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Un amor de verano

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  /Niza. Costa Azul. Francia/ El verano es el tiempo del amor. Francia es el país del amor. El sur de Francia es el sitio del verano. El verano es amor, es Francia, es el sur. Hace años de aquello, pero conserva el olor de lo nuevo, el de las manzanas en el armario de buena madera; el del perfume en los albornoces blancos como si fueran de hotel de lujo; el de la mesa brillante y roja de la cocina; el de la quiche y el croque monsieur. No hubo nada preparado, todo surgió sin más, como sucede con las cosas auténticas llamadas a perdurar. La memoria distingue muy bien, con el paso de los años, lo que existió y lo que se inventó. Y aquí no hubo invención, aunque era un paraíso de artistas, un lugar en el que lo más fácil era tener un caballete bien dispuesto, pintura, pinceles e ideas para pintar. Era el pueblo en el que se habían inspirado otros antes que él, pero en ese verano él, Pierre, estaba allí, y tenía el cabello precioso atado en una coleta, una camisa blanca grande y a...

Todo es azul en Portimao

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 Ese horizonte se confunde con el mar. Y el agua del mar parece caer en la piscina. La gente parece absorta en sus cosas, las parejas se miran, al son de una música tenue bailan cuando cae la madrugada. Alguien te ofrece una copa y sonríes. Estáis esperando el milagro. O eso parece. Hay una especie de tiempo nuevo cuando llegas aquí, una prórroga de la vida cotidiana. Terminan los agobios y acaban las tareas. Todo se va en soñar y en sentarte en una de esas hamacas dispuestas hacia el agua. El agua es el gran milagro. Lo que no falta en Portimao.  La playa es otra cosa. Desde todos los tonos de azul se pasa a todos los tonos del verde. Las enormes piedra rocosas sombrean toda la costa del Algarve, también aquí, y la gente parece perderse, son diminutos muñecos en un horizonte más amplio. Las sombrillas lucen sus colores y las olas apenas rompen en una extensión mínima de tierra. No hay bajamar, todo es altura. Nuestros días en Portugal fueron esplendorosos. No sabíamos qué nos...

Ni siquiera los libros significan ya nada

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  /Mujer leyendo. Matisse/ Tengo mi biblioteca repartida en dos casas y hoy he hecho una mudanza de libros. El chico que ha desalojado dos estanterías de mi casa del campo y ha traído los libros en cajas a mi casa de la ciudad se ha quedado sorprendido de ver tantos libros. Ni yo misma pensaba que cabían tantos libros en una estantería. Los libros han llegado en cajas y he podido tocarlos poco porque, aunque vienen de estar acristalados, basta el polvo del viaje para que mis ojos empiecen a quejarse. Pero ya he sentido lo que no pensé sentir nunca con respecto a mis libros. Un desapego, una indiferencia. Me he puesto a pensar en mi biblioteca, amplísima, todos los libros que he ido atesorando durante mi vida, muchísimos, y de pronto he tenido la sensación cierta de que no me importaban, de que los libros están en mi cabeza, que leerlos es eso, que se te queden dentro, y si no se te quedan entonces es que no era para ti. Y he seguido pensando mientras caía el agua de la ducha sobre ...

Historias de paraguas

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  Pierre-Auguste Renoir   (1841-1919) Los paraguas , 1881-1886 Óleo sobre lienzo, 180,3 x 114,9 cm National Gallery, Londres Podría contar un montón de historias de paraguas. La del paraguas de rayas azul y blanco que llevaba en un autobús camino del trabajo y terminé regalando a una mujer que iba a mojarse de cabeza a pies con su pequeño hijo. Al final fui yo la que me mojé y la mujer la que me decepcionó: prometió devolvérmelo en el trabajo pero no lo hizo.  Hubo también un paraguas rojo y ese siempre lo llevaba con una trenka que tenía un forro interior de cuadros escoceses . Ese paraguas lo presté, cómo no, a una compañera y luego negó que se lo hubiera prestado. No la veía mucho pero, después de aquello, no quise volver a verla. Era ladrona y mentirosa. Hay gente así. En una ocasión me compré un bonito paraguas en tonos verdes , estampado, verde hoja oscura , con un aire precioso. Lo dejé sin estrenar, porque al final no llovió, en el asiento de uno de los cercaní...

Libros para leer en verano

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Verano, vacaciones, días libres, quizá playa o montaña, amigos, familia. Termina el colegio y tienes tiempo suficiente para aburrirte y para recibir a la gente que llega de fuera a pasar las vacaciones al pueblo. Esto sucedía en unos años de adolescencia en los que pasábamos muchas horas en el club, charlando, bailando y jugando al ping-pong. Relaciono siempre el verano con los días de paseo por la orilla, con un prudente sol y una hamaca con sombrilla amarilla. Las playas han sido muchas y todas están aparecen en mi biografía: Cortadura, La Barrosa, Camposoto, Cabo Roche, Valdelagrana, la Victoria. Echo de menos los días de sol y abrazos, los paseos y los ratos de ocio en el paseo marítimo. Echo de menos mi casa de Valdelagrana, su terraza, su cortina amarilla y aquella otra blanca que yo cosí, sus estores en el salón, sus sofás y su vitrina de cristal, su cocina decorada en azul celeste, sus platos blancos y azules, su cama grande con su colcha en tonos rosas, su peinadora con su...

