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La chica de la pamela

Hace ya muchos años. Era verano. Una feria de barrio, mejor, de pedanía. Pueblo, pueblo. Cae la tarde. Hay una barra para tomarse algo, que lleva la asociación de vecinos. Dos o tres atracciones. Gente que pasea con sus mejores galas. Ruido amortiguado de risas y charlas. Nosotras, mi prima Mary y yo, nos reímos con todo lo que vemos. Somos muy jóvenes, adolescentes, estamos en verano y visitamos esta feria con ganas de pasarlo muy bien. Teníamos el ardor de la juventud y ahora lo evoco, mientras escribo frente a la ventana por la que entra el sol del Aljarafe y escucho a Bach. Aunque no lo creáis, la música de Bach pone el contrapunto perfecto a esos recuerdos, a esos años, a ese tiempo de claridad en el que ardían nuestros corazones con el fuego de la vida. 

La chica de la pamela lleva un vestido verde, de un color muy estridente. La pamela es blanca, muy grande. Parece apropiada para tumbarse en la playa en un día de tórrido calor. Pero no. Esta  allí, en aquella feria, paseándose entre las atracciones, hablando con sus amigas. Muy orgullosa de su pamela, de su vestido verde, con vuelo, por la rodilla, y sus zapatos blancos con un poco de tacón. No recuerdo la cara de la chica, ni tampoco supe nunca su nombre, ni su edad, ni dónde vivía, ni qué hacía...solamente la pamela, ese anacronismo enmedio de la feria, es lo que ahora me viene a la cabeza, y lo que, seguramente, observé entonces con más atención. 

Quizá la chica estaba enamorada, quizá el muchacho al que pretendía andaba por allí, por aquella feria, paseando, montando a caballo, en bicicleta, jugando al tiro de escopeta, a enganchar las cintas, o simplemente, esperaba acodado en la barra del bar. Ella estaría entonces buscando su mirada, su aprobación. Se habría vestido cuidadosamente, esperando que él la viera, que se enamorara, que se decidiera a dar el paso, que esa feria fuera la definitiva, el momento cumbre en el que le declararía su amor.

Las ferias, las verbenas, las velás, son un buen momento para el amor, para decirse te quiero o para regalar un anillo. ¿Lo recuerdas? Fue en la velá de Santa Ana, en Triana, junto al río, hace ya muchos años. Te declaraste entonces y con el mismo fervor con que lo haría aquel muchacho de la feria de hace tantos años. Yo llevaba una falda y una blusa fucsias, que había comprado esa misma tarde en unos grandes almacenes y que estaba estrenando. Era una blusa muy bonita, de seda natural, que todavía está por aquí, guardada con esa ropa que es más que tela, que es la prueba palpable de las cosas más felices que se pueden vivir. 

En aquel momento, en aquella feria de barrio, nosotras, mi prima Mary y yo, no reparamos en los sentimientos de la muchacha. No era tiempo de pensar. Éramos tan jóvenes, casi unas niñas y solamente pensamos en reírnos, en disfrutar, en gozar de aquellos momentos de libertad. La chica de la pamela era un anacronismo y nosotras le sacábamos punta a todo. Cómo no hacerlo, con tan pocos años y tantas ganas de vivir...Pero ahora me pregunto por ella, por aquella muchacha, dónde estará, qué sentido tenía ese atuendo, si logró conquistar al muchacho, si siguen juntos, si han tenido hijos...La chica de la pamela, sin rostro, sin nombre, solamente una imagen difusa, perdida en el pasado. 

Aunque, a lo mejor esa chica no era del pueblo, no era del barrio. Había llegado tal vez de fuera, quizá de Escocia o de Sudáfrica. Como aquella prima McClahan que tenía sirvientes que llevaban manguitos. Esa prima de la que sólo sabíamos que vivía lejísimos, en África, en el más profundo sur de la bola del mundo. La prima de la que también nos reíamos al recordar sus aventuras con los criados y las plantaciones de té. Sí. Seguramente la chica de la pamela había llegado de fuera, era una extraña en todo aquello, estaba más acostumbrada a las carreras de Ascott que a las verbenas de barrio y por eso llevaba su pamela, su gran pamela blanca, sobre ese vestido verde y estrambótico que tanto nos llamaba la atención. 

El sol se ha ido ya de la verbena. Llega la noche. La noche trae de nuevo risas de muchachas y miradas ocultas de los chicos que las persiguen, que quieren enamorarlas. Pero la pamela sigue en su sitio, coronando la cabeza de la chica de verde. Ha decidido que ese sea su signo de identidad y que forme parte del recuerdo a través de los años. 

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