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Facebook


Lo he contado alguna vez: a mi casa de cuando era chica llegaba el cartero, Salvador, con las cartas y nos las dejaba en la casapuerta, después de dar unos golpecitos en el portón de madera. Normalmente era yo la que salía corriendo a recoger las cartas, porque me escribía con mucha gente. Con amigas y amigos que estaban por sitios diferentes, con algunos primos y primas, que vivían lejos. En ciertos momentos, las cartas eran de amigos especiales, que estaban estudiando en Madrid o vivían en otras ciudades. Era estupendo recibir cartas. Las leías en las tardes cálidas del verano en la azotea, para que nadie te molestara o, si era invierno, aprovechando las horas del mediodía, cuando el sol todavía cubría con un manto protector el patio. Era estupendo recibir cartas y escribirlas. Muchas de esas cartas están guardadas en algunas de mis cajas de cosas, cajas de cartón o de latón, o cajas bonitas de esas que nos regalan con algún objeto y que luego usamos para guardar papeles, recuerdos, posavasos...

Durante un cierto espacio de tiempo las cartas dejaron de ser motivo de alegría y eran solamente de bancos, de propaganda, o de temas oficiales. Un lapso de tiempo en que muchos afectos se adormecieron, porque la distancia, el tiempo, nos va separando. Sin embargo, desde hace unos años, un gran invento ha venido a suplir a Salvador el cartero y a llenarnos de nuevo de oportunidades para estar cerca de la gente que significa algo para nosotros: el correo electrónico. Descubrir el correo electrónico y usarlo ha sido para mí un motivo enorme de satisfacción porque, con mucha gente a la que no veo a diario porque está lejos o porque estamos muy ocupados, puedo comunicarme por este medio. Recientemente una de mis mejores amigas, Rocío, ha vuelto a reaparecer a través del correo electrónico. Y lo mismo pasa con mi amiga Lale, que de vez en cuando está al otro lado del Internet. O de otras personas, que sería largo detallar.

Pero hoy he dado un salto más: desde hoy estoy en Facebook. Mi compañera Gloria Herrero me ha enseñado que las redes sociales pueden usarse para bien y, además, hay que enseñar a los alumnos a manejarlas. La misma enseñanza he aprendido de Carmen Lázaro, la directora del IES Ítaca, que lo usa para anunciar los eventos de su centro. Fantástica idea. Si los niños no vienen a ti, vayamos nosotros al Facebook. Así que, desde hoy, estoy en esa red de afectos, que aún no sé usar con solvencia, pero que intentaré aprender para que, el próximo curso escolar, sea un instrumento con mis alumnos y compañeros desde el departamento de Orientación, al que regresaré después de once años.

Mi estreno de Facebook ha sido con mis queridos niños del Averroes. ¿Cómo no? Esos niños están en el libro de oro de mi experiencia como profesora y por eso reencontrarlos a través de Facebook es un regalo. Una oportunidad que no puede dejar de aprovecharse, una forma de estar cerca en la distancia, de recorrer aprisa los montones de años, 22, que hace que no nos vemos. Allí están ellos, Juanma, Josemari, Gracia, Sandra, Paco, Antonio, Gloria, Chari, Mónica, Isa, Nieves, María José, Juanjo Robles, Rafa, Gregorio, Paqui, Maripaz, Javier, Juanma López, Manolito Fernández y otros. Estos niños son la sal de la vida. La prueba fehaciente de que enseñar siempre recompensa. Y desde luego, que Gloria y Carmen tenían razón: el Facebook es una buena cosa.

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