Foto: Ruth Orkin
Música: Norah Jones
El cine me entretiene, me llena de luz, es lo ideal para esos días en los que todo parece negro, en los que todo es negro de verdad. Esos son muchos días. No se sabe por qué la tristeza te acompaña a veces, pero lo hace de manera contumaz, incluso en medio de la alegría. Son formas de ser.
La lectura me sumerge en otro mundo del que no puedo escapar. Por eso, cuando leo, soy capaz de saltar las estaciones, de olvidar el tiempo, de creer en que las cosas se convierten en otras y que los personajes existen y están a mi lado, sin moverse apenas, pero con plena seguridad, con su consciencia íntegra.
Y la música ... oh, la música. La música siempre me hace llorar. Lloro a mi pesar. La música me traslada a la niña que fui, la niña que cantaba todas las canciones, con buena voz y buena entonación. La que quería ser actriz y cantante, pisar las alfombras rojas y salir en el cine, ganar un Oscar y convertirse en una estrella, con una casa dorada al lado de cualquier mar que sea atlántico y cualquier vida llena de amor.
La música me recuerda los días de las clases de piano en casa de la profesora Abad, que nos reñía porque perdíamos el tiempo con las notas. O aquellas otras en las que estaban los xilófonos y los chinchines y nosotros nos reíamos de todo y no nos dábamos cuenta de que el tiempo era limitado y que la oportunidad se perdía. La música me recuerda mis pasos en el teatro, cantando canciones atrevidas de cabaret, con una boa negra de lana hecha por mi madre y un vestido corto al que mi padre ponía todas las pegas del mundo. Demasiada poca ropa. Las giras, las charlas después de las actuaciones, las risas, los sueños.
La música es el retrato de los días felices de discoteca, con los cuerpos abrazados y las manos enlazadas. Juan Antonio y sus ojos verdes inmensos y su acento de un campo revestido de piedras antiguas. La música de los festivales flamencos y Calixto cantando cualquier cosa. La música de viajar en el coche y tararear coplas que no mueren. Y la música de las ventanas abiertas, del tararear de mi madre y de mi tía Lola haciendo que abría las puertas del Lido a su paso.
La música siempre me hace llorar. Escucho a Norah Jones y me veo saltando los charcos con unas botas rojas, cruzando los semáforos como los Beatles, danzando encima de la mesa, atrevidamente, con los brazos de mi madre a punto de cogerme. La música me hace llorar porque se escribe con notas mágicas, con lazos indisolubles, con palabras que se transforman en sonidos breves, en luces que nunca se apagan. Creo en la música como en el lenguaje de mi vida.

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