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Ovejas

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     Era un día cercano a la primavera. Los niños estaban ansiosos por salir al aire libre. Las clases se estaban haciendo pesadas. El olor del azahar inundaba todos los espacios, la escalera, las aulas, los pasillos y llegaba, recóndito, al corazón de todos. Los niños tenían sed de aventuras. Eran niños especiales, siguen siéndolo. Dibujaban cuentos, escribían historias. Querían ser piratas, peluqueras glamurosas, actores de fama, policías que salvaran al mundo, geniales artistas de la danza, abogadas implacables, maestras cariñosas... A la una del mediodía ocurrió un curioso milagro. Las cabezas de los niños se asomaron a todas las ventanas para observar un enorme rebaño de ovejas blancas que se adueñaron sin permiso del patio del recreo. Pastaban a sus anchas. Rozaban con su pelo los pinos que habíamos plantado días antes y a punto estuvieron de comérselos todos. No eran unas ovejas bien educadas, sino salvajes, aventureras...Estaba claro que no habían asistido a ning...

Papá espera en el andén

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  (Berenice Abbott. Grand Central Station, Manhattan) Las ciudades con estación de tren tienen otra fisonomía. Son distintas. El tren articula la vida, a veces separa el espacio en dos franjas irreconciliables, casi enemigas, pero, las más de las veces, son el cordón umbilical, el lazo de unión entre los que llegan y los que se marchan. Las ciudades con tren saben que el mundo está al alcance de la mano. Cuando salen los trenes, el andén se llena de figuras silenciosas, opacas, que esconden las lágrimas y las despedidas. Cuando llegan, esas mismas figuras se animan, como si fueran cromos que recobran la vida y derrochan alegría y dinamismo. Los abrazos sobrevuelan el aire, los besos fecundan los asientos, las manos tienen sabor a distancia redimida. La claridad surca los andenes desde todos los puntos posibles, dibujando rayas de claroscuro y líneas por las que transcurren los viajeros y sus acompañantes. La soledad de las estaciones es solo relativa, siempre hay alguien que lleva ...

Esos hombres que leen historias de amor...

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Como en El principito , una vez conocí a un soñador. No era del tipo a que estaba acostumbrada pues no soñaba con saltar la banca, ni con saltar la verja, ni con saltar al mundo de los ricos ganando una primitiva, sino que era bastante más sencillo. Solo quería poseer un libro de cabecera y el amor de una mujer. No indicaba expresamente de qué mujer se trataba pero sí tenía un curioso arquetipo: una joven lánguida, de largas piernas, mirada azul verdosa, cabello oscuro y liso, piel delicada y sonrisa emergente. Mejor alta, mejor delgada, mejor firme, mejor ardiente.  En cuanto al libro, nos envidiaba a todos aquellos que repetíamos, sin venir a cuento, alguna frase de nuestro favorito. Incluso si ese libro era un poema de Espronceda o una sarta de aforismos mal escritos. Él, que se consideraba un hombre de letras, nunca era capaz de detenerse demasiado en un solo pensamiento y por eso deambulaba entre las páginas de imprenta a la búsqueda de un asidero que no estuviera siempre en p...

"Los hermanos Burgess" de Elizabeth Strout

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Este es el cuarto libro que leo de Elizabeth Strout. Cada uno de los anteriores tiene su reseña en este blog. El primero de ellos fue Me llamo Lucy Barton . Es un libro de encuentros y desencuentros, de vuelta al pasado y de ajuste de cuentas. Todos tenemos, en algún momento de nuestra vida, que volver la vista atrás y hacer esa especie de balance que suele dejarnos insatisfechos. Después leí Amy e Isabelle . La relación madre-hija que en el anterior tenía caracteres de perdón aquí se manifiesta en toda su intensidad, dando lugar a un relato poderoso y lleno de matices. Todo es posible , el tercer libro de Strout que he leído, es un conjunto de relatos en el que el estilo literario de la autora ya es reconocible.  Elizabeth Strout, que nació en Maine pero reside en Nueva York, recrea este mismo itinerario geográfico en sus obras y eso es lo que ocurre en  Los hermanos Burgess . Tres hermanos, Bob, Susan y Jim, originarios de Maine, han sufrido en su infancia y llevan, d...

"La historia secreta de Jane Eyre" por John Pfordresher

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Para extraer de este libro todo lo que encierra no hay otra solución que haber leído antes otros textos que se vierten en él y que arrojan luz sobre lo que dice. No es un libro de iniciación sino de ilustración. Arroja luz a lo que ya sabemos o intuimos sobre la obra de Charlotte Brontë, que es lo mismo que decir, sobre ella misma, pues ambas, vida y obra, lo que denominaba la escritora como Verdad e Imaginación, se dan la mano y no se sueltan ni en el libro ni en su existencia.  Es un libro profundo, en el sentido de que está bien documentado. Pero no sesudo, ni rígido, ni convencional, ni académico. Más bien se mueve con total libertad entre los dos parámetros que ha elegido el autor: la historia que se cuenta y la persona que cuenta la historia. Jane Eyre y Charlotte Brontë , sobre todo, aunque también otras heroínas de la propia Charlotte, en otras obras que se pueden considerar menores a la luz de la fama y el éxito de "Jane Eyre" pero que, de ningún modo, de...

Que no oculte el crepúsculo tu brillo

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  Casi treinta años separan a Carolina de Mónaco de Clint Eastwood pero, como la vida es así, cuando se habla de crepúsculos hay quien los equipara en orden a considerar que su tiempo ha pasado o está a punto. Mucha gente dice que el look Carolina, sin tintes y con canas, es la señal inequívoca de la madurez más madura de las mujeres bellas y a sus sesenta y cuatro (nació en 1957) la comparan con su joven hija y la sitúan en un pedestal, ese pedestal de donde una mujer sensata en la supuesta madurez que le achacan, ya no debería moverse. En cambio, con Clint Eastwood la cosa cambia porque, hasta ahora, con sus noventa y uno (él nació el mismo año que Edna O'Brien, 1930, aunque no se les ocurriría convertirlos en pareja, ella demasiado mayor para él), nadie ha comentado que la vejez acecha, que quizá el andar vaquero sea muy cansino y que puede que sea un anciano, por fin, después de mucho. La diferencia de trato entre uno y otro es tan brutal que hace pensar en la eterna cuestión. ...

Los días perdidos

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A woman irons while watching T.V., 1952. Nina Leen Los personajes de las fotografías de Nina Leen no posan, están. No son parte del paisaje ni del contexto, sino que ambos se subordinan a ellos, a sus historias. Cada historia es diferente y se escribe con un sonido diverso. A veces no les vemos los rostros, o no percibimos su expresión, pero hay un pequeño detalle, o muchos, que nos desvela la trama. Es un relato de misterio que lleva a un desenlace no siempre satisfactorio. Esta es la virtud principal de una fotógrafa que conservó en su vida muchos puntos oscuros, quizá porque, de ese modo, era más fácil ocultarse a los ojos de quienes contemplaban su obra.  La mujer que plancha mientras está sentada mirando la televisión parece querer huir de una realidad que no le gusta. Hay un contrasentido entre el vestido, que podría servir para dar un paseo bien acompañada, y el desaliño de la casa y su actitud misma. El trabajo doméstico no parece gustarle. De m...