Alguien me pregunta sobre la pureza (supuesta) del flamenco, al hilo del aniversario de la publicación de "Alegato contra la pureza" del poeta Ortiz Nuevo, treinta años desde aquel 1996, aunque se reeditó con prólogo añadido de Montse Madridejos en 2020.
A José Luis Ortiz Nuevo, polifacético personaje que abarca muchos campos y todos los transita a su modo, lo conozco hace años y en alguna ocasión he coincidido con él en mesas redondas o en encuentros de nuestra revista "Sevilla Flamenca", o en una tertulia de tarde en la casa de Paco Cabrera, en Los Palacios. Sea como fuere, siempre le he guardado ley, porque es un heterodoxo inteligente y ambas cosas me gustan. Tiene hecho, además, un rastreo por la prensa de enorme valor, que he consultado muchas veces. También inventa cosas, iniciativas que son utópicas y que no se llevan a cabo pero, en todo caso, tiene ideas propias, lo que no es fácil encontrar en este mundo estereotipado del flamenco.
Desde hace mucho circulo a mi aire en este mundo y, aunque empecé en él hace muchos años, siempre me he considerado una outsider, quizá porque no comulgo con las ideas preponderantes, no me gustan los grupos organizados y no valgo para andar detrás de los contactos. Sigo estando donde estaba, es decir, en el anonimato, a pesar de los cientos de artículos escritos, de los libros publicados y de que he rechazado (culpa mía) muchos eventos de esos que dan lustre. Pero no llevo la cuenta de nada.
Eso de la pureza en el flamenco siempre me ha parecido una cosa ilógica, propia de quienes no han dado dos vueltas a la idea y se han agarrado al pensamiento único y al tópico. Nadie podría decir que es puro un arte que se ha ido decantando durante siglos con la aportación de pueblos, sones, ecos, aires, músicas, letras, artistas, aficionados, géneros, hasta llegar a lo de hoy. Y que seguirá así, mudando a cada paso, si la normal evolución se sigue produciendo. El mestizaje en el flamenco tiene su significado máximo en la intersección con las Américas y esto, para nosotros los de Cádiz, es como decir que vamos al quiosco de la esquina.
(Foto: J. A. Sánchez. Caty en Chipiona)
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