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"Amar a Lawrence" de Catherine Millet


Antes de comenzar esta reseña os contaré algo personal: Como la lluvia sobre la tierra, así las palabras escritas por D. H. hace años llegaron a mí en el momento oportuno, mejor aún, en el tiempo debido y, por eso, perseguí sus libros y busqué conocerlo a pesar de que no era más que una adolescente que forraba sus libros con hojas de problemas de matemáticas para que nadie pudiera saber que estaba en ello. 

 Lo que hace Catherine Millet en este libro es contarnos cómo ella ve a D. H. Lawrence y, todavía más, cómo se enfrenta ella a las cuestiones que apasionaron al escritor. Es decir, este es un Lawrence visto por sus ojos y de qué manera. Si digo que sobran sus disquisiciones sobre su vida al hablar de los libros de él, entonces tendría que aclarar que sobra medio libro. Queremos atrapar a Lawrence y nos encontramos con Millet, omnipresente. Qué me importa tu vida, le decimos. Inútilmente. 

  Yo también leí todo lo de Lawrence y a una edad muy temprana. Por el contrario, Millet lo ha leído hace poco y de forma casual. Esto genera una enorme diferencia. No es lo mismo la lectura espontánea que la lectura "hecha de encargo". Ella tiene que aprehender lo que lee a marchas forzadas y, además, lo hace siempre poniendo en paralelo su propia vida. Cuando lo lees muy joven hay poca vida para comparar. Sin embargo, el poso que te dejan algunas lecturas es enorme y esto es lo que me ocurrió con Lawrence. Desconozco la razón por la que recuerdo pasajes enteros de sus obras y tengo tan vívidos sus personajes y sus tramas. También la naturaleza que describe, los paisajes, el campo, las minas, las oscuridades. 

  Hay tres planos en la historia que cuenta Millet: la obra de Lawrence y su vida, los sitios en los que estuvo, la propia vida de ella. Son tres planos que se superponen o se contraponen, depende. Por eso el libro está lleno de citas y de referencias, de alusiones a los personajes, de recuerdos a las personas que estuvieron en su vida. Es literatura, es vida, es pensamiento, es idea. 

   No tengo nada claro que este libro pueda entenderse sin haberse leído previamente la obra de Lawrence. Creo que no, que es imposible. Las alusiones son constantes y esa obra es el hilo conductor del ensayo, como resulta lógico. Al menos hay cuatro de sus novelas que debería conocer el lector: "Hijos y amantes" de 1913, "El arcoíris" de 1915, "Mujeres enamoradas" de 1920 y "El amante de Lady Chatterley", de 1928. Son las fundamentales, aunque se mencionan y se relacionan con aspectos de la vida y el pensamiento de Lawrence el resto de sus novelas, algunas nouvelles y otros relatos. 


(D. H. Lawrence en su juventud)

  Además de su lugar de nacimiento, Eastwood en Nottinghamshire, que determina en gran parte sus vivencias y su relación con el mundo, hay otros sitios en los que vivió y que tienen papel en su escritura, como Australia, Nuevo México, Italia o el sur de Francia. En realidad, es un escritor viajero, que nunca tuvo un despacho como tal, un escritorio, una biblioteca o una casa propia. Siempre eran casas alquiladas, mesas prestadas y lugares cambiantes. Esta es una  de sus características y Millet la pone de manifiesto. En este sentido tengo que reconocer que nada de lo que he leído me ha aportado un conocimiento o una reflexión nueva sobre él, pero sí me ha afirmado ideas que ya había pensado. Su relación con Nottingham se mantiene viva y la Universidad tiene páginas dedicadas a él, bustos, edificios y un centro de estudios. 

  Lo más extraordinario de todo lo que aquí se destaca es el ser exterior y el ser interior del hombre/escritor. Una dualidad que lo convierte en alguien inseguro, inmerso en situaciones que no desea, en sitios que no ama. Da la sensación de que es de esas personas que siempre están justamente donde no quieren estar o con quienes no quiere estar. Tiene razón Millet cuando dice que el personaje de Rupert Birkin, el inspector de educación que traba relación con Ursula Brangwen en "Mujeres enamoradas" es una especie de alter ego de Lawrence. También él se dedicó a la educación durante un tiempo y su madre fue maestra igual que Ursula. Birkin es un hombre huraño y seductor, que no tiene apego a las cosas materiales y que no quiere dejarse conducir por los demás, ni siquiera por la mujer a la que quiere. Ella siempre tiene la sensación de que él se escapa y eso no es algo extraño, sino, por el contrario, ocurre en la vida real con frecuencia. 

