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Hombre de blanco, mujer de azul


(Ignacio Zuloaga. Retrato del vizconde de Villamarciel)

Al entrar en la gran sala azul y blanca pienso cuán distinta es la realidad de lo que aparece en los libros. Aquí están los cuadros con toda su presencia, con todas sus imperfecciones y sus secretos; los libros, en cambio, muestran una imagen apagada, ocultando la fuerza que el pintor les puso y que viene hacia nosotros cuando nos acercamos a ellos. Por eso solo abriré las páginas del recién comprado catálogo cuando pasen unos días y el frescor de la pintura se apague en mi retina.

La sala se mueve a uno y otro lado. Dos grupos se balancean como si fueran olas del mar. Uno tiene por guía a un muchacho italiano, que se disculpa por hablar mal el idioma y que, de vez en cuando, comete un error gramatical que todos perdonamos y que él rubrica con una sonrisa. El otro grupo se mueve en torno a una chica española que dice, en voz muy alta, acercaos que no me como a nadie. En los grupos hay de todo: mayores, jóvenes con shorts y mochilas, extranjeros, desocupados. Todos ellos han cruzado los puentes de la feria y se han acercado aquí, al Museo, buscando otra perspectiva, quizá queriendo mecerse en el silencio tras el ruido que acumula la otra parte de la ciudad. Ese mismo silencio acompaña la visita: únicamente las palabras aprendidas de los guías lo rompen y son como una música de fondo, como la letanía de las monjas, como una jaculatoria que se repite una y otra vez... 

Escaparse de los dos grupos es la única forma de mirar y ver, de aprehender, sentir y comunicarse con los rostros de quiénes nos observan a través de las telas. Todos nos espían, menos el Goya, el retrato pequeñito del poeta Moratín, que dispone su mirada por encima del hombro, hacia un punto inexistente, hacia alguien que, en el horizonte, entiende su media sonrisa. Nadie diría que esto lo ha hecho Goya, se oye comentar, echando de menos las alegres contorsiones de los diletantes de la pradera de San Isidro. 


(Paul Cézanne)

La sala está llena de entrantes y salientes, en cada uno de los cuales aparece un cuadro, insospechado, casi oculto. Tras una de las paredes está el primer Picasso, decepcionante, tímido y casi sin hablarnos. En otro rincón, la huella del prerrafaelismo con dos indecorosos amantes, como si Leonardo Di Caprio y Kate Winslett hubieran huido del Titanic y, tras días de angustiosa travesía, desembocaran en esta playa, cansados y sudorosos, exhaustos, ambos cuerpos tendidos, cómplices y mojados. 

Al lado de esta exuberancia las bañistas de Cèzanne no tienen vida, son seres blancos y mortecinos, escapados de un grabado sin relieve, nada que ver con la tumultuosa presencia de Andrés Cortés que ha traído hasta aquí la feria de otros tiempos. Allí están los tratantes de ganado, las gitanas, los petimetres, las tiendas de lona, como si representaran un campamento en el descanso de la batalla, justo delante del perfil romántico de la ciudad. 
La parte central de la sala se ha llenado, de pronto, de gente. Todos contemplan extasiados al grupo de brujas que se asoma al puente de Roma. Las brujas tienen el gesto arrogante, la cara sucia, la frente huidiza, los dientes apretados. Las brujas se balancean al mismo tiempo que el puente y cobijan entre ellas a la niña, la más terrible de todas porque anuncia lo que traerá el porvenir, maldad y miedo juntos seguramente. Al fondo está la ciudad: imperturbable arquitectura, solidez, tiempo y distancia. Todos los amantes han huido de la escena y se han marchado a otro lugar pues las brujas, con su presencia, han ocupado el espacio y aun la vida. A pesar de ellas Roma es una ciudad misteriosa, esperanzada quizá en que Anita Ekberg se bañe en la Fontana de Trevi o en que los pequeños diablillos blancos de la primavera anuncien la adolescencia de los muchachos de Amarcord.

