miércoles, 30 de diciembre de 2015

"Emma" de Jane Austen

Siento una rara emoción al escribir este post. No en vano "Emma" me ha acompañado durante un año entero. Un año en el que han ocurrido muchas cosas, la mayoría de ellas buenas. He ido conociendo a Emma al mismo tiempo que me he ido reconociendo a mí misma. Los defectos de Emma son muy parecidos a los míos: su impaciencia, sus enfados, su susceptibilidad, su inseguridad ante la única persona que puede interesarle de verdad, su apego a la vida, su curiosidad incesante, su ironía (que la lleva a toparse con situaciones problemáticas, como a mí me suele pasar también).

Claro que Emma es un personaje literario, una chica de veintiún años y yo no soy ni lo uno ni lo otro, pero creedme si os digo que me siento más cercana a ella que a la Bovary o a la Karenina o a Ana Ozores, con tanto drama encima, con tan poquísimo sentido del humor y tantísima tragedia. Ufff.

Prefiero mil veces a Emma y sus meteduras de pata. Y su corazón limpio. Y su descubrimiento del amor en ese señor Knightley, íntegro, cabal, inteligente, que nada tiene que envidiarle a Darcy. Quizá todo lo contrario. Quizá Knightley hubiera llegado a ser superior a Darcy si Colin Firth se trasmutara en él o si Bridget Jones lo invitara a una fiesta. Pero parece que en la última entrega es un exagente Bond el que la cautiva (y no quiero hablar más, que puede ser spoiler).

Un incidente. Justo en el momento de comenzar a escribir este post, "Emma", que ha estado a mi lado todo el año, desaparece de la mesa de trabajo. ¿Dónde está "Emma"? ¿Adónde ha ido? Y he andado despistada unos minutos, de un lado a otro, intentando averiguar su paradero. Resulta que estaba debajo de un sombrero panamá. No era una boa, entonces, la que se tragaba a un elefante, sino que, efectivamente, era un sombrero casi blanco el que contenía debajo un libro de ediciones Cátedra y ese libro era "Emma". No sé si me entendéis. O si yo misma entiendo qué extraña situación es la que hace que mi "Emma" se esconda debajo de mi sombrero. 

Durante todo el año 2015 "Emma" ha sido un descubrimiento para mí, un reto, un entretenimiento, una aventura, un aliciente, una intención, una búsqueda, una idea, una escritura continua. Claro que la había leído, pero sin observar tantos matices como ahora reconozco, sin entrever la hermosísima secuencia de los hechos que se van sucediendo de forma tan elegante, tan prístina, tan dulce, de tal manera que todo parece encajar como en esas matrioskas rusas de colores brillantes, una de las cuales estaba en un rincón del tocador de mi madre, una mujer tan emmista, por otro lado, despistada, curiosa, entrometida y limpia de corazón.

Los críticos de la novela (ay, los críticos, esa profesión tan llena de personas que no escribían ni una tarjeta de visita),  siempre se refieren a que Emma es una casamentera impenitente, una muchacha caprichosa y llena de interés malsano por las vidas ajenas, pero tengo para mí que descuidan lo más importante, el motivo por el cual ella llega a hacer suya la empresa de casar a Harriet Smith o la de descubrir el misterio que se encierra detrás del regalo del pianoforte que llega a casa de las Bates con destino a Jane Fairfax. Es una curiosidad que enlaza con la empatía que Emma siente hacia las personas, con ese verdadero interés por el cual lo que el mundo traza a su alrededor no le es ajeno. En esto también la entiendo. En esto coincido con Emma. Ese mundo lleno de personas que no son meros números, ni son meras razones inconclusas, sino vida, vida por hacer y por desarrollar. El mundo que tanto le atrae a Emma es el mundo que a mí me acerca a los demás, esa fuente por descubrir, ese caudal de acontecimientos que te hacen pensar, reír y disfrutar. Por eso, como Emma, tengo que contar las cosas, tengo que escribir las cosas, tengo que compartirlas. Ya sé que esto no es bueno ni es malo, salvo en ocasiones, que una no puede llegar a controlar. La vida misma, ya digo. Una lavadora que se estropea con la ropa a medio lavar. O un frigorífico que suena demasiado. O, quizá, una dificilísima ecuación de matemáticas. O una traducción de latín, válgame el cielo. O un libro de Philiph Roth, en un formato tan pequeño que tienes que aguzar la inteligencia y la vista para leerlo. Ay...

