es la playa de mi madre, la playa de nuestros primeros veraneos, la playa de las risas y las comidas familiares, la playa de los coches de caballo, la playa de de la felicidad.







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