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Solos


El muchacho (unos quince años) me miró a los ojos por primera vez en toda la sesión y me confesó: tengo miedo de quedarme solo. Odiaba a sus padres (eso decía), se llevaba mal con ellos, quería independizarse, pero la soledad era una losa insoportable que le producía pesadillas. Soñaba con puertas cerradas que él no podía traspasar. Con enormes extensiones de arena en las que se encallaban sus pies desnudos. Soñaba con un mar inabarcable sobre el que él se movía sin defensa alguna. Tenía miedo de estar solo pero no podía vivir acompañado. Al menos, con esa compañía que pasaba el tiempo señalándole sus defectos, buscando gresca e impidiendo que oyera su voz interior. No había forma de convocar al silencio. 

Yo también miré al muchacho a los ojos y le conté mi propia historia pero antes fui cruel, demasiado cruel para un muchacho que solo tenía quince años. Le dije, con la voz más segura que pude, que ya estaba solo, que la soledad era una gasa pegada a nuestra piel, que no podíamos desprendernos de ella y que, aunque había personas que no lo percibían porque estaban protegidos por otras personas, esa soledad seguía estando ahí, esperando que quedaran a la intemperie. Me entendió enseguida. No era un muchacho listo en el sentido que se da a esta palabra, más bien lo contrario. Era simplemente avispado y tenía todos los problemas del mundo. Quizá por eso comprendió que mis palabras encerraban verdad, porque hasta entonces, yo era la única persona que no le había mentido y que no le había exigido ser de otra manera. 

Estamos solos, le dije, mientras él me miraba con una mezcla de admiración y de asombro. Estamos solos, tú estás solo y yo estoy sola. Somos solos, mejor todavía. No tuve claro entonces que entendiera ese significado entre el ser y el estar. Pero continué. Somos solos, seres solitarios que nacen solos y mueren solos. Hay un interior dentro de ti que nadie va a traspasar nunca y que a veces se diluye y no parece existir porque el ruido lo apaga. Esa es otra clase de soledad, la soledad del ruido y de la confusión. Pero si eres capaz de aceptar la soledad, de creer en que la soledad no es un castigo sino una evidencia y de convertirla en la forma más sensata de creer en ti mismo, incluso de no creer en nada, entonces la soledad dejará de ser el perro rabioso que te muerde en las noches de insomnio y se convertirá en un aliado. Estará ahí, existirá, pero no te acuciará con intentar llenarse, no te convertirá en un pordiosero de la vida, no expresará necesidades insatisfechas y, sobre todo, nadie te culpará de exigir demasiado, de tener demasiadas expectativas. 

El muchacho adivinó el resto que no dije. Supo que yo estaba guardando el mayor de los secretos y que él no iba a acceder al fondo del mismo. Lo supo porque yo le había advertido que la soledad implica estar hacia dentro, ser hacia dentro, vivir hacia dentro. Puedes distraerte con el eco exterior, le dije, pero será engañoso. Te hará sufrir si ese eco no te incluye, querrás destacar de algún modo, exigirás abrazos, pedirás besos, querrás hacer el amor con la vida, pero, si te rechazan, convertirás tu existencia en un infierno y entonces nadie podrá salvarte. En realidad, le dije quizá con crueldad, nadie puede salvarte. 

Hablaba de mí misma, de mi fatal naufragio, de las tardes en que hay mucho que contar y no hay nadie al otro lado de la calle, ni del teléfono, ni de la vida. Hablaba de mí misma y del silencio. Un silencio que cerca las mañanas, que te acuna en las tardes y te acompaña de noche con la música de fondo de la película de cada día. Quizá es por eso, le expliqué, por lo que hay gente que cuenta cosas a los demás. Quieren acallar la sensación de soledad y su correlato más fiel, el silencio. Quizá es por eso por lo que, insistí, los artistas hacen obras de arte y se comunican y quieren ser amados. La soledad a veces es mala consejera porque entregas tu corazón en almoneda, se vende, se compra, se trafica, se regala, se pierde. 

Solo a veces, le dije, solamente, hay momentos en los que parece que un hilo te sostiene en el vacío y no deja que te caigas, que te sueltes. Son instantes únicos, mágicos e imposibles. Pocos, sinceros, sencillos, calculados. En esos momentos aprisiona con fuerza lo que sientes. Luego, en la soledad, la inmensa, humana, inabarcable, interminable soledad de cada día, reproduce, si puedes, esa pequeña sensación de ser parte de algo. Se te olvidará pronto, terminé mi aserto, porque el corazón tiene solo memoria de los besos y los besos son aire que se diluyen y pasan a ser nubes en un contenedor plagado de basuras. Esplendor y miseria de la vida. 

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