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“El dilema de Neo“ de David Cerdá


 

Mi padre nos enseñó la importancia de cumplir los compromisos adquiridos y mi madre a echar siempre una mirada irónica, humorística, a las circunstancias de la vida. Eran muy distintos. Sin embargo, supieron crear intuitivamente un universo cohesionado a la hora de educar a sus muchísimos hijos. Si alguno de nosotros no maneja bien esas enseñanzas no es culpa de ellos sino de la imperfección natural de los seres humanos. En ese universo había palabras fetiche. Una era la libertad, otra la bondad, otra la responsabilidad, otra la compasión, otra el honor. Lo he recordado leyendo El dilema de Neo. 

A mí me gusta el arranque de este libro. Digamos, su leit motiv. Su preocupación porque seamos personas libres con todo lo que esa libertad conlleva. Buen juicio, una dosis de esperanza nada desdeñable, capacidad para construir nuestras vidas y una sana comunicación con el prójimo. Creo que la palabra “prójimo“ está antigua, devaluada, no se lleva. Pero es lo exacto, me parece. Y es importante ser exactos, usar la palabra adecuada y que esta corresponda a lo que se quiere expresar. David Cerdá cuida mucho esos detalles. Procura que entendamos desde el principio el proceso mental que le ha llevado primero a investigar y luego a escribir este libro. 

Si no has visto “Matrix“ como es mi caso y ni siquiera habías oído hablar de Neo, quizá tengas que pararte para contextualizar el tema. Los youtubers han puesto de moda la palabra “contexto“. La usan a menudo para que sus seguidores entiendan de qué va la cosa y esto lo hacen hasta los de salseo. El lore, el argumento, el asunto, no se comprende si no se precede de ese contexto aclaratorio. En realidad, aunque los youtubers no lo saben, porque la mayoría de ellos no caen en esas minucias, su método de trabajo tiene ciencia, tiene estructura. Lo que se hace en este libro es utilizar algunas disciplinas para apuntalar las ideas que quiere transmitir el autor. Lo dice él mismo, ciencia, filosofía, arte, para tratar de ponernos en situación de entender que “la pandemia relativista“ no conduce a los grandes objetivos del ser humano, esto es, la verdad, la lucidez, la felicidad, el amor. 

Seguramente, por su condición confesa de austeniano en ejercicio, Cerdá sabe que para la autora inglesa había dos ejes de la creación que son los que la sustentan. La Imaginación y la Verdad. Como ella, usaré las mayúsculas a modo de resalte, no objetivamente, sino al albur de lo que vaya mostrando en esta reseña que no pretende convencer para que el Libro se lea, sino mostrar, con la mayor sencillez, el camino seguido por mí en su lectura. Esto, que es el ejemplo, me parece mil veces más positivo que el elogio frío e invertebrado que suele confundirse con una crónica. Si yo, al leer este libro, he sentido y pensado cosas que son útiles en ese proceso de construcción que todos los individuos llevamos a cabo en cada instante de nuestras vidas, entonces puede haber muchas personas que entren también en esta senda y por tanto será una lectura no solo útil sino con vocación de continuidad. Miguel Ángel Zabalza hablaba siempre de que los procesos de Aprendizaje han de ser «continuos« y no «contiguos« y desde que escuché la forma en que él razonaba esta idea me convencí de que esa continuidad tiene muchas más aplicaciones de las que en un principio pensé. 

David Cerdá defiende aquí que la verdad existe. Y que no es “mi verdad“ sino “la Verdad“. De la “mi verdad“ oímos hablar a menudo. Como si fuera una inconmovible roca la gente defiende que eso que siente es verdadero porque lo siente y nada puede rebatir esa idea porque sin razonamiento todo es irrebatible. En las revistas del corazón, en los realitys, en la televisión antes rosa y ahora de color indescifrable, los personajes aluden a su verdad como un universo incontestable y científico. Pero no. La Verdad es otra cosa. Claro que entonces nos tenemos que someter a una actividad de indagación que nos permita acercarnos lo más posible a la realidad y no detenernos en las simples e inobjetivas “realidades“. La verdad exige esfuerzo, viene a decir, no se regala ni se detiene a nuestro paso, más bien se muestra esquiva y hay que profundizar para lograr un acercamiento siquiera sea mediano a este concepto. Lo expresaba Shakespeare a su modo. El personaje tiene una lectura de la realidad que puede estar o no en consonancia con la misma y de esa manera será tanto más fiable a nuestros ojos cuanto más pueda asemejarse a lo que entendemos como cierto, verdadero o real, usando así la misma palabra que queremos convertir en sinónimo de la propia verdad. 