    Aunque hay personajes masculinos importantes en toda su escritura, como el propio Birkin, o Gerald Crich, de la misma obra, o el protagonista de "Hijos y amantes", Paul Morel, lo cierto es que son las mujeres las reinas de su prosa. Ellas, en distinto rol, de modo que son madres, amantes, novias, amigas, esposas, hermanas...Sus rasgos han sido tomados de la vida real y hasta tuvo la delicadeza, que no sentó nada bien a algunas, de hacerles llegar los manuscritos en los que aparecían antes de publicarlos. Esto pasó con Jessie Chambers, el primero de sus amores, y con una amiga especial a la que representó en el antipático papel de Hermione Roddice. Las mujeres que representa son distintas pero hay en ellas cierto elemento común, una especie de resentimiento contra los hombres, una carencia inicial que las incapacita para amar de verdad. Esto puede apreciarse en Constance Chatterley, en Ursula y Gudrun Brangwen, en Miriam, el amor de Paul Morel en "Hijos y amantes", y en la misma Hermione, que adora a Birkin y sabe que no puede tenerlo como ella quisiera. 



(Jessie Chambers, su amor platónico de los años jóvenes)

    En el trasfondo de su obra está el desequilibrio personal que él sufría. Ninguna neurosis clínica ni nada de eso, simplemente la desestructuración que para un niño inteligente y sensible suponía la alternancia de dos modelos de progenitores: su padre, un minero casi analfabeto; su madre, una sensible y protectora maestra. La convivencia entre ambos debió ser imposible y él se apegó a su madre de una manera enfermiza, lo que le hizo buscar una mujer parecida, autoritaria y sobreprotectora, la fría y hermética Frieda Veekley, casada con un profesor universitario y madre de tres hijos a los que abandonó por irse con él. Quizá aquí faltó el respeto al padre que podría haberle acercado a una figura masculina fuerte y sencilla, pero no ocurrió así. Nunca sabremos cuán diferente sería su vida entonces. Lo que parece claro es que era un extraño en el mundo de los intelectuales exquisitos en que llegó a moverse. Nada en su infancia ni en su familia podría predecir que cambiara la negrura de las minas por las páginas de un cuaderno. Pero fue su talento, la brillantez de su escritura y su precocidad los que decidieron por él su futuro. Podía haber sido también profesor, pero tampoco eso se avenía con su forma de mirar la vida: necesitaba moverse de un lado a otro y no convertirse en sedentario. 

    Al contrario de lo que ocurre con otros escritores, D. H. Lawrence ha sido objeto de numerosos estudios y Catherine Millet da cuenta de los más importantes. De los de Anthony Burgess, Anaïs Nin, Henry Miller o algunas de las mujeres de su vida, que dejaron por escrito lo que pensaban de él, quizá porque era un ser inasible. Burgess publicó en los años ochenta la biografía "La vida en llamas. Biografía de D. H. Lawrence". Henry Miller escribió "The World of Lawrence. A Passionate Appreciation" y Anaïs Nin "D. H. Lawrence. An Unprofessional Study". La propia Jessie Chambers, su amor de juventud, que quemó sus recuerdos, no dudó en publicar en 1935 sus impresiones acerca de su relación, larga, con él; su esposa, Frieda; algunas de sus amigas. También hay que considerar los estudios canónicos, los que hicieron Emile Delavenay, Catherine Carswell (1879-1946) y John Middleton Murry (1889-1957). Hay mucha bibliografía sobre Lawrence, muchos trabajos académicos y otros no tanto. 

    

(Libro publicado por Jessie Chambers sobre el escritor. 1935)


(Con su esposa Frieda, en Nuevo México)



(Al aire libre, su estado ideal, sin posar)


(Documento escolar de Lawrence)


(D. H. Lawrence en su madurez)

    Los grandes temas, las preocupaciones fundamentales que el escritor tiene en su vida y que traslada a su obra, aparecen identificados en el libro de Millet. El amor y el erotismo, la conciencia del yo, las relaciones personales, la conciencia social, la pobreza y la miseria que aplastan, el maquinismo que convierte los afectos en números, las madres y los padres, los hijos, los amantes, la naturaleza y su verdad, la vida y sus preguntas, la religiosidad, los principios, el deterioro de la vida y de lo existente...No es poca cosa para un escritor en eterno peregrinaje. En eterna búsqueda. De ahí, quizá, el que escriba una y otra vez las mismas obras, no que las revise, sino que las escriba de nuevo completamente, hasta varias versiones diferentes y con distinto título y con diferentes nombres. 

