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Entradas

Las niñas de la calle Carraca

  /Todas las imágenes de esta entrada son de pinturas de Mary Cassat, que nació en el estado de Pensilvania, EEUU en 1844 y murió en Francia en 1926. Perteneció al movimiento impresionista y pintó numerosas obras con madres y niños en escenas cotidianas/ Si no conocéis San Fernando entonces no podréis saber nada de la calle Carraca. Yo la conozco bien porque viví en ella veinte años y porque es el paisaje levítico de la infancia y la adolescencia, ese que imprime carácter. La calle Carraca partía de la plazoleta de las Vacas y llegaba entonces a la carretera que conducía a la estación. Hoy la cosa es diferente y no me pararé a comentar cierto absurdo vallado que la ha convertido en un cauce cegado. Pero en aquellos años cruzaba por su entorno toda la algarabía de un barrio antiguo, el más antiguo de la ciudad, con sus peculiaridades y sus historias.  Algunas de esas historias no se han escrito nunca y no pueden contarse en alta voz, pero nuestras madres bien que las conocían, ...

Me regaló un libro de Matisse

  Tenía flores y pájaros, franjas de color, recortables, como si alguien hubiera cogido unas tijeras y trazado los límites. Estaban también sus mujeres, algunas con cintas en el pelo, con rayas verdes en el pelo, con blusas de odaliscas, con extrañas flores en las mesas y en las estanterías. Todo era color en ese libro, que lleva una dedicatoria y que evoca otros tiempos, otros años, la mesa de al lado, el libro de Francés, las hojas sueltas en la mochila, las tardes en la biblioteca, las paradas del autobús que nunca llegaba, las frondosas ramas de la alameda, del parque, la blancura de la pared del aula, el patio rodeado de naranjos, el tono amarillo de las puertas, el salón de actos tan incómodo, el profesor de música y sus carillones. Todo. Lo evoca todo y todo está reflejado en las palabras de la dedicatoria y era un tiempo en el que el recuerdo tenía aún mucho sentido. Después de la vivencia tiene la memoria su sitio. Y cuando ya esa memoria no interesa, entonces podemos preg...

Pizzarelli y una casa

  Si estás escuchando a John Pizzarelli en cualquiera de sus conciertos y has tenido la suerte de verlo en directo, como yo en el Lope de Vega de Sevilla, entonces alumbrará tu escritura como casi nada puede hacerlo. Y para acompañar su sonido nada mejor que las imágenes de John Baeder , el fotorrealista más mágico de los que todavía cuelgan sus cuadros en las galerías y los museos. Es así, en esa conjunción de sonido e imagen, como se puede escribir sobre las casas, sobre la casa, sobre tu casa.  El otro día visité en Google la vieja casa de mi abuela, aquella en la que nacimos algunos de los primos, una casa mágica para los recuerdos, una casa encantada. Tenía, tiene, dos plantas y una enorme azotea, de esas llenas de pequeños muros fáciles de saltar que te llevan de un lado a otro. En la planta baja estaba el pozo que nos surtía de agua, un patio gigantesco y dos viviendas ocupadas por dos vecinas de esas de toda la vida, Juana y Dolores, los nombres míticos, dos mujeres q...

Demasiado tarde para entenderlo todo

 La niña que fui me interpela a veces, hace preguntas incómodas y no da ninguna respuesta. Se sitúa frente al mar con los pies descalzos y ve pasar las tiernas olas y ve moverse la arena, mientras que ella no se mueve, ni siquiera un leve balanceo. Huele a salitre, a océano y, en la distancia, a sombrillas y filete empanado. Pasea solitaria por la orilla, de un lado a otro, mirando hacia delante y, de vez en cuando, se para a contemplar el horizonte, y delante no hay nada, solo la enorme extensión de agua azul-verde, gris azulada, azul-gris. La niña que fui me produce pena. Ella aún no lo sabe pero le quedan lágrimas por derramar y en su ignorancia, da saltos y canta canciones de amor y se ríe con ganas, porque la niña, entonces no sabía nada de sí misma. Si da la espalda al agua entonces la arena tiene el aspecto de las dunas de un desierto, no hay edificios, ni duchas, ni chiringuitos, ni hay nada que no sea el rayado ulular de las sombrillas cuando salta el levante. La niña surg...

Nadie puede creer que Dakota Johnson sea Anne Elliot

Confieso que no he visto entera la película "Persuasión" de 2022, con Dakota Johnson haciendo de Anne Elliot y Cosmo Jarvis como Frederick Wentworth. ¿Por qué? Porque me resulta imposible verla. No tiene nada que ver con el libro y, si es así, ¿qué clase de historieta es esta? No es solo el vestuario, el peinado, el maquillaje, de ella, ni el físico de él o de los demás que andan por ahí, con su toque woke imprescindible, que no falte de ná. No, no es solo eso, es que considero que los que han hecho la película o no han leído el libro o no lo han entendido. En todo caso, no me interesan en absoluto. En la foto de arriba, por ejemplo, Dakota parece una sufragista de principios del siglo XX, nunca una mujer hecha y derecha del XIX. Pero esto de las adaptaciones es así. Una puta mierda.   

Diario de agosto

 Mientras desayuno mermelada de arándanos veo en Youtube una larga entrevista que le hace Jano García en su canal ViOne a Albert Rivera. Albert habla como una metralleta. Siempre he tenido dudas razonables sobre si tenía más ideas o más estrategia de coach. No voté nunca a su partido, Ciudadanos, aunque hace años que no voto. Rivera va mejorando con los años, al menos físicamente, porque los guapos tienen eso, están mejor de mayores. En todo caso, habla y habla, habla demasiado.  Viéndolo he pensado en esas charlas circulares e interminables que mantenía yo con alguna amiga íntima del momento hablando de hombres, de qué si no. Desmenuzábamos todo con paciencia, lo que había pasado con el tipo, lo que pasaría, por qué lo hizo, qué haríamos. Éramos unas expertas en la materia sin saberlo, porque el objeto de nuestro estudio era solo el tipo de turno.  Como las charlas sobre amoríos, también Albert Rivera se nos ha quedado antiguo. Ya estamos en otra pantalla. Me parece much...

Mujeres en blanco y negro

  Dentro de la nómina de espléndidas fotógrafas que empezaron a desarrollar su obra en los años iniciales y mediados del siglo XX, la figura de Nina Leen se antoja superdotada. Dueña de una sensibilidad especial, de una visión propia, la poesía que destila su obra está llena de paradojas, llena de contradicciones y de efectos tangibles. No es posible mirar sus fotos sin que una historia surja de ellas, sin que se cubran de palabras que se conviertan en la segunda piel de la imagen. Las luces y las sombras escriben aquí una historia imparable, del modo en que ella misma lo había concebido. Historias de triunfo o fracaso, dentro de un mundo que emergía lleno de novedades y que Leen presenció como una privilegiada espectadora.  Su propia biografía es diferente y sugerente. No se sabe a ciencia cierta dónde aprendió a fotografiar pero su cámara Rolleiflex la acompañaba desde siempre. Había nacido en Rusia, en una fecha imprecisa pues siempre se negó a revelar su edad, aproximadame...