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Historia de un valiente


Un escalofrío recorrió mi cuerpo
cuando vinieron a darme el aviso
de que estabas muerto
(Seguiriya de José Luis Rodríguez Ojeda)

Los hombres que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. Lo dijo Bertold Brecht y yo lo suscribo para Luis Caballero Polo, que acaba de morir en nuestro Aljarafe. Fue poeta, actor de cine, cantaor de flamenco, maestro de ceremonias del Hotel Alfonso XIII, lorquiano hasta la médula, escritor, tertuliano. En esta última faceta impulsó la Tertulia Flamenca de Radio Sevilla, un soplo de aire fresco en las ondas de aquellos sesenta y setenta. También fue un andaluz convencido y en ese sentimiento está escrito su libro premonitorio: "Somos o no somos andaluces", cuando escribir de Andalucía requería valentía e independencia. Luis tuvo una infancia feliz y una adolescencia imposible. En su pueblo natal de Aznalcóllar, tuvo la suerte de pertenecer a una familia ilustrada, dentro de su humildad. Pero la guerra segó sus ilusiones y tuvo que pasar el horror de perder a sus allegados, de estar en un campo de concentración y de vivir de cerca el más terrible momento de la historia contemporánea de España.

A pesar de su biografía, Luis Caballero no era un resentido, sino un hombre vital que, a sus noventa y un años, se ha ido dejando una existencia gloriosa, en el sentido más amplio de la palabra: supo disfrutar de la vida y dejar una memoria indeleble en los que lo conocieron. Tuve la suerte de escribirle textos para uno de sus libros y uno de sus discos, además de ser su amiga durante años, hasta que la memoria se nubló en su cabeza. Casi todo lo que sé de flamenco (si es que sé algo) lo aprendí de él y de sus charlas. Le gustaba muchísimo oír hablar de educación, porque él había sido autodidacta y siempre añoró el estudio, la universidad y la formación. Por eso, buscó perfeccionarse incansablemente, oyendo a los que más sabían, y así, acabó siendo él mismo un sabio. Conoció a David Lean, con quien trabajó en "Lawrence de Arabia" (y quien le regaló una corbata que ha conservado siempre). Fue amigo de pintores, de artistas, de músicos, de poetas. Fue un hombre permanentemente enamorado, de corazón ardiente, apuesto, elegante, con esa elegancia natural que no sea aprende. Deja dos hijas, una nieta y muchísimos amigos y deudos. No le habéis conocido, no sabéis de él, pero creedme, a él pueden aplicarse las bellísimas palabras que Lorca dirigió a Ignacio: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura". Por él, por su memoria, este blog se humedece hoy con lágrimas amargas. Gracias, Luis. Querido Luis.

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