/Pintura, Edie Seberg/
En la casa había siempre mucha gente, entraban y salían vecinas a charlar, amigos de hermanos, novios, amigas a hacer confidencias, gente que venía a vender, pobres que pedían su limosna semanal, el señor que llevaba los periódicos el domingo, el de la fruta, la señora de la leche... Había un trasiego singular todos los días. Solo a partir de la caída de la tarde, ese ir y venir se tranquilizaba y entonces no se oía el pesado y lento abrirse de la puerta de entrada, un portón grande y oscuro con una mano de latón brillante para llamar, ni el de la puerta interior, la que cercaba la casapuerta, que era de cristal y de hierro, formando casetones, con una mirilla en una esquina que dejó de usarse. En realidad, era una casa de puertas abiertas. La niña cumplía su papel en el reparto de tareas, charlaba con los vecinos de nimiedades, contestaba preguntas, jugaba a las palabras cruzadas y a las canciones inventada por ellos. Pero nunca hablaba de sí misma, nunca contaba sus cosas personales, nunca se desahogaba en sus penas, nunca hacía preguntas, nunca salía de su cascarón lleno de libros, palabras y libretas.
Cuando fue mayor se marchó de la casa familiar porque quería respirar otros aires, necesitaba esa clase de vértigo de vivir sola y de buscarse la vida. Fue la única de las hijas que actuó de esa forma y quizá por eso todos los demás hermanos la sienten como una extraña, alguien ajeno a sus vidas. Trabajó, se hizo funcionaria, dejó de necesitar muy pronto ayuda de los padres y comenzó ella misma a ayudar a la casa. Eso tampoco se lo perdonaron, porque hay cosas que no se perdonan. Siguió con su mutismo interior. A nadie le contaba lo que sentía ni padecía, a nadie y así continuó toda su vida. No recuerda nada más que algunas confidencias de amores a algunas amigas a las que, sin embargo, ocultaba lo más importante. No contaba nada.
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