martes, 25 de diciembre de 2018

Esa geometría del desprecio


Acuno soledades y, alguna vez, preguntas. Las certezas no existen, salvo para negarme, para negarlo todo. Avanzo entre las piedras, el suelo tiene la dureza de las tardes oscuras, esas en las que nadie más pisa las calles, esas en las que corro sin sonidos. En uno de los rincones que suelo atravesar está su imagen. Le he perdonado todo, casi todo. Desde el vacío, desde el sueño imposible, hasta la mentira piadosa y la mentira cruel. Todo. Le he perdonado todo. Por eso hoy ya no tengo palabras que ofrecerle y por eso las mezclo con las fotos de un espacio perdido en un país tan lejano como él. 

Durante mucho tiempo reuní en pequeños fardos de ignorancia todas las dudas de un tiempo ya caduco y las puse delante de sus ojos porque creía en él. Creía en sus respuestas y en sus vacilaciones. Tan grandes era mi miedo que tuve que creerme que era cierto aquello que decía sin convicción. Mentía. Todo era falso. Era falso y mentía. Eran mentiras llenas de espejismos, de personas sin rostro, de conversaciones inexistentes, de tardes escritas que contenían los abrazos de otras, de otras los besos, de otras las mañanas, de otras las comisuras de los labios, las miradas de otras, otras voces, el hueco de otras manos. Eran otras. 


No debí hacerle caso. Día tras día se movían en el aire motivos para huir sin preguntar siquiera. Dardos de dolor que acaso se tornaban en heridas. No debí hacerle caso porque era falso todo. Incluso la mirada era falsa y tan turbia. Incluso las huellas de los pies, la ligereza falsa de los pasos. Incluso el movimiento de las manos, las manos blancas, flojas, manos que no acarician sino tiemblan, eran falsas, las manos eran falsas. La falsedad era su santo y seña, su manera de estar, su vida, todo su yo era falso y yo me lo creí porque no había motivo para mentir salvo que el aire turbio le estorbaba y yo era una ventana que se abría al viento sur, el que lleva la lluvia que lo salpica todo. 

Ya no soy. Ya no escribo su nombre, ni recuerdo su nombre, ni me tiembla su nombre. Nunca fui. Inventó una palabra para designarme pero no era yo, yo no existía, me inventó y no era nada. Me ocultó a los ojos de todos los que estaban antes que yo en el mismo lugar vacío, desconectado y lleno de mentiras que se estaban guardando en una soledad que nadie antes que yo había presentido. Entendí las mentiras antes de conocerlas, entendí los silencios antes de que llegaran, entendí que me usaba antes de estar segura. Lo entendí todo, pero callé por miedo y porque el miedo es también una parte de mí que se escribe en el son que le pertenecía. 


No miento si le digo que lo he guardado todo en un lugar remoto donde nunca las cosas tendrán otro sentido. No miento si le digo que lo tirado todo. Que todo se ha escondido y nunca más la luz, nunca más la nostalgia, nunca más la piedad, nunca más el deseo. No engaño si le advierto que ya sé de qué forma ha pisado mis pies y ha doblado mis manos. No engaño si le explico que ya no soy la misma, que no tengo las alas que me adornaban mientras esas mentiras florecían. Lo que está dentro y no se marcha y no se advierte, no se descubre, no se pierde, pero existe, es el convencimiento del dolor que me causa pensar en tantos años de absurdo conformismo, de absurdas esperanzas, de absurdas ilusiones, de absurdos todos, mezclados con batido de fresa, con tocino de cielo, con queso parmentier, con ausencias de besos, con ausencias de todo, con nada, con lo falso, todo lo suyo, él. 


(Título tomado de una frase del libro de Rosa Montero "La carne". Fotografías de William Eggleston) 

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