    Ella, Millet, confiesa que ha tardado en leer esa obra porque no sentía que era el momento. Eso sucede a veces con los libros. Una vez leído el primero de ellos, que, en su caso, fue "El amante de Lady Chatterley", entró a saco en todo el conjunto de su obra, poemas incluidos y también estudios biográficos o literarios. Pero Millet no puede evitar la tentación, que todos tenemos, de pensar en sí misma al tiempo que piensa en Lawrence. El motivo, por ejemplo, que tuvo ella para irse de su casa a los dieciocho años. Las razones que tuvo el escritor para marcharse, casi para huir, de su tierra y la pobreza de sus gentes. Millet recuerda con nitidez algunas escenas que se le han quedado en la retina y, es curioso, coinciden a veces con las que yo misma tengo grabadas, como la escena de la boda de Gerald Crich a la que asisten, entre los curiosos, las hermanas Brangwen ("Mujeres enamoradas"). Hay otra escena brillante en ese libro, el momento en que Rupert Birkin, el inspector de educación, visita el aula de Ursula y, juntos, contemplan los pistilos de las flores y los pétalos. Toda una forma de hablar de la sexualidad sin nombrarla. El sexo era una flor, para D. H. 

    Resulta intrigante la forma en que los personajes de Lawrence se corresponden con seres reales. Clara Dawes, la joven sufragista que se entrega a Paul Morel en "Hijos y amantes", era Alice Dax, una mujer separada de su marido y trabajadora de la estafeta de correos. Sus ideas nuevas, el sufragismo, la igualdad, la lleva a entregarse sin reservas al muchacho en el libro y en la realidad. No tenía los prejuicios de la mente cerrada y cubierta de niebla de Jessie Chambers, para quien todo lo que no fuera lo espiritual se tornaba en algo sucio. En la novela, Jessie es Miriam, y la señora Morel es Lidia Lawrence, la madre de D. H. "Dicho de otro modo, la sufragista es menos dominadora que la amiguita seria y la madre virtuosa". Este es un triángulo recurrente en la obra y en otros de sus libros. 

    Lawrence estudia a la mujer, mejor, la imagina, la inventa, la refiere, la capta. Sus mujeres de ficción demuestran ese punto de vista. En la vida real también fue un exiliado del mundo en que vivía, un mundo que parecía haberse echado encima sin poderlo evitar en absoluto. Así sienten los hombres de sus libros, asustados, perplejos, difíciles, ausentes. La industrialización ha matado lo más puro y esencial que tienen los humanos: la sexualidad libre, sincera e íntima. Por eso busca y busca, intentando encontrar un ápice de naturalidad y de belleza en las relaciones con los demás. No parece lograrlo y la naturaleza, su contemplación, su vista, fue un sustituto de tanta frustración. D. H. Lawrence parece un hombre infeliz y quizá lo fue. Los lectores de sus libros tienen, cada uno de ellos, una imagen de lo que cuenta y una vivencia especial de cómo recibieron esos libros. Para los adolescentes que nos acerquemos a él con cierta sorpresa sigue siendo una referencia inolvidable, una especie de icono de la vida más llena de paraísos perdidos. 

    Decía Vicky Martín Berrocal en una entrevista con Cristina Tárrega en Telemadrid hace unos años, entrevista que puede verse en Youtube: Soy una mujer, mujer, que quiere encontrar a un hombre, hombre. De eso hablan los libros de Lawrence, de mujeres de todas clases y de hombres, hombres, hombres. Solo los une el anhelo. No parece que sea poca cosa. 


(Las fotos de exterior de D. H. Lawrence siempre lo muestran con los ojos escondidos para defenderse del sol)

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
¡Maravilloso! ¡Gracias!
Miriam Cervino Rodríguez ha dicho que…
¡Maravilloso! ¡Gracias!

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