La mujer que tenía un amante


 /Foto de Nina Leen/

Seguro que ella estaba cansada de hacer todos los días lo mismo. Planchar, lavar la ropa, tender, ir a la compra, cocinar, limpiar la casa, cuidar del niño, un día y otro, todos los días, sin apenas compensaciones, estirando el sueldo, sin estrenar vestidos, sin arreglar los muebles de la casa. Era lo corriente en la calle, amas de casa agobiadas por el trabajo y la crianza de los niños. Pero los hombres no eran unos privilegiados en ese entorno. Al contrario. Los días para ellos eran duros, salían de casa muy temprano y volvían al anochecer. La mayoría eran camareros, chóferes, trabajadores de astilleros, tenderos o trabajadores del mercado. No había épica en este modo de vida y quizá por eso veían de noche en la televisión alguna película para contemplar otras cosas, para ver situaciones que nunca vivirían. 

Un día de verano llegó el rumor a las casas de que ella tenía un amante. No se dijo así, esto es demasiado novelero. La frase exacta fue "está liada con uno". El uno también estaba casado y tenía hijos. Era muy moreno, más joven que ella, delgado como una anguila y de movimientos rápidos. Conducía una camioneta de reparto y vivía dos calles más allá. Pasaba por la calle y alguien había observado, eso lo dijo luego, que tocaba el claxon dos veces cuando llegaba junto a la casa de ella. A nosotras, las niñas, que solo podíamos acceder a la historia a cuentagotas, este detalle nos parecía muy romántico y nos pusimos enseguida de parte de los amantes. Pero, además, sucedió algo que confirmó nuestra fidelidad a la causa del amor. 

Como hacíamos los días de más calor un grupo de nosotras, las más amigas, nos preparamos una bolsa de merienda y nos fuimos a la playa más cercana. Era la más cercana pero nos obligaba a recorrer un buen trecho. La playa, la única urbana de por allí, estaba casi siempre desierta así que era un buen plan colocar las toallas en el suelo, tirarnos en ellas y hacer top-less. Nadie pasaba nunca por allí, mucho menos a esa hora de la siesta así que aprovechábamos para ponernos morenas. Sin embargo, estando de esa guisa, tumbadas y en situación incómoda, pendientes de que nadie llegara a perturbarnos, observamos dos figuras, una pareja, que estaba en otra zona de la playa pero que venía hacia la orilla más cercana a nosotros. La pareja iba de la mano. De vez en cuando se paraban para besarse. Nosotras, precavidamente, nos colocamos la parte de arriba del bikini de inmediato y nos aprestamos a fijarnos en aquellos dos. 

Eran ella y él. Los reconocimos. Se bañaban en la playa frente a nosotras. Entraban y salían del agua. El sol brillaba sobre ellos y parecían guapos, parecían interesantes, parecían de película. Todo lo que no eran en realidad. Gritaban, saltaban las olas, se abrazaban y así mucho rato, o un buen rato, mientras nosotras guardábamos en la memoria todo aquello sabiendo que lo contaríamos en nuestras casas al volver. Sin embargo, el relato tenía dificultades. Porque aquella imagen no era ni desagradable, ni triste, ni nos parecían dos sinvergüenzas, como reiteradamente decían nuestras madres. Más bien eran dos seres indefensos que hubieran encontrado un puerto seguro donde detenerse. 

Comentarios

Seguir leyendo otras cosas...