Voyeurs

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(Este vestido de Edith Heath, vestido maravillosamente por Grace Kelly, ha pasado a la historia de la moda) Cualquiera que haya tenido alguna vez una pierna enyesada sabe lo que es eso. Yo he pasado en dos ocasiones por esa experiencia. La primera vez fue en diciembre y me dediqué a ver trescientas veces “Doce hombres sin piedad”, la segunda, en verano, y escribí, o casi, mi libro sobre Manolo Caracol. Las noches eran lo peor. Todo el mundo durmiendo y tú intentando aliviar el picor de la pierna con una aguja de hacer punto, ay.  El patio de vecinos, la casa de apartamentos, es un espacio estrecho, saturado, desde el que no se ve la calle, salvo un pequeño resquicio. La claustrofobia que genera su pequeñez se une al hecho de que el hombre está sentado en una silla porque no puede moverse a causa de su pierna. El hombre es un fotógrafo, tiene calor, suda, padece de picores en la pierna y su única arma, su distracción, es mirar a través del teleobjetivo de su cámara de f...

Fuera de temporada

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Esa condición efímera del amor que lo convierte en un sentimiento único, esa manera en que dos seres humanos se encuentran en un gigantesco mundo hostil que va a separarlos y que, sin embargo, conservan en algún lugar de sí mismos no solo el recuerdo, sino la exacta vivencia de lo que fueron juntos. Una infinita primavera que aún vive en mí, me dijo alguien hace poco recordando el tiempo en que creímos ser el centro de la vida y lo fuimos. Siempre que lo recuerdo me hace llorar. De eso trata esta película. De la cualidad del amor que lo hace impermeable al paso del tiempo, imbatible ante las dificultades de espacio y de oportunidad, único e irrepetible, doloroso y vivificador a la vez. Ellos dos tuvieron una historia y las historias de amor, cuando lo son de verdad, nunca se escriben en pasado. Este encuentro, fortuito y sin esperanzas, es la forma en que la vida devuelve algo de lo que quiso quitarte. Así que de eso va esta película. Me encanta el cine francés. 

Rizos y un mapa de España

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(Fotograma de "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee)  Es la música, en primer lugar, lo que hace de esta versión de Ang Lee del libro de Jane Austen "Sentido y Sensibilidad" una pequeña maravilla. Un tributo eficaz, diáfano, exacto, al genio de la escritora, a su creación de personajes y ambientes, a su estilo, a su ingenio e inteligencia. La música crea el tono especial que la distingue y, entre todos los libros de Austen, en los que la música siempre tiene un importante papel, es aquí donde expresa el dolor y la alegría con mayor lucidez. Lo mismo ocurre con los versos, las palabras, los poemas que se recitan, el consuelo de la lírica en los momentos difíciles. Shakespeare y sus sonetos que invitan al amor, aunque sea, como sabes, un amor aureolado de triste cobardía.  Entre todas las imágenes hay una evocadora, imposible de pasar por alto, una imagen en la que me detengo y en la que observo cosas que quizá otros no ven. Al fin nuestros ojos siempre vue...

En el calor de la noche

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  “Los negros mienten” parece pensar el jefe de policía de Sparta (Mississippi), el rudo y terco Bill Gillespie. No lleva un buen día. El asesinato de Colbert, poderoso industrial del norte, le ha contrariado. Tiene que solucionarlo de la forma más rápida posible. Y he aquí que su ayudante, el visceral Sam Wood, le trae la respuesta en bandeja. Ahí está Virgil Tibbs, negro, que estaba en la estación del tren durante la madrugada de este caluroso día de septiembre. Cómo un culpable de asesinato y robo (doscientos dólares exactos) se sienta luego a esperar tranquilamente que pase un tren es algo que excede de la inteligencia de Woods y del temperamento de Gillespie. He aquí un sospechoso y ya está.  Bueno. No tan rápido. El señor Tibbs, el negro de la estación, alto, guapo, bien vestido y muy sereno dadas las circunstancias, asegura que estaba esperando el tren de las cuatro y cinco que circula las madrugadas de los martes en dirección a Memphis, donde tiene a su madre. Y afirma...