El guía italiano se detiene ante un enorme paisaje: mueve las manos y expresa con el gesto que hay que pararse, que el cuadro contiene algunos de los secretos de la pintura aptos para ser entendidos por ese variopinto grupo que le sigue por toda la sala. Pero, sin que me vea, he logrado escaparme de nuevo, he dejado atrás el apabullante espacio gris de Normandía y he llegado al pequeño café en las afueras de París donde un grupo de mujeres se ha sentado a descansar junto a una mesa oscura, cubierta de un extraño mantel de flores, que da a la escena el aire de las bordadoras de Cantillana, cuando se inclinan en las tardes del verano sobre los mantones de Manila o sobre los velos de las Vírgenes. Las mujeres del café ocultan sus caras, solo un leve gesto anuncia su cansancio, ese momento único en que se permiten ser débiles, demostrar que no quieren ser vistas, que prefieren el anonimato y la soledad. 

Otras mujeres siembran la sala de rostros femeninos: mujeres altas, mujeres jóvenes, aristócratas, campesinas, bañistas, mujeres viejas y derrotadas... En una esquina está Miss Jeanning, semicubierta con un velo negro sobre su rostro; tiene la cara asombrada y desencajada, mostrando la pobre soledad de sus ropas; los objetos gastados rodeándola y un gesto impotente. Ni aquí, en este entorno azul y blanco de las altas salas del Museo, se detiene nadie y repara en ella. Es la mujer invisible, callada, quieta y lejana. 

Mujeres…


(Raimundo de Madrazo)

Sobre todas ellas está la mujer de azul, la dama de azul de Raimundo de Madrazo, la más perfecta mujer de cuantas he hallado aquí, la más bella, misteriosa y triste mujer de todas las que elevan su mirada turbia en esta sala recorrida por los grupos, como pequeñas olas en la orilla del mar atlántico. La dama de azul tiene los ojos grises, la nariz rotunda, el porte elegante y todo en ella parece guardar un gran secreto. La mujer está esperando algo y ese algo le inquieta, de forma que nos transmite su inquietud. Esa espera es muy larga, es una espera de años, de tiempo, de siglos. Es nuestra espera: la espera de todas nosotras, por siempre. La mujer se adorna con una estola de piel oscura y refulge el azul del vestido y el azul del sombrero sobre el fondo oscuro del cuadro y sobre la pared de la sala, azul, azul cielo, de nuevo, como el cielo azul de Michaux. 

El guía presiente el cansancio y dice animoso que ahora veremos algo bueno: aquí está, por fin, Gauguin, ese laberinto de formas encajadas en el paisaje, ese tono verde mortecino, el cárdeno, el mostaza, los tonos del plein air, la pincelada gruesa, el anuncio de que otro tiempo llegará a los pinceles. 


(Lavanderas de Arlès. Gauguin)

El grupo se arremolina, observa, piensa, repara en los rostros sin mirada, sin ojos, sin manos, sin gestos... Eso es Gauguin cuando aún no ha decidido levar el ancla hacia los mares del sur. Sus mujeres son las lavanderas de Arlès y tienen el aire oculto y duro de la Provenza, el suave rumor de las tardes doradas en las orillas de los ríos y los estanques. El paisaje de Arlès me trae los recuerdos de mis días en el sur de Francia, que siempre vienen a la memoria cuando un pequeño detalle los invita a asomarse. Por muchos años que transcurran será imposible olvidar las angostas carreteras sombreadas de árboles; las fuentes en las orillas de los caminos, señaladas con postes de piedra; la casa roja de Pedro y Marie; las hornacinas plagadas de flores del profesor Fesquet; los vestidos blancos, rosas y celestes de aquellos tiempos de pujante juventud...y algunos nombres: Uzés, Avignon, Marseille, Montpellier, Nimes…Y algún nombre, Manuel…

