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La doble vida de Elizabeth Taylor: contar lo que se calla



La wikipedia no la incluye entre sus nacidos más famosos pero sí da el dato de que murió en Penn, donde resulta que también vivieron y murieron bastantes personajes importantes. Es un lugar paradisíaco, cerca de Londres, pero con todo el aire de la campiña inglesa, con una buena comunicación por ferrocarril, como es menester en cualquier parroquia que se precie. Allí tenía un negocio de confitería y chocolates Kendall Taylor, con quien se casó a los veinticuatro años y con quien tuvo sus dos hijos. Las pocas noticias que hay de ella hablan de su vida apacible, de su nulo interés por la ostentación pública o la fama, lo tranquilo que transcurría todo en esa familia, lo fácil y sencilla que era su existencia en ese lugar y con su familia. 

No voy a volver a comparar a las dos Elizabeth, la actriz y la escritora, súper famosa la primera, oculta la segunda. No. Esto va de Elizabeth Taylor, la que escribe, la que fue de soltera Dorothy Betty Coles y, como no le gustaba su nombre, se empeñó en que la llamaran Elizabeth y lo consiguió a los veinte años. Luego tomó el apellido de su marido al casarse y ya tenemos su nombre de guerra: Elizabeth Taylor. Con un par. Cierro, pues, toda alusión a Hollywood, a la gata sobre el tejado y a los ojos violeta. Voy a Reading, la ciudad en la que nació, en el año 1912, la que sería Elizabeth Taylor, la escritora. Y a Penn, donde vivió muchos años. 

Pero hay algo que no me encaja en todo esto y voy a intentar explicarlo: Durante quince años, estando ya casada, Elizabeth mantuvo correspondencia con un hombre desconocido. Se cruzaron miles de cartas en las que le cuenta todo, lo que hace, dice, piensa o escribe. A ella le gustaba escribir cartas y así se demuestra con su correspondencia con gente como Virginia Woolf, Kingsley Amis (de cuya esposa, Elizabeth Jane Howard era muy amiga) o Dorothy Parker, pero su modestia y discreción eran tales que pidió a sus familiares que destruyeran sus documentos personales cuando ella muriera. Algo así hizo Cassandra Austen con muchas cartas de su hermana Jane. De unas tres mil que escribió, dejó solo ciento sesenta, lo que quiere decir que nos privó de muchísimas confidencias, ideas, pensamientos, ironías y cotilleos en general. 

No sabemos qué destruyeron los deudos de Taylor pero sí que en la biografía que se publica en 2009 (una vez fallecido su marido, Kendall Taylor y ojo al dato), escrita por Nicole Bauman ("The Other Elizabeth Taylor"), se da noticia de esa extraña relación epistolar que le ocupó muchísimo tiempo y esfuerzo, a tenor del número de misivas. Quién era ese hombre, cómo lo conoció, qué relación tenían…todo eso pertenece al terreno de la privacidad y nos está vedado, pero la sola existencia de este vínculo, en alguien a quien se considera tan plana, sencilla, formal y hogareña, no deja de ser una rareza y un misterio. Cuánto me gustaría poder descifrar el enigma…

Sin embargo, si leemos sus libros con atención y reparamos en sus temas y en sus personajes quizá no debería extrañarnos tanto esta doble vida. La califico así porque está claro que su marido no conocía de la existencia de este otro hombre ya que, por eso mismo, la biógrafa no publica su libro hasta que el marido fallece. Pero no hay nada de planicie, sencillez, normalidad, rutina, en sus novelas. No son gente que vive la vida tranquilamente, a quienes no ocurre nada, que sobreviven sin más en un ambiente de confort y de amable vivencia. No. Nada de eso. Basta darse una vuelta por sus argumentos para darse cuenta de que la mirada de Taylor era muy especial, original, irónica y terrible. Una mirada heladora, fría, poco convencional, escrutadora, que da un poco de miedo, porque veía más allá y plasmaba eso mismo en sus novelas que no son nada simples, todo lo contrario. Si buscas amores, casamientos y buenas palabras, estos no son tus libros. Si buscas profundidad psicológica, vis cómica, penetración, escalofríos, gente que esconde algo, entonces sí. 



Reading está en la confluencia de los ríos Támesis y Kennet. La pequeña Dorothy Betty Coles no quería llamarse así. Y por insistir en ser “Elizabeth”, su nombre favorito, y por coincidir que su marido se llamaría “Taylor”, llegó un problema que le afectó severamente. Continuamente se aludía a compararla con la actriz o a añadir a su nombre lo de escritora. Aún hoy hay que recordarlo y corregirlo. Suena raro. Una pena. Hubiera sido Dorothy Taylor, o Betty Coles…y la cosa sería distinta. Reading está a sesenta y cuatro kilómetros de Londres y a cuarenta de Oxford. Es ahora mismo el centro de negocios más importante del sudeste de Inglaterra y en los primeros años del siglo XX ya apuntaba maneras. Allí nacieron también dos Kate famosas ahora mismo, Kate Middleton, Catalina de Cambridge, y Kate Winslet. De ellas habla la wikipedia, de Elizabeth Taylor no. 

