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Slim Aarons: la vida no es siempre una piscina

  El modelo de la vida feliz en los cincuenta y sesenta del siglo pasado bien podría ser una lujosa mansión con una maravillosa piscina de agua azul. En sus orillas, hombres y mujeres vestidos elegantemente, con colores alegres y facciones hermosas, charlan, ríen y toman una copa con aire sugestivo. Esto, después del horror de las dos guerras mundiales, bien valía la pena de ser fotografiado. Así lo hizo el fotógrafo Slim Aarons (1916-2006) un testigo directo y también un protagonista entusiasta, del modo de vida de las décadas centrales del siglo XX, en el que había una acuciante necesidad de pasar página, algo que ni la guerra fría consiguió enturbiar. Como si estuviera permanentemente rodando una película y un carismático Cary Grant fuera a aparecer para ennoblecer el ambiente.  Slim nació en una familia judía de Nueva York y tuvo una infancia desastrosa. No había felicidad sino desgracias y eso se le quedó muy grabado. Luego estuvo en la segunda guerra mundial y allí cubri...

Patios

  Más que otra cosa, tenía grabadas el tacto de las piedras y el olor de las plantas. Pasaba la mano por la rugosa superficie de la pared y quedaban huellas en los dedos y en la palma, testigos de una acción repetida, que le traía esa tranquilidad de saberse en medio de una naturaleza conmovedora. Y las plantas desprendían el acre olor del agua mezclada con la tierra y la clorofila a sus anchas y el viento que movía las hojas y las desprendía a veces. Todo el patio tenía ese aire decadente de una película italiana con pocas pretensiones. Y luego estaba el banco. Sentarse en él era ya una odisea, porque estaba quejumbroso, callado y a falta de una buena capa de pintura. Su color había cambiado con el tiempo, como cambia el peinado de las mujeres y la risa de los hombres. Todo estaba hecho a la medida humana y por eso, quizá, a ella le gustaba tanto estar allí, separada del resto, como en un paraíso imposible de restaurar, como una foto antigua que tuviera tanto significado como las ...

Lo había contado Shakespeare

  Creíste que lo tuyo era un caso nuevo, excepcional, diferente y único. Que a nadie más le había sucedido. Sin ánimo de spoiler, la traición. Tu mano derecha, la persona a la que has ayudado y comprendido, a la que has elevado, a la que has dado tu mayor confianza. Y, alrededor de él, otras personas a las que también ayudaste, comprendiste y elevaste. Y un día, cuando ya ni siquiera hacía falta porque el poder no te interesaba y porque ibas a dejar el cargo para otros, incluso para esa persona, entonces la traición. Nunca antes había comprendido que Shakespeare ya lo dijo antes. Shakespeare explicó cómo la traición se alimenta de deseos de poder, de envidia, de mentira y de simulación. Lo escribió con bellas palabras y con discursos importantes, pero la realidad es que, cuando eso sucede, y sucede, no hay discursos sino silencios. Sucios silencios de gente sin alma. Vosotros sabéis que yo lo sé. Estáis todos manchados, incluido el prócer local que se escondió porque en su balanza ...

Rocío

  Tiene la belleza veneciana de las mujeres de Eugene de Blaas y el aire cosmopolita de una chica de barrio. Cuando recorríamos las aulas de la universidad había siempre una chispa a punto de saltar que nos obligaba a reír y, a veces, también a llorar. Penas y alegrías suelen darse la mano en la juventud y las dos conocíamos su eco, su sabor, su sonido. Visitábamos las galerías de arte cuando había inauguración y canapés y conocíamos a los pintores por su estilo, como expertas en libros del laboratorio y como visitantes asiduas de una Roma desconocida. En esos años, todos los días parecían primavera y ella jugaba con el viento como una odalisca, como si no hubiera nada más que los juegos del amor que a las dos nos estaban cercando. La historia tenía significados que nadie más que nosotras conocía y también la poesía y la música. El flamenco era su santo y seña y fue el punto culminante de nuestro encuentro. Ella lo traía de familia y yo de vocación. Y ese aire no nos abandona desde...

“Anna Karénina“ de Lev N. Tolstói

Leí esta novela hace muchos años y no he vuelto a releerla completa. Solo fragmentos de vez en cuando, pasajes que me despiertan interés. Sin embargo, no he olvidado sus personajes, su trama, sus momentos cumbre, su trasfondo, su contexto, su sentido. Su espíritu. Es una obra que deja poso. Es una novela que no pasa nunca desapercibida y tiene como protagonista a una mujer poderosa y, a la vez, tan débil y desgraciada que te despierta sentimientos encontrados. Como le sucede a las otras dos grandes novelas del novecientos, Ana Ozores de La Regenta y Emma Bovary de Madame Bovary, no se trata de personas a las que haya que imitar ni admirar, porque más que otra cosa tienen grandes defectos, porque sus conductas no son nada ejemplares y porque parecen haber sido trazadas por sus mejores enemigos. Eso puede llamarse realismo. Con cierta dosis de exageración a pesar de que no se incida en este punto cuando se habla de ellos. Los hombres que las escribieron, Tolstói, Clarín y Flaubert, no da...

