Portadas de Christian Bérard para Vogue
El verano lo revolucionaba todo. Los amores bullían. Había bailes, verbenas, reuniones en las casas de los amigos, excursiones a los pueblos cercanos y días de playa sin límite. Mi madre me hizo aquel verano cuatro vestidos. Estuve persiguiéndola varios meses hasta que los dejó terminados, colgados en mi armario, listos para ese brillo de los ojos en los quince años. Uno era malva y tenía una falda amplia, un escote amplio y unos tirantes a modo de trencitas. Había otro de rayas blancas y celestes, con un cuello halter de piqué blanco, parecía francés. Luego estaba uno de fondo blanco con unos cuadritos azules y un escote redondo. Y estaba el estampado en tonos naranja, con la manga japonesa y una tela que crujía al bailar. Mi madre y yo diseñábamos los vestidos, íbamos a por la tela y ella se sentaba a la máquina y yo la ayudaba haciendo dobladillos o sobrehilado. La única tarea que me gustaba de todas las de la casa era ir a la compra, pero aligerar mis vestidos era obligado. Tengo fijada en la cabeza mi imagen con esos vestidos. La feria de Guarromán, La discoteca al aire libre de Ronda. El viaje a Francia. Las escaleras de Barcelona. Hubiera sido influencer en este tiempo. De esas tontas que solo posan con la ropa y se ríen sin sentido. Lo habría clavado. No recuerdo cuál de esos vestidos llevaba cuando llegué al club, después de un día de playa, y lo vi a él bailando con una chica de las más tontas del barrio, en lugar de estar esperando mi llegada a la entrada, en la cantina. Le dije adiós interiormente y luego, los días siguientes, cuando lloraba con desesperación y me perseguía, no sentí nada de remordimiento, no sentí nada.
Comentarios