El talento florece en cualquier parte y ella lo tenía. Sin embargo, su vida seguía el transcurso de un río sin meandros. Estudió en la Abbey School de Reading y luego fue institutriz y bibliotecaria. Después de su boda su ocupación principal era la de ama de casa. Sus hijos han confesado que no sabían cuándo su madre se dedicaba a escribir. Pero lo hacía. En 1945, cuando contaba treinta y tres años, publicó su primera novela. Su editor es un personaje curioso: el hombre que inspiró el personaje de Peter Pan a su autor, que se suicidó en 1960 dejándola huérfana de protección editorial. 

Ese primer libro se llama “At Mrs. Lippincote” y después de él, en 1946, llegó “La señorita Dashwood” que toma el apellido de la protagonista de las hermanas Elinor y Marianne de “Sentido y sensibilidad” de Jane Austen, una escritora que le era muy querida y con la que se la ha comparado aunque, en realidad, esta es una comparación recurrente. En 1947 publicó “Una vista del puerto”, en 1949 “A Vreath of Roses”, en 1951 “El juego del amor”, en 1953 “The Sleeping Beauty”, en 1954 “Hester Lilly”, colección de relatos, en 1957 “Angel”, una novela muy aplaudida, que fue llevada al cine pero que, sin embargo, a ella no le gustaba. En 1961 sale a la luz “En el verano” y en 1964 “Un alma cándida”. Tanto “Una vista del puerto” y “Un alma cándida” están publicadas en español por la editorial Gatopardo. 

Por su parte, Ático de los Libros ha publicado “El juego del amor” y “La señorita Dashwood”. Anagrama publicó “Angel”, la editorial Elba veinte de sus cuentos en el volumen “El orden equivocado y otros cuentos”, la editorial Bruguera “El hotel de Mrs. Palfrey”, en 1986, y La Bestia Equilátera “Prohibido morir aquí”. 

Estas son todas las obras de Elizabeth Taylor publicadas en español. 

No es un número pequeño por lo que todavía resuelta más extraño que, a pesar de ello, siga siendo prácticamente una desconocida y solo tenga presencia en círculos muy, muy lectores, y muy seguidores de la producción de las escritoras casi olvidadas del siglo XX. 


Los cuentos que Elba publica, en número de veinte, en 2019, son una parte de los sesenta y cinco que escribió, muchos de los cuales vieron la luz en la revista The New Yorker, sin la cual el panorama cuentista sería inevitablemente árido y desértico. Con ocasión de la publicación algunos medios culturales le dedicaron artículos. Ignacio Echevarría, en El Cultural del 29 de julio de 2019 habla de la “cultura de lo tácito”, mientras que Natalio Blanco, en Diario-16 del 14 de julio escribe sobre la “difícil cohabitación entre la autonomía creativa con las responsabilidades sociales de las mujeres”. Por su parte, Manuel Hidalgo, también en El Cultural, el 12 de septiembre del mismo año, menciona la “tristeza crepuscular” de su obra, así como su maestría en el arte de la elipsis narrativa. Por último, José María Guelbenzu, en Babelia, considera sus libros como una “lectura para privilegiados”, destacando la presencia de falsas apariencias tras las que se esconde un importante grado de sordidez y de vulgaridad incluso.

Aunque parece que hay una distancia sideral entre su vida y su obra, basta fijarse con detalle para ver que no es cierto. Por ejemplo en “Una vista del puerto” se habla de una relación adúltera de la protagonista. Es verdad que ella no llegó a tanto pero sí mantuvo esa extraña correspondencia con el hombre misterioso durante quince años y montones de cartas. Resulta difícil, por otro lado, describir con tanto detalle y tanto acierto determinados momentos del día, aspectos de la naturaleza,  ritos sociales y familiares, caracteres y psicologías como aparecen en sus libros sin que haya habido, además de una aguda observación, una cierta vivencia. En eso de la observación sí que se parece a Jane Austen y es en este sentido que las encuentro próximas. No en las clases sociales que muestran, porque la de Austen desapareció en la historia, pero sí en esa mirada aguda, ciertamente irónica, también ácida en ocasiones, que retrata la sociedad de su tiempo sin contemplaciones y sin parcialidades. Lo que es bastante difícil, por otro lado. No  hay tampoco moraleja en las novelas de Taylor como no las hay en las de Austen y la galería de tipos femeninos es mucho más interesante que la de los hombres, aunque Jane creara algunos personajes masculinos insuperables y casi a la altura de las damas. 


(Elizabeth Taylor en sus últimos años)


Comentarios

Unknown ha dicho que…
Gusto en saludarte! Tengo varios libros por leer de ella! Me encanta cómo plasma en sus personajes muchos sentimientos que podría hasta ser reflejo de su vida. No conocía la biografía que escribió la señora Nicola de Persephone books. Tú la leíste? Tendría ganas de leerla. Gracias por todos tus post. Son maravillosos.

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