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Las tertulias


(Dos mujeres hablando. Henri Gervex)

 En casa de mi abuela Marina se vivía a rajatabla la costumbre de las tertulias. Los domingos por la tarde, cuando toda la faena estaba ya hecha, retirados los avíos del almuerzo, arreglada la cocina y antes de que cayera la noche, en los días buenos de la primavera y el otoño, llegaban al salón, cuyos dos grandes balcones daban a una calle muy concurrida del centro del pueblo, algunas amigas de esas de toda la vida, con las que hay confianza para la charla y la confidencia. Conservo el relato de mi madre acerca de cómo aquello se desarrollaba, aunque a ella no la dejaban participar, claro está, y tenía que verlo todo desde lejos, a través de los cristales del cuarto de al lado, en el que las hijas de la casa se entretenían cosiendo muñecas o leyendo mientras que mi abuela, sentada en su mecedora, recibía a las amigas y las obsequiaba con un café recién hecho y algunas pastas. Cuando la tarde iba entrando en sazón, también se sacaba la botella de coñac y el licor dulce, que había tertulianas a las que el alcohol soltaba la lengua y ponía muy graciosas. No era el caso de mi abuela, que se mantuvo toda su vida sin probar ni gota, ni de mi madre, pero sí de la tía Rafaela, la prima Angustias y otras dos señoras, hermanas, que vivían al final de la calle, Remedios y Concepción, muy entusiastas de la copita y el brindis. Era una tertulia muy variopinta, donde había maestras, amas de casa, modistas, vecinas de la calle y alguna invitada esporádica que venía de visita. Todas mujeres, por supuesto, porque los hombres estaban ausentes de la vida cotidiana. 

Aquellas tenían que ser unas tertulias en letra cursiva, con muchos sobreentendidos, porque la mayoría de las veces no era fácil captar lo que se hablaba, pero a las hijas les parecía emocionante el intento de cazar alguna frase completa que nos diera las pistas. Siempre aparecían historias de los conocidos que andaban metidos en algún lío importante, hijas que se casaban mal, matrimonios que no se entendían, préstamos que no se pagaban, o cocinas que no cumplían con lo mínimo a la hora de ajustar las cuentas. En una ocasión se armó un considerable revuelo porque a la tía Rafaela se le ennovió su hijo mayor con una chica poco recomendable y la pobre lloraba con desconsuelo. Mi madre cuenta que todas intentaron consolarla pero que la sentencia estaba echada de antemano: Eso no puede salir bien. Y Rafaela lo sabía. Su hijo mayor era un muchacho guapo y atrevido, que andaba siempre por donde no debía, en lugar de dedicarse a cuidar los negocios del padre, que eran muchos e importantes. Pero él se tomaba la vida a broma, era una especie de nini adelantado a su tiempo y ni acabó los estudios ni se tiró por la vida del trabajo. Un perfecto inútil, decía mi abuela entornando los ojos. Y así fue. Los embarazos no deseados eran un elemento fundamental de aquellos encuentros y debía haber muchos, a decir de las veces en que el tema se trataba. Una vecina de enfrente, la hija del director del banco, se tuvo que marchar al norte porque se quedó embarazada de un empleado del padre. Que, para mayor inri, estaba casado. Y otra, la hija del dueño de la tienda de ultramarinos más grande de la zona, se casó con uno de por ahí afuera y el tipo se despidió la noche de bodas sin que se supiera nada más de él por más años que pasaran. La pobre muchacha se quedó atendiendo a la clientela con cara de pocos amigos y mucho cabreo encima. 

Mi abuela Marina era una especie de consejera sentimental de todas ellas. Por su parte, disfrutaba de un feliz matrimonio y podía permitirse el lujo de orientar las vicisitudes de aquellas mujeres menos afortunadas. Siempre se sintió feliz, como ella misma contaba muchas veces, incluso de niña y de jovencita. No hubo disgusto que cambiara su semblante y quizá por eso se conservó toda su vida con una belleza firme y llena de claridad, que asombraba a todos hasta el último momento. Cuando se quedó viuda no se sintió sola, tal era el grado de complicidad que había alcanzado con su marido, mi abuelo Gonzalo, y era como si aún estuviera presente, solía comentarnos a las nietas mientras nos enseñaba sus fotos. Gonzalo debió ser un tipo impresionante, altísimo y muy guapo, rubio oscuro de pelo y con los ojos claros, mientras que ella tenía los ojos verdes, la piel muy blanca y el pelo rojizo, como una auténtica descendiente de irlandeses que es lo que era. Todas las nietas queríamos ser una O'Galvin, como ella. 

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