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Modelos de mujer


Generalizar no es científico. Eso nos dicen siempre. Pero resulta difícil escabullirse a la atención de clasificar, organizar, definir, ciertas características que pueden aplicarse a más de una persona. En el universo femenino de “Emma” hay personajes que podrían ser, en sí mismos, arquetipos, si es que creemos en ellos. Pero da la impresión de que a Jane Austen no le interesaba dejar establecidos tipologías sino contar historias en las que lo sustantivo es la gente. La gente, sus pensamientos, sus ideas, sus vidas.

Resulta muy atractivo adentrarse en las mujeres de “Emma”. Cada una de ellas aparece dibujada con nitidez, aunque, si apartamos de nuestra mente las imágenes que han surgido de las adaptaciones cinematográficas o de las series de televisión, tenemos serios problemas para formarnos una idea cabal de como eran si nos atenemos a los atributos físicos. Es maravilloso comprobar la importancia capital que la autora da a lo que conocemos como “forma de ser”, por delante, por supuesto, de otras consideraciones menos profundas.

Un ejemplo de ello es la descripción que hace de Harriet Smith, de quien sabemos que era “bonita” por las palabras de la propia Emma, aunque lo que la autora cuenta es mucho más especial y menos mundano: “Realmente Harriet no era lista, pero tenía una forma de ser dulce, dócil y agradecida; no era engreída en absoluto, y su preferencia por la buena compañía y su capacidad para apreciar todo lo que fuera elegante e inteligente, ponía de manifiesto que no carecía de gusto, a pesar de que no debía esperarse una inteligencia fina” Tan sutil definición de la escasa capacidad de Harriet, resaltando lo positivo que era el deseo de la chica de tratar con gente superior, solamente puede deberse a una mente inquisitiva y observadora.

La definición de Emma es, seguramente, la más concreta y práctica de todas: “Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnifica parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia...” Taxativo y claro, sin remilgos, exacto y sin posibilidad de error. Esto no quiere decir que Emma sea un personaje lineal, ni mucho menos, sino que Jane Austen inicia su novela dejando claro de quién habla y cuál es el punto de partida.

La naturaleza práctica de Austen así como, quizá, su fina ironía, quedan patentes en la forma en la que nos presenta a la futura señora Elton: “La encantadora Augusta Hawkins, además de la ventaja natural de sus virtudes y de su belleza perfecta, poseía una fortuna personal de esas que a tantas miles de libras siempre se les llama diez mil...” Para Emma, Augusta Elton “era lo suficientemente buena para el señor Elton, lo suficientemente culta para Highbury y lo suficientemente guapa como para resultar vulgar, lo más probable, al lado de Harriet”. Teniendo en cuenta los elementos de referencia no hace falta señalar que a Emma la tal señora Elton no le gustaba ni pizca.

En diversas ocasiones la descripción de los personajes no se realiza directamente a través de los ojos de la autora, sino de otro personaje cualquiera. Es la de Emma, desde luego, la mirada a la que más veces se recurre en estas lides. Así, con respecto a Jane Fairfax: “...era muy elegante, extraordinariamente elegante y lo que más valoraba Emma era la elegancia”. O “tenía la estatura perfecta, justo para que casi todo el mundo la considerara alta y nadie muy alta; su figura tenía una gracia especial y su tipo un muy atractivo equilibro, ni gruesa ni delgada...” Incluso, en el caso de Jane Fairfax, la descripción abarca aspectos físicos, tan raros de hallar en la novelística austeniana. “A sus ojos, de un gris profundo, con pestañas y cejas oscuras nunca se les había escatimado ningún elogio....”

Resulta interesante reflexionar el motivo por el cual en la novela la pormenorización del físico y del carácter de Jane Fairfax ocupa mucho más espacio y tiene más detalle del que se dedica a la
propia protagonista. Ello puede deberse a la atención prioritaria que Emma presta a Jane, debido al antagonismo inexplicable que siente hacia ella.

Es el narrador omnisciente de la novela el que hace el retrato de la hermana de Emma, Isabella: “La señora de John Knightley era una preciosa y elegante mujercita de modales suaves y serenos y que se entregaba a los demás con mucha amabilidad y afecto; no vivía más que para su familia: esposa devota, madre delicadísima, y tan tiernamente unida a su padre y a su hermana, que de no ser por esos vínculos más elevados, un amor más cálido hubiera sido imposible. Nunca podría admitir un solo fallo en ninguno de los dos. No era una mujer con muchas luces ni nada espabilada...era muy aprensiva y muy nerviosa....”

Fijémonos en el uso del diminutivo “mujercita” aplicado a Isabella y cómo ese uso no es baladí, pues se completa con la descripción de su escaso carácter y de su simpleza, aunque dicho con palabras suaves. De cualquier forma, el final de la descripción es definitivo y sin disimulos, no tenía luces ni era espabilada. Todo lo contrario que Emma, a quien nadie osaría llamar “mujercita”.

Hay en la novela un personaje femenino muy interesante pero que no aparece descrito de forma directa sino a través de las opiniones que de él tienen los diferentes actores del libro. Se trata de la señora Weston, de soltera señorita Taylor. La institutriz de Emma y de Isabella resulta ser una mujer colmada de virtudes, pero no resultan éstas pesadas ni fatuas, porque su actuación la preside siempre el sentido común y la sensatez, sin ser ni vanidosa ni creída. A lo largo del libro, la señora Weston ofrece diferentes perfiles, todos ellos positivos. Es la persona que cuida a Emma y a su hermana tras la muerte de su madre, ofreciéndoles cariño y seguridad. También es la que dirige su educación, incitándolas a la lectura, las bellas artes y todo aquello que formaba parte del adorno educativo de una joven de buena familia. Se convierte, llegado el momento, en consejera y, cuando Isabella abandona la casa tras su boda, llega a ser la mejor amiga de Emma, compartiendo paseos y confidencias. Su situación cambia cuando se casa con el señor Weston y es en ese momento precisamente cuando Emma y su padre se dan cuenta del valor que su amistad y su presencia en la casa tiene para ellos. La búsqueda de una sustituta en el papel de mejor amiga que lleva a Emma a tratar con Harriet Smith no tiene, como sabemos, los resultados apetecibles. Quizá porque señoritas Taylor solamente hay una. Su papel como consejera continúa tras su boda, ofreciendo a Emma los mejores consejos y la novela culmina con el nacimiento de su propia hija, anticipando que será, a tenor de las aptitudes de la señora Weston para la crianza, una muchacha excelente.

Un único error de apreciación comete a la hora de opinar sobre el entramado sentimental que rodea a Emma. Se produce cuando adjudica al señor Knighley un interés más allá de la amistad con respecto a Jane Fairfax. Pero, indudablemente este ardid de la trama sirve para que Emma se de cuenta de sus propios sentimientos hacia él o, al menos, que empiece a sospecharlos.

(Imagen, fotografía de Louise Dahl-Wolfe) (25-01-2020)

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