/Ilustración de Isabelle Arsenault/
Los niños oían cosas que no entendían. En susurros, en voz muy baja. Pero las mujeres de la calle lo sabían todo. Eran las entendidas en secretos. No se enteraban por casualidad sino que tenían un radar siempre a punto. Una casada que sale a deshora y que enfila la calle sola, sin su hijo pequeño, sin su marido ¿adónde va? En el caso de Ana María todos estaban en el ajo. Desde hacía años se veía con un mozo de almacén que era más joven que ella, aunque no mucho, y que vivía en la plazoleta, dos calles más arriba. No se sabía dónde se encontraban, porque él también estaba casado y tenía chiquillos. Una mujer muy fea, es verdad, pero tampoco él era un adonis. No logramos averiguar la historia completa, cómo se conocieron y todo eso. Las madres ocultaban las noticias y los detalles. Pero, pasados los años, después de que muchas de ellas quedaran viudas, otras separadas, y otras desengañadas, los amantes seguían juntos, seguían clandestinamente enamorados.
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