Ella creía que había libros para todo, libros para todos.
Cada situación, cada momento de la vida, cada estado de ánimo, cada persona tenía un libro que podía hacer saltar el resorte necesario. Era una prerrogativa de los libros y la mayoría de ellos tenían ese don. Por eso y porque lo había comprobado en sí misma, decidió hacerse recetadora de libros, un título que puede parecer raro pero que, en realidad, muchas personas tienen sin saberlo siquiera.
Sus amigos ya habían probado la eficacia de esas recetas. Una vez llegó Juan M. Venía con los ojos más tristes que ella había contemplado nunca de cerca. En el cine sí se ven esos ojos, pensó, sobre todo en el cine francés porque allí las historias de desengaño son muy frecuentes. Y los ojos de Juan M. eran la clara traducción del desengaño. Había estado siete años en pareja con una chica de su grupo de amigos. Ella lo había encandilado con una sonrisa espectacular y un cuerpo de modelo. Pero algo resonaba en el aire cuando estaban con los amigos y estos notaban cierta llamada de alarma, cierta rareza en el ambiente. No se fiaban de la chica pero a ver quién era capaz de decirlo a Juan. Después de todo no hizo falta. La chica le puso los cuernos y lo publicó en Instagram. Esto último fue lo peor. Puso a Juan como los trapos mientras se besaba con el pavo.
Ella le recomendó Persuasión. Estaba segura de que habría otra oportunidad y que sería la buena, porque Juan no puede estar solo y necesita compañía femenina para no sentirse perdido. Un coach le recomendaría acostumbrarse a la soledad y todo ese blablabla pero a ella le pareció más práctico insuflarle esperanza. Y eso era Persuasión. La esperanza de que hay otras oportunidades.
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