Tuve una casa junto al mar
/Foto Caty León/
Tuve una casa junto al mar. De esto hace ya algunos años. La vendí. No sé si hice bien, solo sé que hice lo único que podía hacer en ese momento. La muerte arrebata los planes. Esa casa era una especie de emblema de tiempos felices, estaba en una tierra que era la mía y él la convirtió en suya con su labor diaria, con su cuidado y su disfrute. La casa nos trajo dicha y encuentros, esperanzas y satisfacciones. Quisimos que fuera la casa del futuro pero el presente nos arrebató esa posibilidad y por eso hoy no existe, nada más que en fotos. Es el drama de la existencia. Te perdimos. La casa se perdió también. Se perdió el brillo de sus amaneceres y el del crepúsculo, ese momento mágico en el que la casa se preparaba para oír el rumor del mar en la noche. El mar era el océano. Un atlántico convertido en leve sonido que acariciaba. Las noches de paseo marítimo, las mañanas de paseos por la arena, las tardes de paseo por las calles blancas y doradas, las madrugadas de fiesta y paseo. Andar por la playa y por la calle, andar, andar, andar, queríamos andar mientras pudimos.


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