De nuevo, allí cerca, apartado del grupo, a salvo de la voz del guía italiano y del chillido cruento de la española, está otro rostro que me atrapa, hacia el que vuelvo una y otra vez. Sorteando las figuras que pasan por delante y que lo observan están Zuloaga y el conde de Villamarciel, el hombre de blanco. Ese hombre está sentado y lleva un impecable traje de cuidados pliegues, calado el sombrero, la barba dispuesta y la nariz aguileña. El hombre nos mira y deja atrás, en el fondo, un dorado paisaje de árboles centelleantes, junto al fuego del atardecer y el anuncio del otoño. Los árboles no están quietos, parece que caminan, se arquean, fruncen las hojas y se tienden al paso; los árboles esperan la llegada de Gudrun y Úrsula, que, seguramente perdidas en sus cuitas amorosas, tardías y escondidas, aparecerán pronto llevando medias malvas y grises, grandes sombreros de plumas y un foulard de seda sobre los hombros. 

El hombre tiene manos cuidadas, gemelos de oro y una sortija en su dedo meñique. Está tranquilo. Quizá sea una tranquilidad expectante, John Wayne ante la irresistible Maureen O´Hara. Quizá sepa que, verdaderamente, no va a pasar nada, que todo va a seguir imperturbable, ajeno a los cambios y anclado en el momento en que el hombre nos observa sin vernos, con los ojos enrojecidos y un gesto casi tierno. El hombre de blanco nos mira ignorando el camino que se abre a su espalda, un camino que quizá le conduzca, sí, por qué no, a la mujer de azul, a la dama de la estola de piel y los ojos grises, que espera impaciente y ojerosa que el paso de los días le traiga noticias de este hombre de blanco, con los ojos tristes y casi a punto de llorar. 

¿Quién puede decirnos que, en cierta ocasión, no coincidieron ambos en la ópera, en el hipódromo, en un salón? ¿Por qué negar que esas miradas se hayan encontrado, que existan palabras desconocidas que se cruzaran y sigan recordando en la distancia? Los amantes suelen encontrarse en lugares extraños: Connie y el guardabosques se atisbaban en cualquier recodo del camino, cerca de la leñera o del lugar donde los animales comían su pienso. Úrsula y Birkin se veían en el aula, mientras enseñaban a los niños el dorado misterio de las flores y las hojas. Elizabeth y Darcy cruzaban los lagos de las tierras del Norte hasta que, por fin, tenían un momento de encuentro en el hermoso castillo familiar del Derbyshire. Incluso nosotros nos hemos encontrado en una abierta playa del sur, una noche de eclipse; o en una efervescente fiesta junto al río; incluso en una noche húmeda de improvisada presencia.

La mujer de azul y el hombre de blanco están condenados a estar cerca, pero no se tocan, ni se miran, ni se sienten, ni se encuentran. Vez tras vez, en el ajetreado itinerario de los cuadros del museo, alguien los coloca en salas diferentes, en ángulos distintos, en lugares apartados. Así se acentúa la tristeza de la mujer de azul y el lloroso dudar del hombre, sentado ante un paisaje que ignora. Los blancos pliegues del traje y el azul intenso de los vestidos, juntos, nos dan la clave de que es así, de que todo esto no es más que una forma oculta de decirnos: estamos esperando, no nos cansaremos de esperar. No ocultaremos el rostro como las mujeres cansadas del café de París; ni buscaremos una bruja que nos haga un conjuro o una pócima de amor; ni nos abrazaremos como los amantes de la playa; ni tendremos las manos libres y el cuerpo ligero de los bailarines de Andrés Cortés. 


(Andrés Cortés. Escena bucólica)

En medio del susurro de las voces de los guías creo percibir el sonido de los corazones de ambos, del hombre de blanco y de la mujer de azul, lejos, pero tan cerca... 

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