martes, 18 de junio de 2019

Cecilia, al otro lado


He soñado con ello muchas veces. Viendo a Brando, por ejemplo, en el memorable tennessee “Un tranvía llamado deseo”. No resultaba extraño, desde luego, que Vivian Leigh lo mirara como se mira a un hombre, aunque este ignore la mirada de alguien a quien no siente sino como un remedo de mujer. O contemplando a Andy García en “Los intocables de Elliot Ness” de Brian de Palma, ropa de diseño, mirada natural, acento cubano perfecto. 

Incluso ese sueño ha surgido con el duro Delon en “Rocco y sus hermanos”, tierno al final, ya sabes, y con Russell Crowe en “Prueba de vida”, pétreo buscador de hombres perdidos y consuelo de mujeres que esperan. 

Soñar que traspasas la pantalla, que cruzas el espacio sideral del cine y que llegas allí, a ese lugar innominado en el que ocurren “cosas”. Esas cosas que cuentan los directores y en las que te sumerges, porque la vida tiene poca poesía y muchos sinsabores. 

Como Cecilia. La pobreza de la Gran Depresión, el desamparo, la soledad de que no te comprenda esa persona, el despotismo de alguien que ha jurado amarte y lo ha olvidado, el alcohol que le niebla la mirada….Cecilia lo soñó y llegó Allen y lo hizo realidad en un segundo. Este tipo maneja con sus manos la posibilidad de hacer posible un sueño como este, un deseo irrefrenable, dejar de ser de ti y ser otro en un sitio en el que no te alcancen ni el miedo ni la furia. 

América años 30, el momento ideal para perderlo todo, incluso la vida, si hay ventanas cerca. El momento crucial para empezar de nuevo, si tienes agallas y suficiente dosis de heroísmo. El momento fatal para sentir que estás viviendo de prestado y que todo es tan leve como el aire que cruza la ciudad de New Jersey tan de tarde en tarde. 

Ocurre que el amor estalla en cualquier parte. Incluso aquí, en este decorado de cartón piedra, la foto en blanco y negro que se abre y que se cierra. Jeff Daniels te ha mirado y la lanzado su mano para que tú te agarres y subas al balcón del escenario, cual Julieta que espera a su Romeo, cual amante que espera que la amen. 

Cine dentro del cine. Tributo a los cinéfilos, esos seres especiales que aman (amamos) el cine como si fuera algo nuestro, personal, una muesca en nuestro revólver. Los cinéfilos, que hablamos con palabras de cine, repetimos diálogos, evocamos personajes y sonreímos cuando nos topamos con otro ejemplar de cinefilia por la vida. 

Ternura irónica, mirada compasiva, hacia unos seres y un momento histórico en el que el día a día se podía convertir en una aventura. Qué comer, qué comprar, con qué guisar, qué vestir, qué pensar….de nuevo, en qué soñar. La huída como forma de redimirse del cansancio. La huída hacia el fondo de la pantalla en la que, vez tras vez, se representa la comedia de lujo y fantasía que te gusta. Allí está todo lo que no eres. Están los vestidos, la comida, las joyas, los coches fastuosos, están la gente que sabe hablar y que no grita, los bebedores sociales y no borrachos. Está él, un héroe, un hombre de verdad. Que te mira a los ojos cuando habla, que lleva ropa diferente a toda la que has visto hasta ahora. He aquí a un hombre que te ama. 

Entre Monk, tu marido, y Gil Shepherd hay una distancia tan grande como la que hay entre el cardo y la rosa. Los exabruptos se trocarán en risas. Los insultos en besos. Los desprecios en palabras bonitas. Todas necesitamos que nos amen y que nos amen bien. Esa es la cosa. No es casual que haya tantos cinéfilos entre los corazones sensibles que han tenido una existencia dura. La sublimación de la felicidad, los escenarios que sirven de telón de fondo a la dicha, se reflejan en la pantalla de una forma brutal. El choque con la vida podría hacernos huir de esos escenarios. Pero es justo lo contrario. Ocurre que, en lugar de abandonar el sueño, abandonamos la vida que vivimos y subimos todos los peldaños que nos acercan al mundo que en el cine es usual. Un mundo en el que no es posible aburrirse nunca. 

Cecilia no es una mujer tan solo. Es todas las mujeres. Y los hombres. A veces olvidamos que el desapego y la ausencia anidan en todos, sin distinguir sexos, edades ni clases sociales. Y, para todos, el cine tiene algo que contarnos, algo que explicarnos con la palabra exacta. 

Y, cuando parezca que está todo perdido, cuando ya la esperanza semeje el hilo liviano de un tejido roto, allí aparecerán ellos, en los lujosos escenarios de “Sombrero de copa”, ellos, la inmortal pareja Fred Astaire y Ginger Rogers cantando y bailando el también eterno “Cheek to cheek”.

Sinopsis: 

Cecilia, una víctima más de la Gran Depresión, con un miserable empleo de camarera en New Jersey y un marido en paro, pasa las tardes en el cine, viendo como en la pantalla desfila un mundo de glamour que no estará nunca a su alcance. “La rosa púrpura de El Cairo” es una de sus películas favoritas y, tras verla muchas veces, ocurrirá algo que cambiará su vida. 

Algunos detalles de interés: 

“La rosa púrpura de El Cairo” es un Allen (Woody) de su mejor cosecha. Estrenada en 1985 tiene un reparto lleno de primeras figuras como suele ocurrir con este creador, a quien se rinden los actores incluso con sueldos de pocos ceros: Mia Farrow, Jeff Daniels, Danny Aiello, Dianne Wiest, Van Johnson, Irving Metzman, Stephanie Farrow, Zoe Caldwell, John Wood, Milo O'Shea, Edward Herrmann. 

Mia Farrow, a la sazón pareja del director, es Cecilia, la protagonista, una pobre chica acosada por la mala vida que le da su marido, Monk, encarnado por el genial Danny Aiello. 

Además de dirigirla, Woody Allen escribe el guión, como es habitual en él, aunque no interviene como actor, algo excepcional en aquellos años. El equipo principal se completa con la música de Dick Hyman y la fotografía de Gordon Willis. 

La película tuvo una gran aceptación entre el público fiel al director, que sigue con expectación cada una de sus entregas. En relación con los premios, como también es habitual, no tuvo demasiada suerte. Ya se sabe que Allen es más amado en Europa que en su EEUU natal. Quizá porque es el más europeo de los directores americanos. Aun así, obtuvo el Premio FIPRESCI en el Festival de Cannes, de 1985: fue nominada al mejor guión Original en los Oscar de ese mismo año y obtuvo cuatro nominaciones en los BAFTA, entre ellos, mejor película y mejor guión original. En los premios César consiguió alzarse con el galardón a la mejor película extranjera y el Círculo de Críticos de Nueva York la premió como el mejor guión. 

Personalmente pienso que, junto con “Annie Hall” y “Hanna y sus hermanas”, forma la trilogía magistral de Woody Allen. 

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