Me llama la atención ese aspecto de pajarito elegante. Y la franqueza de la mirada. No aparenta tener dentro ese paisaje convulso de su propia personalidad, la que crea argumentos y personajes atormentados, difíciles; la que narra con pulcritud, atrevimiento y certeza, unas historias que no puedes dejar de leer.
Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) Ha cumplido ochenta y ocho años. Hasta hace poco enseñaba en Princeton. La vida escolar, el contacto con los jóvenes estudiantes, la ponía a cien. Hacía que su universo se contagiara de esa prisa cotidiana de un centro educativo. Al tiempo, escribía y escribe. Con una regularidad espartana. Con un trabajo de investigación previo que resulta envidiable. Planificación, búsqueda de fuentes, pistas, ciudades, personas, ideas. Todo ello se congela en sus ficheros hasta que lo utiliza en sus relatos y en sus novelas. Una tarea que ya está acostumbrada a realizar y que requiere concentración y discernimiento.
A sus alumnos Oates les enseñaba a ser críticos con su propia obra literaria. Un escritor que no tenga la suficiente capacidad como para entender si lo que escribe es bueno o malo, sería para ella un escritor a medias. Su perfeccionismo tiene que ver con la mirada que dirige a la vida: amplia, global, detallista, aunque parezcan conceptos contrapuestos. Es una curiosidad que no cesa la que hace que, cuando se mueve en cualquier ambiente, anote mentalmente y, a veces, físicamente, todo aquello que le interesa para ser utilizado en sus libros. Tanto la gente importante, como la gente cotidiana. La vida es, al fin, lo que une a todos, parece decirnos.
Te guste o no su literatura nadie puede negar que es una retratista certera de la vida norteamericana de los últimos cincuenta años. Como un hiperrealista, como un observador frío e imparcial, como un fotógrafo que utilice el color a su antojo, las obras de Oates quieren contarnos lo que ocurre y, sobre todo, lo que significan esos hechos que suelen conducir la vida de la gente. Su acercamiento entomológico no disgusta, porque detrás de él hay reflexión. No se trata de narrar únicamente. También surge la pregunta, la duda, la disquisición pausada, a veces la incógnita. En ocasiones, la discrepancia abierta. Su sociedad es una y forma parte de los miles de retratos que Norteamericana proporciona.
Su eterna candidatura al Nobel de Literatura es la prueba inequívoca de lo absurdos que son los premios. Algo constatado y que todo el mundo sensato ya sabe. No creo que le preste la mínima atención a eso, ocupada como está en vivir y en escribir, dos acciones que se revelan, para ella, interrelacionadas.
Cualquiera que haya leído a Joyce Carol Oates conoce su estilo. Directo, rápido, sin concesiones, abrupto, irresistible. Narra los hechos como si no pudiera dejar de contarnos un secreto. Disecciona los personajes abriendo puertas por las que nadie transita. Claridad y eficacia en el relato. Un talento único para resumir en pocas líneas lo que sucede, por muy complejo que sea. Y, sobre todo, su fraseo. Frases cortas, tajantes, como golpees en la mes, a veces con una o dos palabras, sin vuelta atrás, imposibles de rebatir, sonoras, decisivas. Es así como la escritura de Oates te envuelve y te hace partícipe de lo que está contando, aunque transcurra en un mundo geográfico muy lejano al tuyo o te cuente historias que nunca van a sucederte a ti. Incluso entonces, cierta clase de universalidad de emociones y sentimientos logra introducirse en tu pensamiento y, de esa forma, entiendes a los personajes y asimilas la trama. Es esa alusión directa a lo que todos los hombres compartimos lo que convierte a sus novelas en ejemplos claros de una humanidad tan terrible como generosa, tan compasiva como cruel.



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