/Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/
La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel blanco, con ventanales blancos y una mirada total al mar azul, a ese Mediterráneo apabullante que aparece detrás de cualquier esquina. Pero en la casa de Pedro y Marie tuvimos ocasión de practicar el antiguo rito de la amistad, algo que tú dominabas tan bien y que yo empezaba a aprender. Una casa de paredes blancas y contraventanas azules, como el color de los lirios. Está en las fotos y está en mi memoria.
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