Woody en París

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  Los que formamos la enorme legión de militantes en la fe Allen esperamos siempre con entusiasmo y expectación su última película, no la que termine con su carrera sino la que continúe con la misma. A ver qué dice, a ver qué pasa, a ver qué cuenta. Esperamos su narrativa y sus imágenes, creemos en sus intenciones y admiramos que vuelva a trabajar con profesionales tan magníficos como este Vittorio Storaro , director de fotografía, que dejó en la retina sus dorados memorables en otras de sus películas y que ahora plasma un París de ensueño. ¿Quién no querría recorrer este París? En el imaginario Allen tiene un papel esencial la suerte, la casualidad, aquello que surge sin esperarlo y que te cambia la vida. Él cree firmemente en eso y nosotros también. Shakespeare lo llamaría "el destino" y Jane Austen trataría de que la razón humana compensara las novelerías de la naturaleza. Allen también cree en la fuerza de la atracción y en la imposible lucha del ser humano contra sí ...

La mejor Agatha del cine

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  Resulta curioso que la mejor adaptación que se ha hecho nunca de una obra de Agatha Christie sea esta, " Testigo de cargo " y que las circunstancias sean tan especiales. Para empezar es un relato corto que, sin nada de florituras y yendo al grano, narra los hechos relacionados con un asesinato y un encubrimiento. En la novela no hay ese juego de abogado famoso y enfermera, ni tampoco ascensores interiores que suben y bajan, ni pastillas para controlar la ansiedad durante el juicio. Todo es mucho más directo, claro y sencillo. Sin embargo, la adaptación no solo conserva intacto el espíritu del libro sino que es una obra maestra del cine. ¿Por qué? El relato se publicó dentro de un conjunto de ellos en 1948 y la película se rodó en 1957, casi diez años después. Tres artistas rutilantes forman un triángulo increíble, algo fuera de lo normal en una obra aparentemente destinada a ser menor. Marlene Dietrich es la amante del acusado, la mala mujer, la que lo acusa primero y l...

Jonny Lee Miller es el señor Knightley

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  Resulta curioso que Jonny Lee Miller , cuyo bagaje principal es el de actor de películas de acción, diera tan bien en el personaje de Mr. Knightley en la miniserie de la BBC "Emma" de 2009, con Romola Garai en el papel de la protagonista. La miniserie estuvo muy cuidada en todos los aspectos, con un reparto admirable, una ambientación exquisita y un resultado que capta fielmente el espíritu de la novela de Austen . Dentro del conjunto de actores es destacable la química entre Romola Garai, una jovencita entonces de veintisiete años y su oponente, Miller, que tenía diez años más que ella, de modo que estaba muy bien ajustada la diferencia de edad entre la pareja tal y como la novela detalla.  No fue el primer Austen que interpretó Miller. En 1983 participó en " Mansfield Park " en el papel del hermano de Fanny, Charles, que era un destacado militar, de presencia episódica. En 1999 en otra versión de "Mansfield Park" hizo del protagonista masculino, Edmu...

El tiempo de vaciar los armarios

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  /Retrato de una joven dama, 1920. Archibald Gl Barnes, 1887-1972) Las redes sociales tienen muy mala prensa. No dudo de que sean dañinas en cierto modo, sobre todo si no se sabe cómo usarlas, si no gestionas mínimamente ciertas claves necesarias. He visto peleas absurdas, diatribas innecesarias, envidias puestas de manifiesto, robos descarados de ideas y de textos, engaños, un poco de todo. Lo bueno y lo malo de los seres humanos, como en la vida real. Porque son una parte de la vida real, inseparable ya de nosotros.  Sin embargo, hay ocasiones en que ejercen una influencia benéfica sobre nosotros. Pondré tan solo un par de ejemplos. Cuando quedé viuda no tuve ni consuelo ni consejo por parte de nadie. Puede resultar duro decirlo pero es así. Esporádicas visitas de algunos amigos, que cesaron rápidamente porque "ver y oír a un triste enfada" como dice el poeta; desinterés y horas de soledad. Ni familia, ni amigos dieron un paso adelante, ese empujón que necesitas. Ni para m...

Asombro y soledad

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  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Quieres hablar de él

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Esa etapa del duelo en la que los que te rodean quieren que pases página. Están deseando que dejes de llorar si es que lloras. Están deseando que salgas a la calle, que te peines, que vayas a la peluquería, que te cortes el pelo, que te pintes los labios. Te piden que te compres ropa, porque la de antes no te vale, has adelgazado sin darte cuenta. Quieren que te entretengas, que veas películas, que leas libros (no demasiado serios, eso sí), que entres en las redes sociales. Quieren que hagas ejercicio, que salgas a dar un paseo, que vayas al supermercado, que cocines, que ordenes los cajones de la ropa, que hagas cosas, mil cosas, cuántas más mejor.  No entienden el sosiego. No entienden el ir despacio. No te miran realmente. No sabes lo que sientes. No sabes que necesitas pararte, que no es malo llorar, que ojalá las lágrimas acudieran, que prefieres estar en tu casa, en tu rincón, que los libros no te suponen nada, que no los comprendes, que la música te sobra porque te entristec...