Novedades para un abril de libros

Días de libros sin rosas

Hubo un tiempo, creedme, en que yo era visible. Tenía incluso cierto status, un buen cargo, gente que me hacía la pelota continuamente y algunos que, me parece, sentían de verdad algún aprecio. También la legión de envidiosos, pero esa me ha acompañado siempre, son, en realidad, mis queridos envidiosos de toda la vida.  Tenía, sobre todo, una persona a mi lado con la que compartía el territorio salvaje de la vida, lo inexplorado y lo seguro. La persona murió y entonces yo me convertí en invisible. Nunca más he tenido esa luz que me adornaba cuando estaba segura de las cosas y no tenía más miedo del normal. Después de su muerte llegó la pandemia y todo se tiñó de un terror de película de catástrofes, un Aeropuerto de grandes dimensiones. Si él hubiera estado todo habría tenido un desenlace diferente pero a su ausencia se unió la incapacidad de reaccionar a un entorno hostil y desconocido. La invisibilidad ha pasado a ser mi santo y seña.  Hubo un tiempo, creedme, en que el Día ...

“Diario a los setenta“ de May Sarton

  A May Sarton la he conocido hace poco tiempo. Es de las últimas incorporaciones a mi fondo de armario de escritoras antes desconocidas y ahora admiradas. Creo que este es el tercer libro que leo de ella y para que conozcáis los otros aprovecho para enlazaros las entradas de mi blog Algo sobre ella y su vida Diario de una soledad Anhelo de raíces El tercer libro que leo de ella es Diario a los setenta. Los otros dos son también diarísticos y su estilo ya me resulta conocido. Y agradable. Es una escritura compleja en cierto modo y en otra forma también es sencilla. Digamos que describe lo sencillo y muestra lo difícil, obligándonos a hacer un ejercicio de introspección para calcular el alcance de las cosas. Lo mejor que tiene es su forma de observar, cómo ve lo que sucede a su alrededor y es capaz de calificarlo y darle su sitio exacto de una manera tan brutalmente certera. Me gusta esa serenidad que parece desprender y que quizá no sea exactamente eso sino una especie de aceptació...

“Llegamos por ti a Sevilla...“

  La suerte quiso que cuando decidí volar llegara a La Puebla del Río. Con mi título de maestra y muy pocos años, apenas experiencia y todo el día ocupado. La Puebla es el reino de la música, todas las músicas navegan por sus calles, se asoma a su río, que es el río de todos en Andalucía, traspasa el camino hacia Huelva por el Coto Doñana y, en suma, llega a ser sinfonía. Mis años en La Puebla me convirtieron en una eterna admiradora de su compás, su ritmo, sus cantes. Sueño con esos años y veo las calles de La Puebla, con el suelo lleno de jazmines y de ramas de olivo, con olores especiales que vuelven una y otra vez a mi imaginación, con miradas y sonrisas que nada borra. Las cosas que salen en tus sueños son las que permanecen en ti y por eso, de todos los lugares en los que he estado, siempre es La Puebla la que aparece, porque fue un paraíso, porque fue el paraíso y porque, aunque me fui, nunca me marché.  Irme a los cuatro años de llegar forma parte de mi permanente plan...

“El dilema de Neo“ de David Cerdá

  Mi padre nos enseñó la importancia de cumplir los compromisos adquiridos y mi madre a echar siempre una mirada irónica, humorística, a las circunstancias de la vida. Eran muy distintos. Sin embargo, supieron crear intuitivamente un universo cohesionado a la hora de educar a sus muchísimos hijos. Si alguno de nosotros no maneja bien esas enseñanzas no es culpa de ellos sino de la imperfección natural de los seres humanos. En ese universo había palabras fetiche. Una era la libertad, otra la bondad, otra la responsabilidad, otra la compasión, otra el honor. Lo he recordado leyendo El dilema de Neo.  A mí me gusta el arranque de este libro. Digamos, su leit motiv. Su preocupación porque seamos personas libres con todo lo que esa libertad conlleva. Buen juicio, una dosis de esperanza nada desdeñable, capacidad para construir nuestras vidas y una sana comunicación con el prójimo. Creo que la palabra “prójimo“ está antigua, devaluada, no se lleva. Pero es lo exacto, me parece. Y es...

