Illustration by Lily Qian. Magazine The Nation.
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Estoy sentada en mi butaca azul celeste, mi butaca favorita ahora, desde la que puedo ver sin molestarme la plaza, los naranjos, los bancos y los soportales. Poca gente cruza por aquí, de vez en cuando una señora que arrastra un carro de la compra, o los empleados del ayuntamiento que insisten en venir a podar los setos, o algunos niños que corren en sus triciclos o detrás de las pelotas. Hay un silencio cómodo, un otoño sin hojas sueltas, un tiempo moderado y extraño en estas latitudes. El calor se agazapa y volverá un rato en cualquier momento, pero ahora parece que ha decidido anclar su velero en otro río. De este modo, en silencio, espero que el canal de Youtube que tengo abierto en mi ordenador portátil se decida a comenzar la emisión y que la gente de la academia sueca lance ya el nombre del ganador del Nobel de Literatura. Ningún año me he preocupado tanto de este asunto, así que esta vez me parece de justicia dedicar un rato a estar expectante, como si verdaderamente me importara, sabiendo de antemano que ningún nombre me resultará familiar y que ningún libro del autor elegido está en mis estanterías.
La sala de la academia sueca es de color blanco roto y dorado, como si fuera a oficiar una boda civil y los invitados fueran esos periodistas que están sentados, prestos a lanzar la noticia, en cuanto la secretaria aparezca y la lea. La mayoría llevan móviles ultrarrápidos y queda solamente, como una reminiscencia romántica, un par de fotógrafos cargados con sus grandes cámaras, sus objetivos, sus trípodes. Estuve casada con un fotógrafo y sé de qué hablo. Conozco el olor de los líquidos de revelado y los cacharros que ocupaban toda una habitación de nuestra casa. Conozco los viajes que se interrumpían para hacer fotos y las reuniones con otros fotógrafos para mostrarse los trabajos respectivos. La pared era un conglomerado de diapositivas y los recuerdos se escondían para no aparecer nunca más. De aquello tengo muchas fotos en blanco y negro y una sensación, ya sin importancia, de brutal pérdida de tiempo.
La secretaria de la academia es muy profesional y en varios idiomas se presenta, explica el fallo, da el nombre, fuese y no hubo nada. Antes de que ese nombre suene, he visto en todo Internet como hay canales, tuiteros, instagramers y toda suerte de aficionados a la lectura, que difunden sus opiniones, sus apuestas y sus listas. Está bien que, por una vez, el libro sea el centro de la red de redes.
Cuando pronuncia Anne Carson (he estado muy pendiente por si soltaba un nombre raro que no habría sabido ni escribir) me alegro por varios motivos. Tiene una gran trayectoria, muchos libros publicados en español, una buena edad, una cara simpática y fotogénica, le gustan los clásicos, es poeta y ensayista y, además, canadiense. Llamadme clasista. Otro día me pararé en sus obras y sus cuestiones biográficas. Hoy, solamente la sensación, la primicia, la recogida soledad del fallo y una plaza otoñal en la Triana de Sevilla por la que solo transitan pájaros y flores de buganvilla, niños y triciclos. Ninguno de ellos conoce a Carson.

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