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El desasosiego



Es posible que la tormenta haya activado algo que hasta ahora no tenía claro el resorte. Una especie de lucha inmensa e  interior, de meteorito salvaje que estalla. Una llamada íntima, un desasosiego que nada tiene que ver con el nerviosismo de los quehaceres, ni de las búsquedas. Es una emoción basada en la rabia, en la ira, en la sensación de injusticia, en la impotencia de la pérdida, en la evidencia de que las salidas están cerradas y alguien ha tirado las llaves al mar. Por eso, porque la tarde ha caído entre rayos y truenos; porque el agua tan deseada no ha llegado y eso hace el día más oscuro y tétrico; porque si cae la noche y no he sido capaz de hallar alguna respuesta; por eso, por todo eso y por algunas cuestiones más que no puedo explicar, es por lo que me siento aquí, en esta esquina del salón que podría llamar mi reino, y deambulo con la cabeza por los hechos del día y de los días pasados, para hallar alguna explicación que me convenza o que, al menos, no me lleve a más preguntas. No puedo pasarme la vida sin respuestas y añadiendo interrogaciones al paso de los días. Son muchos días ya y muchas noches, las últimas con la infalible sensación de derrota que te causa el volver la vista atrás y no explicarte las razones de por qué estás aquí y no en otra parte o, al menos, de otra forma.  



La lluvia hubiera limpiado la atmósfera. Quién sabe si, al hacerlo, no se habría llevado también un poco de esta rabia condensada, una rabia semejante al del hombre que en el cine busca venganza, busca encontrar al chivo expiatorio que cargue con su decepción, al culpable de alguna muerte, al que engañó y falsificó y escupió sobre la vida de los allegados. La venganza es el momento cumbre del encerrado en la isla de If y cuando Montecristo aparece, lleno de hermosos ropajes, acompañado de cientos de criados oscuros y rodeado de oro, plata y piedras preciosas, entonces sí que quiero estar de su lado y contemplar cómo los enemigos van cayendo uno a uno. Esto es rabia y venganza y sé que lo siento ahora como desde hace tiempo. Porque no se puede vivir sin reconocer eso que, en tu interior, te lleva a llorar tanto como a gritar contra los que son y los que fueron. Cae la lluvia, por fin, y quieres remansar la curva de la tarde, quieres que el viento sur se lleve las palabras gruesas y quieres que se callen los que llevan dos días celebrando la victoria de su equipo sin tener en cuenta que sus cánticos, cansinos y repetidos todo el tiempo, nos hartan y nos hastían a los que no tenemos equipo, ni victoria. Nada que celebrar. Ninguna cosa. Montecristo termina cansado, el hombre de la película de venganza recoge su mochila y se marcha solitario y los absurdos celebrantes de una victoria efímera e inesperada se marchan con la lluvia que así, de ese modo taxativo y sin preguntarle a nadie su opinión, cierra la discusión definitivamente: hoy aquí ha terminado la fiesta. Cerrado por diluvio. 



Fotografías de Saul Leiter. 

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