Los niños y las niñas
Los niños han desaparecido de mi plaza, no queda ninguno. Son todos adolescentes o jóvenes sin relevo. La zona del parque de juguetes infantiles está siempre vacía y lo mismo los bancos. Pero, en otro tiempo, la calle estaba llena de niños. Era el reino de la infancia. Había una división entre los niños y las niñas, cada cual iba a lo suyo, jugaban a cosas diferentes y tenían vidas distintas. Era una división comúnmente aceptada que se reflejaba a cada paso. Incluso en las casas en las que había hijos de ambos sexos eso ocurría con naturalidad. Y en las familias solía haber muchos niños. Las excepciones eran muy pocas. Tener uno o dos hijos era la diferencia. Todo ese trajín de nacimientos tenía su rito y su aquel. Las mujeres se aconsejaban unas a otras, se ayudaban unas a otras, se escuchaban entre sí. Vivían una vida que solo ellas eran capaces de entender del todo. Así, las confidencias estaba asegurada. Los maridos, los hombres, eran entes que aparecían después del trabajo y el trabajo era arduo y duraba muchas horas y muchos de ellos tenían más de un trabajo y por eso su vida familiar era escasa. Las familias, en realidad, parecían todas monoparentales: la madre y los hijos. Solía suceder que había niños de todas las edades. Y ellos mismos se organizaban para jugar o para ir al colegio sabiendo que cada cual tenía su sitio. El colegio no gustaba a todos por igual y los había deseosos de dejarlo atrás para siempre y también quienes hubieran querido ser estudiantes perpetuos. El trabajo de la casa era duro y las niñas ayudaban a las madres en una obligación tácita. Cada familia se organizaba a su manera y todo el día había en la calle un runrún de obligaciones y deberes que no cesaba hasta por la noche. El día tenía veinticuatro horas pero la faena no perdonaba. Jugar en la calle marcaba la diferencia. Los niños no se quedaban en sus casas esperando que la distracción les llegara, sino que salían a la calle en busca de aventuras. Reunían palitos, piedras, hojas, gusanos de seda, etiquetas, pegatinas, toda clase de tesoros que encontraban por ahí. Eran una especie de Tom Sawyer que hubiera aparecido en las salinas y no en el río Mississippi. En cuanto a las niñas todas ellas eran princesas. Se reunían en la casa de alguna o en la casapuerta o la azotea y se peinaban las largas melenas entre sí y jugaban a los cromos o al tocadé en la puerta de la calle, y se inventaban historias de películas, que luego reproducían, cantaban canciones modernas y bailaban en una coreografía propia. La calle estaba llena de niños y niñas hasta la hora de recogerse. Alguna madre avisaba de que era el momento de volver a casa y todos ellos, como soldados de un regimiento improvisado, obedecían al minuto, salvo los incombustibles, los rezagados, los que se hacían los remolones porque la calle era un paraíso que no querían dejar atrás.
(Todas las fotografías son de Vivian Maier)


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