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Cuestión de confidencias


Podría escribirse una historia del sentimiento amoroso a través de las cartas. La relación epistolar ha construido relaciones y las ha destrozado. Ha cerrado capítulos y ha mantenido la ilusión cuando la distancia se ha convertido en eje. Ahora, en nuestros días, esa distancia no tiene que ser física. Aposentados cada uno de nosotros delante del ordenador, en cualquier momento sale al aire de la Red un mensaje de correo electrónico (encantador anacronismo del tú a tú que está a punto de ser declarado especie a extinguir) y, por qué no, el aviso en forma de tuit o el intrigante post de Facebook, que se dirige al mundo aunque a ti se dirige. 

Descifrar los mensajes, las entradas, los post, las canciones o los enlaces, es un deporte actual que requiere perspicacia, conocimiento y tiempo. Ahora el tiempo nos sobra y por eso hemos inventado el verbo procrastinar. Yo procrastino, tú procrastinas y todos procrastinamos en alegre compaña. Debería haberse imaginado un vocablo más fácil para una actividad tan cotidiana. Pero, seguramente, cuando se creó en ese proceso misterioso del lenguaje, nadie podía suponer que la era de Internet iba a ser, también y como consecuencia, la era de la procrastinación. Nada de predestinación ni de prostitución, acabemos.


He aquí que en “Orgullo y Prejuicio”, escrita en 1795 y publicada veinte años después, las cartas juegan un papel esencial. Son la manera en la que los personajes se afirman, se rebelan y se niegan a perder. A punto de que el mundo se derrumbe, mientras en “Casablanca” alguien de manos negras tocaba una canción al piano, aquí, en las serenas llanuras de Longsbourn o en las agrestes colinas del Derbyshire, son las cartas el ungüento que limpia las heridas y que fortalece los sentimientos. Nadie se resigna, he ahí la cuestión. Sin dramatismos, con apenas unas lágrimas y con mucha perseverancia, algunas cartas son definitivas. Veamos. 

El señor Collins dirige una carta al señor Bennet para anunciarle su visita. El jolgorio de su lectura solo es comparable a los ratos de comicidad que esa visita trae al devenir cotidiano de la familia. No solo Collins es un tipo estrambótico, sino que sus relatos podrían ocupar varios tomos dedicados a la gente más absurda. La absurdez es el signo de esa carta y la manera en que Austen nos presenta a los personajes divididos en dos hemisferios: el de los ingeniosos y el de los obstrusos. 


Después de la desgraciada manera con la que Darcy declara a Elizabeth su amor, más o menos como si haberse enamorado de ella fuera una condena divina que tuviera que arrastrar por los siglos de los siglos y tras el correspondiente rechazo que un acto tan presuntuoso bien merecía, he aquí que él se revuelve contra la negativa de la manera más elegante posible: abriendo su corazón en una carta. Es una carta de aclaraciones, llena de dignidad pero que intenta hacer toc-toc en la puerta cerrada de Elizabeth. Y lo consigue, como ya sabemos. 

Casi al final del libro ella se entera de que Darcy ha estado presente en la boda de su frívola hermana Lydia con el vividor Wickham. La extrañeza que siente la lleva a inquirir de inmediato a su tía, la señora Gardiner, sobre tal hecho. ¿Qué hacía Darcy actuando de padrino del hombre al que probablemente más detesta? He aquí que la respuesta a su zozobra abre, por fin, la explicación más clara acerca de las cosas. Tanto él se ha ocupado de evitarle preocupaciones, que no puede sino indicar un amor ya incondicional, como deben serlo, si es posible, los amores que se precien de tales. 


El corazón se convierte en tintero, desmenuza el interior y lo muestra a los ojos de la otra persona, que recibe la confidencia como si fuera un regalo. Y, al fin, eso es lo que es. Un hermoso regalo que atraviesa el territorio de la emoción y crea un lazo único cuando el emisor y el receptor hablan el mismo lenguaje. 

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