En los años de sequía literaria de Jane Austen, los que transcurren entre 1801 y 1809, surgió la idea de una novela de la que escribió los primeros cinco capítulos. En total, ochenta páginas. La cosa quedó ahí. Fue en el año 1804 si nos atenemos a las noticias dadas por sus familiares y, aunque no se perdió el manuscrito, sí quedó abandonado desde entonces. Ni siquiera tenía título. Fue en el año 1871 cuando apareció como un apéndice a las memorias sobre su tía que firmó el sobrino James Edward Austen-Leigh, hijo de James, el hermano mayor de la escritora. Él mismo le puso título y lo sacó a la luz tal y como estaba, añadiendo una explicación de lo que se suponía, y según afirmaba Cassandra, iba a ser el final.
El tema de la novela es el tradicional: chicas buscando un buen matrimonio. Pero, hay también una sociedad de la apariencia, una aristocracia sin valores, competencia entre las mismas hermanas para lograr el mejor pretendiente, insolidaridad y problemas familiares. Sin embargo, algo detuvo la mano escritora de Jane y la dejó de lado. Seguramente tuvo que ver en ese abandono la serie de muertes que padeció en estos años: Hastings, el hijo de Eliza; la señora Lefroy, su íntima amiga; su propio padre. Y después de esto, con el manuscrito sin acabar y sin revisar guardado en su caja de escritura, el peregrinaje de casa en casa, buscando acomodo, atendiendo a sobrinos y ayudando a cuñadas, sin tiempo para otra cosa. Sin ánimo. Sin esperanza de publicar. En crisis. Quizá en depresión.
Así hasta 1809, cuando su llegada a Chawton lo cambió todo. Pero nunca volvió a sacar el manuscrito abandonado y así siguió sin remedio. En 2011 se subastó por casi ochocientas mil libras esterlinas. Pero para Austen no tuvo el suficiente mérito como para acabarlo.
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