Ripley

  La excepcional Patricia Highsmith firmó dos novelas míticas para la historia del cine, El talento de Mr. Ripley y El juego de Ripley. No podía imaginar, o sí porque era persona intuitiva, que darían tanto juego en la pantalla. Porque creó un personaje de diez y una trama que sustenta cualquier estructura. De modo que, prestos a ello, los directores de cine le han sacado provecho. Hasta cuatro versiones hay para el cine y una serie, que es de la que hablo aquí, para poner delante de nuestros ojos a un personaje poliédrico, ambiguo, extraño y, a la vez, extraordinariamente atractivo. Tom Ripley .  Andrew Scott es el último Ripley y no tiene nada que envidiarle a los anteriores, muy al contrario, está por encima de todos ellos. Ninguno  ha sabido darle ese tono entre desvalido y canalla que tiene aquí, en la serie de Netflix . Ya sé que decir serie de Netflix tiene anatema para muchos, pero hay que sacudirse los esquemas y dejarse de tonterías. Esta serie hay que verla p...

Oh, esa chica

  /Chica americana en Italia. Ruth Orkin/ Una vez saqué un billete de tren de esos que van a todos los lugares y me subí en mi estación amiga, la de al lado de casa, aquella a la que solía ir cuando esperaba a alguien o cuando no esperaba, y me marché en busca de alguna aventura que levantara el tedio del verano, un verano muy metido en levante, un verano que obligó a que la Virgen del Carmen se quedara en el puerto y no pudiera cruzar los fiordos atlánticos de los azules esteros que rodeaban mi casa.  Saqué un billete de tren y era la primera vez que iba a viajar sola, sin primas, sin amigas, sin familiares y sin chico. Esperaba que todos me dejaran tranquila y que el chico, uno nuevo, apareciera en cualquier recodo, cafetería, autobús o parque. Entonces yo era muy de parques, muy de andar, muy de subir y bajar escaleras, muy de escalar el mundo en tren o en autobús. Y muy de iglesias. Entraba en las iglesias a descansar, a dejarme llevar por su silencio, por su especial atmó...

Extranjera

  Nina Leen, Roof Sunlamps, Senator Hotel, Atlantic City, 1948. © Time Inc. Un día descubres que estás fuera de todo para siempre y que eso no es una circunstancia, sino una manera de estar, de ser, de vivir. No puedes evitarlo, no es mérito alguno, no depende siquiera de ti. Es, más bien, algo que va contigo, que no tienes intención de sacudirte porque sería inútil completamente. Y hay momentos en que pensaste que esa extranjería vital era cosa de la niñez, de la adolescencia, de la juventud. Que la madurez lograría situarte dentro de esa esfera que es la vida tal y como los demás la disfrutan, la conciben, la muestran. Pensaste en que la próxima vez las cosas irían mejor. Que en tu nuevo destino, en tu nueva situación, en ese nuevo lugar, todo sería distinto. Que algo sea distinto es un objetivo que no puedes dejar de lado. Pero recuerdas, una y otra vez, las frases del Buscón, y las tienes a mano para ilustrarte, para abrirte los ojos: "Y fuéme peor, porque no muda de condición...

Una moda de cine

Bette Davis, lejos del blanco y negro de las pantallas, con una gama de colores inusual en ella y que está de última moda ahora mismo. Los flúor. La combinación de naranja y verde sigue siendo atrevida pero ella sabía usarla como nadie. Es un milagro que, no siendo una belleza al uso, tuviera la facultad de destacar y realzar todo lo que llevaba. Recuerdo el vestido negro de la fiesta de "Eva al desnudo", con los hombros al aire y la falda de anchísimas capas.  Me resulta imposible que los modistas no conozcan una de las principales referencias de la moda universal. Y mucho peor que quienes pretenden serlo sean analfabetos en la materia. Como los aprendices de "Maestros de la Costura" que, no solo desconocen cómo se toman las medidas o la aplicación de los distintos tejidos, sino que andan en blanco de cultura general, de cultura de la moda y de cultura sin adjetivos. Un horror. Sin la moda de cine la historia del vestido no sería la misma. Los diseñadores d...

Partes de guerra

  La familia de Jane Austen estuvo íntimamente ligada a los conflictos navales que mantuvo Inglaterra con el reino de España durante el siglo XVIII. Concretamente, sabemos que Frank Austen, que alcanzaría el título de sir y el grado militar de almirante, participó en el bloqueo de Cádiz, operación militar que comprendía el cerco, bombardeo y combate anfibio en torno a la ciudad y que duró dos años, desde el 2 de abril de 1797 al 13 de mayo de 1799. Aunque se ha dicho que la escritora no sentía interés alguno por los acontecimientos políticos, sociales y militares que estaban sucediendo, ello no puede tener visos de verosimilitud habida cuenta de que, como sucedía a tantas familias, los suyos estaban implicados de algún modo. Sus hermanos Frank y Charles eran marinos. Charles estuvo muchos años embarcado llevando a su familia con él, de modo que su esposa y una de sus hijas murieron en alta mar. En los meses en que el bloqueo de Cádiz se estaba iniciando, con una flota inglesa al ma...