Ella creía que había libros para todo, libros para todos. Cada situación, cada momento de la vida, cada estado de ánimo, cada persona tenía un libro que podía hacer saltar el resorte necesario. Era una prerrogativa de los libros y la mayoría de ellos tenían ese don. Por eso y porque lo había comprobado en sí misma, decidió hacerse recetadora de libros, un título que puede parecer raro pero que, en realidad, muchas personas tienen sin saberlo siquiera. Sus amigos ya habían probado la eficacia de esas recetas. Una vez llegó Juan M. Venía con los ojos más tristes que ella había contemplado nunca de cerca. En el cine sí se ven esos ojos, pensó, sobre todo en el cine francés porque allí las historias de desengaño son muy frecuentes. Y los ojos de Juan M. eran la clara traducción del desengaño. Había estado siete años en pareja con una chica de su grupo de amigos. Ella lo había encandilado con una sonrisa espectacular y un cuerpo de modelo. Pero algo resonaba en el aire cu...
Desde 2009, leyendo y escribiendo El blog de Caty León