Mi Rosebud, mi paraíso inalcanzable,
existe. Es una salina, un espacio húmedo y cuajado de caminos de tierra y de
agua salada, junto a la que se halla un fuerte casi destruido, recuerdo de la
época de Napoleón que, en los lugares de mi infancia, dejó una huella muy
profunda. Es el uno de enero de cualquier año y hace frío, aunque el sol está
brillando en las primeras horas de la tarde. Allí estamos todos los hermanos
con mi padre, porque ese es el único día del año en el que mi padre no
trabajaba; el resto, todos los días, festivos, lluviosos, azotados por el
calor, por la mañana, la tarde y la noche, mi padre trabajaba para que todos
nosotros, sus nueve hijos, tuviéramos casa, comida, ropa, colegios y libros. En
la salina el aire es muy denso y huele a verdín, a mar azulado y trepidante, a
merienda recién preparada. Mi padre es delgado y de mediana estatura, con un
fino bigote muy cuidado, lleva una camisa blanca de manga larga (él nunca quiso
usar mangas cortas en toda su vida) y se mueve entre los restos de las
construcciones defensivas con familiaridad, cogiendo con sus manos los trozos
de piedra derruída y abriéndose paso entre los macizos de amapolas y margaritas
que crecen silvestres. Nos cuenta alguna historia, seguro, de aquellos tiempos
de su infancia, tan escasos, pues fue un hombre desde los nueve años hasta que
se murió, sin ser viejo siquiera, pasados los setenta. Cincuenta y cinco años
de trabajo y ocho de jubilación. Nos cuenta la historia de su padre o de su hermano
mayor, tan triste, o de su madre, tan lejana. Pero más veces se calla, más
veces se mueve entre las piedras con su paso irregular y sus manos abiertas y
cansadas. Ay, si fuera posible, si una tarde tan sólo él pudiera volver, él
pudiera acercarnos de nuevo sus manos, las manos de quien pasó de la madurez a
la muerte sin ser viejo siquiera...
Somos felices ¿verdad? ¿Por qué no íbamos a serlo? (Diálogo entre Edward y Grace) Edward y Grace son Bill Nighy y Annette Bening y llevan muchos años casados aunque eso no es necesariamente bueno. Tienen un hijo de treinta años que ya no vive en casa y al que echan de menos. Edward está cansado de la esgrima matrimonial y Grace está cansada de no tener con quien discutir, ni casi con quien hablar. Hasta aquí, nada nuevo. Los matrimonios de muchos años suelen (o pueden) tener esa sensación de que han perdido el tiempo, de que no ha merecido la pena ese viaje y de que necesitan otra cosa. Aunque no saben de qué cosa se trata. Grace está cansada de la pasividad de Edward y por eso es poco amable, pero tira de la cuerda a ver si él reacciona. Ella es hiriente también con su hijo. Quizá la insatisfacción nos convierta en eso, personas hirientes, gente que hace daño al que tiene al lado. Para ella es un triunfo vivir con una pareja, mantener un matrimonio, pero Edward...no sabemos lo que p...
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