Es muy difícil no obstante un planteamiento vital que, lejos de aprovechar los atajos que se ofrecen a nuestro paso, se empeña en fortalecer una línea de pensamiento y, por ello mismo y a posteriori, de actuación que no se asome al espejo de los otros ni al despeñadero de lo Falso. La falsedad se opone a la verdad, tanto como lo virtual lo hace con la realidad. Si esto lo contamos, como hace Cerdá, en una época tan revestida del oropel de lo tecnológico, que ha convertido la duda en un objeto inservible y construye las certezas a partir de suposiciones unánimes, entonces el libro abre una puerta por la que, si transitas, puedes terminar encontrando aspectos de ti mismo y de tu contacto con el mundo que no esperabas y que te van a resultar incluso incómodos. Es mucho más bonito, más sencillo, más masticable, dejarse llevar por ese escaparate de frases hechas, de aseveraciones tópicas, de lindas muestras digeribles de un pensamiento hecho para ser degustado con rapidez y sin que nos suponga quebraderos de cabeza, que pararse siquiera sea un momento a pensar, con todos los elementos que el pensamiento contiene, sobre la verdad o la falsedad de eso que estamos viendo, de eso que nos están mostrando, de eso que parece ser el único lenguaje posible, la única y verdadera fe. 

Además, el autor nos pone en la situación de tener que integrar en esa búsqueda consciente de una acción buena, verdadera, justa y adecuada, toda una serie de emociones y sentimientos que no surgen solo del interior sino que son respuesta a estímulos externos que tienen la extraña condición de referentes. En otras ocasiones ha hablado ya del papel central y motivador que juegan la cultura, el arte, la creación humana en suma, para azuzar nuestra visión del mundo y para completar el juego de cartas que repartimos a la hora elegir qué clase de vida queremos tener. Si optamos por una vida en consonancia con lo que la realidad muestra, hay un elemento de la misma que tiene la ligereza de una pluma pero que pesa lo suficiente como para influir en nuestro grado de felicidad y de bienestar, tal y como lo hace una buena comida, una divertida conversación o un encuentro agradable. El Arte, la cultura, en todas sus manifestaciones, la pintura, la arquitectura, la escultura, la música, la danza, el cine, el teatro, la literatura, todo aquello que trasciende del ser humano en cuanto a que se eleva sobre su yo más sencillo y logra convertirse en un artefacto de inusual potencia para encumbrarnos con permanente Vocación de estímulo y de salvación. A ello se refiere Cerdá y entonces, además de la dicotomía realidad versus virtualidad, tenemos un número clave de aditamentos que condicionan de algún modo esa verdad que percibimos y, sobre todo, actúan como adornos eficaces de una forma de vida conducida por el buen razonar y la buena conducta. 

No siempre pensamos lo mismo de las mismas cosas. No siempre nuestras dudas se inscriben en lo que se supone debe ser el estadio vital en el que nos hallamos. Así la evolución del ser humano va pareja al cambio social porque esas dos vertientes, individualidad y grupo, tienen mucho que interactuar entre sí, mucho que preguntarse, mucho que contestar. El hombre es tanto un ser social como un individuo arisco y lleno de problemas en sí mismo. La confianza que se manifiesta en que un individuo cualquiera puede convertirse en un ciudadano que contribuya a la grandeza del lugar en que habita, se llame mundo o se llame como se llame, solo puede obedecer al salvífico poder de su propia formación y a la influencia que ejercen sobre cada uno de nosotros todos esos estímulos que hemos citado antes. Sin embargo, no es un trabajo cerrado, al contrario, se hace y se rehace continuamente. Las mismas preguntas han atormentado a los hombres desde que el mundo es mundo, se repiten en obras literarias, se vuelven a repetir en toda clase de muestras de la creación artística y así las respuestas nunca serán eternas ni servirán a todos. Pero cada cual, parece decirnos el autor de este extraño libro, está en disposición de responderse si aparta del camino los estorbos, las distracciones, las mentiras camufladas, las abiertas mentiras. Disponer de pensamiento propio no debe ser un lujo sino que es la consecuencia de nuestra propia esencia, de nuestro ser en nosotros mismos. 

Dentro de unos años David Cerdá volverá a escribir sobre esto y contará cosas que aquí aún no aparecen, que aquí no han sido dichas. Y no es que la verdad se transforme sino que se preguntará por otras verdades que aún no han arañado su conciencia. Mientras tanto, bien vale hacer este viaje, que no otra cosa es un libro y más un libro como este. Puede que contenga algunas respuestas bien formuladas y casi exactas. Lo que es seguro es que en él hay muchas preguntas. No todas las preguntas, pero sí algunas de las que tú mismo, y yo, nos hacemos cuando descorremos las cortinas y devolvemos la luz a la penumbra de lo fácil. 

El dilema de Neo. Cuánta verdad hay en nuestras vidas. 
Pensamiento Actual. Editorial Rialp. 2024.  


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