Si yo tuviera que elegir una novela ya escrita para convertirla en la novela que yo escribiría, sin duda elegiría "Emma". Es una frase enrevesada, lo sé, pero me habías comprendido, seguro. Antes incluso que "Orgullo y Prejuicio" elegiría "Emma", porque es más compacta, más difícil, más llena de trucos de magia, más plena, más exacta, más diversa, más genial. Es un laberinto, una novela de misterio, una partida de ajedrez sin ganador fijo. En "Orgullo..." hay cierta armonía natural que hace que todo transcurra como un río, un río de curso suave, sin meandros, sin tropiezos. Ni siquiera la huida de Lidia nos hace dudar de que las cosas van a encajar con facilidad.

Pero "Emma" nos mantiene a prueba todo el tiempo. Estamos en un sinvivir, a ver qué pasa. Con quién se casará Harriet Smith. Por qué Jane Fairfax está triste y macilenta. Qué diablos quiere ese Frank Churchill, tan caprichoso. Qué le pasa al corazón de Knightley que no se decide. Quién castigará la presunción de Elton. Cómo es posible aguantar a Augusta con sus aires de grandeza. Y otras preguntas más esenciales ¿habrá fresas salvajes suficientes en la finca para poder hacer esa excursión campestre tan necesaria?

Ese vaivén de personajes que no terminan de hacerse notar como en realidad son, esas dudas constantes, ese fuego que anida en algunos corazones, todo ello es emoción pura, emoción de la buena, no de esa insana que no te hace disfrutar. Y cuando todo ello se corona felizmente sientes que hay una verdad escrita que tú no habías adivinado pero que existía allí desde el principio. La escritora, ella siempre detrás de todo, no ocultó nada, lo dejó todo sobre la mesa, pero colocó sobre algunas pistas un delicado mantel de encaje antiguo, lo suficientemente tupido como para que no veamos la realidad a simple vista. 

El carácter de Emma merecería todo un estudio psicológico. Porque lucha continuamente con su natural bondad y con los defectos que cualquier se humano atesora y disimula. Emma disimula mal sus defectos, por eso a mí me resulta una heroína tan cercana. La perfección hastía. Emma no te cansa en absoluto, todo lo contrario, es una mujer que tiene los pies en la tierra y que siente envidia, celos, deseos, miedos, vanidades, esperanzas, sueños y malentendidos. Como todos nosotros. Se equivoca como nosotros. Rectifica como nosotros. "Es" como nosotros.

Quizá hay un momento en la vida para leer o releer un libro. Y este 2015 ha sido el año apropiado para que yo buceara en "Emma". En otro tiempo se me hubieran escapado las cosas, estoy segura. No me hubiera perdonado a mí misma parecerme a alguien con tantos defectos aparentes. Pero ahora, aunque siguen haciéndome sufrir las cosas que hago mal, sé que no puedo castigarme demasiado, salvo como lo hace Emma esa noche en la que no puede dormir después de haber criticado con dureza irónica a la señorita Bates y, sobre todo, después de que su señor Knightley le afeara esa conducta.

Es el amor, al fin y al cabo, lo que hace que Emma se convierta en una persona mejor. La entiendo. Es el amor el que hace que nos convirtamos en una persona mejor. Es el amor el que logra que yo sea mejor de lo que soy, al menos, durante el ligero instante en que miro tus ojos. 

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