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La amiga Agatha

 

 Siempre a mi lado!

¿Sabes esas veces en las que todo se aleja? Las palabras se esconden en la lámpara de Aladino y el genio ha huido. Los sonidos de las palabras se oscurecen, no hay tictac de relojes que anuncien nada, tampoco el tiempo significa alborozo. Se suceden las horas como si fueran una fila de hormigas andando encima de un trozo de papel blanco y liso. Días sin alharacas, vacuos, sin esa sonoridad de la alegría. Amaneceres dudosos en los que el sueño se termina para lanzarnos a un precipicio cuya altura desconocemos. Noches en las que no existe sino una penumbra indistinguible de las sombras. 

Cuando eso ocurre y ocurre muchas veces, porque la vida está llena de golpes, algunos de los cuáles llegan directamente al corazón, es el momento de tener a mano una pócima. Si fuéramos Harry Potter, una simple varita de sauce nos serviría para conjurar el dolor. Si fuéramos Aladino tocaríamos la lámpara y de allí saldría triunfante el genio, con su aspecto retozón y funambulista. 

Pero no somos nadie. O quizá, alguien anónimo, silencioso, perdido. En esos casos, en esos tiempos, en esos años, en esas horas, y, en estos días...ella estaba ahí, está ahí, la reina del crimen, la dama, ella, que con sus novelas te salvó, te hizo sumergirte en un pasadizo secreto que conducía nada menos que al olvido de esa ola negruzca e informe que te aprisiona el corazón sin r!emedio. Ella, la dama, Ágatha, estaba ahí. Aún lo está. Aún la necesito. 

He leído mil veces todas sus novelas, las que firmó con el nombre de su primer marido, el coronel Christie y las que firmó como Mary Wesmacott. Todas sus novelas, su autobiografía, el libro dedicado a sus cuadernos, todo lo que de ella se ha escrito. Es una vieja amiga. Me la encontraba en las estaciones de tren o de autobús, cuando iba a emprender un viaje. Hallar una de sus novelas, sobre todo si no la había leído antes, era un golpe de suerte, un buen augurio. La he hallado también en mi peregrinaje por las librerías, en esas tardes sólidas de calor, cuando las horas parecen estar detenidas, cuando los trece años se hacen eternos, cuando nada pasa. Esa vez que el chico al que querías sacó a bailar a tu mejor amiga; esa vez que leíste algo que no te gustó; esas veces en las que la preocupación te bañaba en sudor; esas veces en las que no sonaba el teléfono o no llegaban cartas o no silbaban mensajes. Siempre en la retaguardia, sin anunciarse, evitando ser la protagonista, pero siempre ahí. Ella, Dame Ágatha, querida Ágatha C!hristie, mi amiga. 

Las casas solariegas del sur de Inglaterra se llenaban de crímenes. En todos ellos latía el interés. El dinero como trasfondo, a veces la venganza, o los celos. El detective llegaba y ponía en marcha sus células grises y transformaba el escenario del crimen en una clase de baile. Todos tenían papel en esa partitura y, al final, milagrosamente, encajaba el puzzle y veías la pieza completa. Es este, esta otra, aquel, ella...quién cometió el crimen...la gran pregunta. Pero no solo eso. Sus palabras te traían el olor del té recién hecho, de las pastas doradas y crujientes, del pudding de Navidad, de la carne fría sobre el aparador...No es solamente eso. Sus descripciones te acercaban a la costa de Torquay, a los paisajes verdes de la costa, a los acantilados, a los jardines plagados de plantas de extraños nombres, a los ritos de la tarde y de las celebraciones. Tanto leerla has llegado a pensar que conocías de cerca a todos esos personajes que se mueven en sus libros y que, a pesar de que los años pasan, siguen ahí, cerca de ti, esperando que los a!bras, que te acerques, que los necesites. Y aún los necesito. 

Si pudiera, te escribiría una carta llena de cursivas y palabras subrayadas y te la haría llegar. Te contaría cuántas veces uno de tus libros me salvó del frío, de la soledad y del miedo. Cuántas veces tus libros me siguen abriendo las puertas de un territorio único que reconozco como mío. Un territorio que no es extraño, ni diferente, ni lejano. Tantas veces se guarda uno las emociones, se guarda uno los sentimientos, los deseos, los aprecios...Si existen amigos que te abrazan cuando necesitas el calor del otro, entonces tendré que concluir con que tengo una amiga, inglesa, escritora y excéntrica que responde a ese nombre. Ágatha Christie.

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